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Un fin de semana entre épocas distintas a través de dos libros y una película

Miércoles, 24 de Junio 2020 - 09:30

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Luisa Ruiz

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La actualidad no es exclusiva de dimes y diretes, criticas, partes y contrapartes de lo que sucede en el mundo. La diferencia es la velocidad con que se sobrepone la información y la inmediatez con que se diluye la verdad. A través del tiempo, se pueden encontrar variaciones de la misma historia en diferentes voces y letras, asegurando una verdad absoluta. La realidad es que el mundo nunca ha estado de acuerdo, convirtiendo lo que sabíamos en un mito, una leyenda o en un chisme cuando los protagonistas están muertos y ya no se pueden defender.

The Romanov Sisters: The Lost Lives of the Daughters of Nicholas and Alexandra, (Las hermanas Romanov: las vidas perdidas de las hijas de Nicolás y Alexandra) es un interesante libro que habla de las cuatro hijas del Zar y Zarina Romanov. Como siempre, no conforme con la historia, busqué otras fuentes. Los documentales y artículos disponibles hacen una cadena infinita de información.

En The Romanov Sisters: The Lost Lives of the Daughters of Nicholas and Alexandra, la autora, Helen Rappaport, cuenta en éste y otros dos títulos, la historia de las hijas de los Zares. Como ella, muchos otros historiadores y estudiosos de los temas bélicos y revolucionarios rusos cuentan su verdad con base en sus investigaciones. Todas las posturas pueden ser hiladas para construir la historia completa y para esto se requiere un poco de curiosidad. 

La historia de lo que llamaron “El fin del Zarismo” y que en otros documentos afirman que no fue Nicolás II, “Nicolás el sanguinario”, el último Zar después de abdicar y liberar a su heredero Alexeí del título y del trono; de todas formas, el pequeño Alexeí no llegaría siquiera a la edad adulta al ser fusilado por los bolcheviques junto a sus padres, hermanas y cinco miembros de su corte en el sótano de la casa de Nickolai Ipátiev. Esto también me enlaza con la historia de Rasputín que fue, hasta su muerte, consejero de Alexandra.

 

Después leí Running with Scissors (Recortes de mi vida), publicada en 2002, de Augusten Burroughs, (nacido como Christopher Richter Robison en 1965). Terminando el libro, otra vez emprendí la búsqueda de más. No me gusta saber los antecedentes de los libros o de las películas, así que no sabía que se trataba de una historia real. Son los recuerdos de una infancia extraña casi increíble, tanto, que el psiquiatra de la madre demandó al autor por invadir la intimidad y privacidad de su familia. Burroughs cambia “memorias” por “novela” o “libro” y llega a un acuerdo con el doctor Rodolph H. Turcotte (Dr. Finch en personaje). Tengo pendiente leer la versión del hermano, también escritor, Look at me in the eye, y de la madre, la poeta Margaret Robison, The Long Journey Home. El padre, John G. Robison, profesor de filosofía en la universidad de Massachussets, murió en 2005 y no se sabe que haya dicho nada acerca de los libros de su familia.

Y vi la película The last castle (2001) con Robert Redford. Es una producción de bajo presupuesto que no alcanzó altos números en la taquilla, una cinta de tarde en casa. Me gustó porque se desarrolla en una cárcel militar y las cárceles me gustan mucho. El cartel de promoción tuvo que ser cancelado porque mostraba la bandera de Estados Unidos al revés y eso, ya se sabe, es una afrenta contra el gobierno, aunque este detalle es importante en la historia. La historia tiene lugar en una cárcel de construcción gótica en Tennessee (que también fue utilizada para la filmación de The Green Mile (1999), con Tom Hanks y para Last Dance (1996) con Sharon Stone). Esta edificación está desocupada y, por cierto, una parte de su estructura fue dañada por el tornado el pasado mes de marzo. A The Last Castle, la compararon con The Hill (1965), con Sean Connery, quizá porque se centra en un trabajo forzoso que hacían los prisioneros, en la primera es una pila de piedras con la que tienen que levantar un muro una y otra vez, y en la segunda es una colina de arena, además de una escena que recuerda a “El protestante anónimo” o el “Hombre del tanque”, un solitario joven que en 1989 se paró frente a los tanques de guerra que se acercaban a la Plaza Tiananmén o Plaza de la Puerta, en Pekín cuando el gobierno chino reprimía con violencia las protestas democráticas.

Un buen fin de semana que pasó entre épocas, cárceles y varias formas de prisión humanas.

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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