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Sobre el aburrimiento

Viernes, 30 de Junio 2017 - 15:00

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Juan Mireles

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Sí, también el aburrimiento, el ocio y, después, la inquietud, nos provocan ciertos malestares que reflejamos en nuestro microcosmos.

Aburrirse es mirar las distancias, todas. Ver la profundidad de la nadería y esto al mismo tiempo nos confronta con la vida en sociedad, con su carácter utilitario; es decir, nos pone del lado equivocado del mundo, de los que no hacen nada y deberían estar haciendo algo.

Aburrirse es confrontarse y nunca se sale bien librado.

Del libro de Luigi Amara La escuela del aburrimiento, rescato la siguiente cita de Alberto Moravia: el tedio “es la falta de relaciones con las cosas”.

Ese tedio que llega a ser una ventana a lo indefinible, a lo inclasificable, eso llamado nada, genera la percepción y la sensación de distancia, la que nos separa de los objetos, de los animales, de las personas: somos seres destinados a nunca alcanzar alguna cosa, a ver nuestra insignificancia ya no solo de una manera sensorial, sino que con el hartazgo del tedio, le damos volumen.

El aburrimiento nos alcanza siempre, tal vez, el verdadero significado de nuestra existencia esté en esa particular característica de la inquietud que provoca la nada, es como si el aburrimiento extremo fuera un anuncio vital, una advertencia de que no podemos permitirnos detenernos porque entonces el telón se cae, la red de protección se rompe y caemos, nos desbarrancamos en el infinito abismo de la realidad, de la existencia humana.

Porque aburrirse es pensar la nada y sus detalles.

Entender las sensaciones provocadas por el aburrimiento –que a su misma vez, ocasiona que pasemos de un objeto a otro, del clima, de los detalles de la vestimenta y demás, en una suerte de tocamientos rápidos, un estar tentándolo todo sin poder o tener la fuerza de quedarse con algo- invita a la reflexión o a la invención a la manera de la filosofía, sí, pero también con el hastío el todo corre el peligro de ser entendido: darle oportunidad al insignificante ser humano de acercarse a rozar cierta respuesta de su origen.

Sí, de igual manera aburrirse es enfrentarse a la desnudez propia, a enfrentarse consigo mismo como bien dice Amara.

Pero esto asusta y es cuando queremos escapar de nosotros, buscamos la distracción más próxima, más palpable, porque no podemos vernos tal cual somos, porque hacerlo es deprimirse, es caerse, es pensar que la perfección es un mito, un cuento que nos mantiene con los pies en la tierra.

Sin embargo, con esta huida también se cae en la cuenta de lo anterior, a pesar de no quedarnos a entender, a pesar de no querer ver, intuimos que una mentira profundísima se guarda en el interior de nosotros, y sabemos que no tenemos los elementos para enfrentarnos, para escarbar, en la gran herida universal: la vida.

Aquél que nos pensó, lo hizo bien: nos inoculó el germen del movimiento, la idea de ir a alguna parte con el conocimiento que nunca se llega a ningún lado. Y esto funciona bien para mantenernos entretenidos, con la inquietud...

Por esa razón, no podemos sino continuar con la noble y esperanzadora tarea de alcanzarnos, de que el secreto divino sea revelado, y así tocarnos y sentirnos –verdaderamente vivos.

Es como si la vida estuviese muy interesada en mantener su farsa  -a saber por qué razón: somos tan poca cosa que no estamos habilitados para entender la magnificencia del control que, bajo este pensamiento, tendría el todo sobre nosotros.

Para terminar, del mismo libro rescato otra frase de Séneca relacionada con el aburrimiento y el tedio: éste es “un estado que, no siendo el peor, es el más lamentable y molesto, porque ni estoy del todo enfermo ni sano”.

Así, al pensar la existencia modifico la cita anterior: el aburrimiento es el más lamentable y molesto de los estados, porque ni estamos vivos del todo ni muertos.


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