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Sobre los caminantes y la importancia de ser nadie

Viernes, 26 de Junio 2015 - 18:00

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Juan Mireles

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La gracia de ser nadie consiste en dejarse llevar por el entorno. Las circunstancias que deambulan alrededor de nosotros, podría decirse que son inevitables y necesarias para construirnos, realizarnos, pero en el caso del caminante, esto no es así.

El caminante es el individuo que va siempre a ninguna parte. Que no le importa llegar a un sitio determinado. No es viajero por obvias razones: éste tiene un destino. El caminante prefiere no saber adónde va, ni mucho menos le importa por qué y para qué va.

Lo entiende de una manera un tanto natural. No tienen el más mínimo interés por conocer y seguir las concepciones básicas que se dictan en las sociedades establecidas. Anula su derecho a ser un ser sociable.

A un caminante lo podemos encontrar vagando por las calles o dormido debajo de un puente para intensificar el lugar común, pero no necesariamente es una persona en situación de calle que decidió rebelarse ante el contexto social actual, que terminó por ahogarlo en todos sentidos, sino que el caminante simplemente ha decidido que el grado de importancia individual, aspiraciones, sobre el que se han fundamentado las sociedades no tienen virtud alguna.

Es decir, aquello lo rechaza el caminante al considerarlo un acto absolutamente de vanidad. El ser alguien en la vida es una frase que le parece tan absurda que no le interesa siquiera desmitificarla. La deja regodearse en su propio concepto, porque aquél entiende que las cosas suceden más allá de la voluntad humana.

Llamarse caminante, pero más que eso, ser un caminante es un logro mayúsculo pues para el ser humano actual es prácticamente imposible aislarse o rechazar en su totalidad, el sistema en el que se vive, después de todo hay que comer, pagar renta, y demás. Sin embargo, los hay quienes han conseguido romper, fracturar, el concreto con el que se ha edificado la modernidad.

En caso de conseguir esta ruptura, se logra la neutralidad absoluta y a partir de ahí, alcanzar la nulidad: habremos logrado la vacuidad (sensible) en vida. La mayor experiencia poética (el todo es poético) que puede experimentar el alma.

El ya no tener que salir de equis lugar para llegar a alguna parte, no nada más nos libera de la carga impuesta por la maquinaria social mundial, sino ayuda a mantener un equilibrio significativo desde el que podemos alcanzar la felicidad.

No la felicidad de fuegos artificiales, obviamente, que se disipa muy rápido una vez logramos estar frente a ella, sino la esencia de ésta, es decir, la verdadera.

La actitud del caminante (los hay, y estos se saben así desde el nacimiento, otros, desde la reflexión, optan por ello) es el de un creyente ferviente en la nada. Un cruzado que no va contra nadie en particular, sino contra el funcionamiento finito de las cosas. Es el que va por el camino a la espera de que algo le suceda, ese algo que lo haga desaparecer.

Nada de esto es nuevo. Los budistas chinos entendieron a la perfección la virtud en la no-funcionalidad del ser como medio para alcanzar la iluminación.

¿Habrá quiénes se atrevan a ser caminantes? ¿Hay ahí afuera, personas que quieran desprenderse de su función social? Y es que el caminante al no llevar ningún peso, incluso el suyo (no se toma la menor importancia como individuo), se vuelve un inútil que al serlo, se aparta del mundo y el mundo mismo lo desechará de su contexto, ya que al no tener funcionalidad, quedará nulificado.

En esta época en la que vivimos, iniciarse en el sentido del caminante, es por lo menos tentador. En un mundo torcido, vulgarizado, enfermo, vertiginoso, desesperanzador y oscuro, para los que creen en las ideas de futuro, pinta bien ser caminante.

Suena bien salvarse por propia cuenta, buscar la verdadera felicidad que se halla en la inexistencia, en la no-consciencia, en el nulo recuerdo.

Sin embargo —aquí entra lo paradójico, y al mismo tiempo, nos reafirma que su sentido esencial de ser, el del caminante, está justificado—, el caminante pone el dedo en la llaga (sin quererlo y con esto también reafirma que las cosas simplemente suceden por razones ajenas o inentendibles para el hombre), con respecto al tema del tiempo; es decir, lo expone, porque al conseguir su máxima felicidad, su nulidad, elimina la fantasía del tiempo; me refiero a que disipa al futuro: el punto de referencia ilusorio de éste que es el tiempo.

Y sin el concepto “tiempo” se anula todo funcionamiento social.

Vemos que el caminante, después de todo sí logró tener cierto sentido de función universal, sí consiguió ser revelación. ¡Resultó ser un ilustrado! ¡Antorcha! Terminó por dar luz a una de nuestras partes más oscuras, nuestros inventos imaginativos. Nada más que al mundo práctico, no le interesa que se desvelen conceptos que tienen que ver con la mera imaginación del hombre, como lo es el tiempo y las infinitas cosas que han salido de la mente humana para edificar su entorno y manera de vivir.

Entonces, ¿quién se ánima? ¿Quiénes están dispuestos a seguir iluminando este oscuro mundo? ¿Quién está dispuesto a dejarlo todo a cambio de nada? ¿Quién está dispuesto a ir a ninguna parte?


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