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Seguir viviendo

Martes, 17 de Julio 2018 - 15:00

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Silvia Alicia Balbuena

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Los no tan jóvenes, con los medios de comunicación más accesibles, también nos hemos transformado en ciudadanos del mundo

-Debés hacer algo.

-No podés morir viviendo…

-No tenés derecho a morir en vida con tus 55 años…

Las voces de sus padres y sus amigas le resonaban como venidas desde lejos. No deseaba escucharlas. No tenía fuerzas para hacerles caso. No podía encontrar fortalezas dentro de sí para salir. Todo estaba todavía allí, en sus retinas, en sus oídos, en su corazón. Todo demasiado vívido, demasiado candente.

Recordó la alegría con que alquilaron con su esposo la casita en Jureré, en la isla de Florianópolis al sur de Brasil, esa bella zona, delicada, exótica, de hermosos paisajes, señoriales casas, costosos edificios, cálidas aguas sobre el Atlántico, doradas y finas arenas. El entusiasmo de sus tres hijos: Julián de 23, Adrián de 19 y Lorena de 15, por pasar un mes en ese lugar paradisíaco, prometedor de aventuras en el mar y en los boliches de la noche. La esperanza de hermosas jornadas compartidas con sus amigos de toda la vida que habían alquilado una cabaña cercana a la casita de ellos. La promesa de un reencuentro con Alberto después de muchos desencuentros de horarios y de vida, por trabajos, obligaciones, trajinares.

Todavía resonaban en sus oídos el chillido de los frenos, el brutal sonido del choque de la camioneta en la que viajaban con un ómnibus de frente, el silencio, la desolación de no escuchar ni gritos, ni quejidos, la exacta percepción de que sólo su corazón era el que seguía latiendo.

El regreso a la casa familiar, sola, sin Alberto ni los chicos. Queriendo borrar para siempre esas imágenes duras de un adiós sin retorno, deseando ser ella la quinta víctima del accidente.

A partir de allí todo fue difícil, lo vivió como una autómata. La venta de la casa y la mudanza a un departamento, el deshacerse de las cosas queridas, el reencontrarse con sus amigas de la juventud intentando hilvanar nuevas salidas, nuevas sonrisas, nuevas expectativas. El retorno a la cotidianeidad del trabajo, la visita a los padres, el reencuentro con sus tíos y primos, las compras en el supermercado y en el Shopping. Sentía que todo estaba en su lugar, que todo continuaba, menos ella que se había suspendido en el segundo anterior al estrépito del choque.

-Tenés que salir.

-Tomate una excursión.

Las palabras de todos le resonaban. –Y bueno… - se dijo y fue con Beatriz, una amiga de la infancia, a una agencia de viajes. Sin ideas, sin propuestas, sin destino.

La vendedora les ofreció lugares paradisíacos: las islas Fiji, la Polinesia, las Galápagos. Nada la atraía, sentía que todos iban a ser paisajes extraños, fuera de su esencia, de sus sentires.

De pronto vio sobre la pared un afiche que decía Visite Canarias. Le gustó. No sabía nada de ellas. Sólo le resonó el nombre, tal vez por la asociación con aquella mascota de niña, el canario amarillo, que aprendió a picotear miel en su dedo y que se le murió en sus manos siendo el primer dolor de una pérdida.

Le dijo a Beatriz que era ése el destino que le gustaba. A Beatriz, con tal de que su amiga saliese, el lugar no le importaba. Compraron la excursión.

De vuelta en su casa se puso a investigar sobre las islas. Le llamó la atención su historia y su geografía. Tal vez saber que pertenecían al continente africano con su geografía y a España con su historia y sus dominios, la atrajo. Iba a encontrar una síntesis. El África con sus  magnificencias y España con sus costumbres. Tal vez era justo lo que necesitaba.

Con algo de alegría y mucha ansiedad, preparó sus valijas. El viaje de Air Madrid, en diez horas, unió el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires con el de Santa Cruz en la isla de Tenerife.

Viaje tranquilo, sin sobresaltos, sin angustias, que le permitió relajarse en esa primera salida que hacía después de sus pérdidas. Las dos amigas sintieron que las cosas estaban en su lugar, que era el comienzo de una linda experiencia.

En una trafic, recorrieron toda la isla, desde el aeropuerto de Santa Cruz al norte a la Playa de Las Américas al sur. El lugar les empezaba a resultar atractivo. Montañas de piedras, verdes valles frutícolas, arenas terminando en un mar intensamente azul, plantaciones de bananos, torres con molinos para proveer de energía eólica a las islas. Con esto se entusiasmó, era profesora de Física y veía por primera vez esas torres de energía renovable que sólo había visto en dibujos o fotos, y que tantas veces había desarrollado en sus clases; les tomó muchas fotografías.

Se alojaron en el Hotel Troya, hermoso, cinco estrellas, frente a la playa céntrica, la principal del lugar. Dejaron todo en la habitación y se fueron al mar.

Era 21 de diciembre, comienzo de verano en su Argentina, de invierno en Europa y en las islas. La temperatura era de 25ºC. El mar maravilloso, como no había visto nunca. De un color azul acerado, pronto supo que se debía a que en la zona todo es roca volcánica negra.

Observaron la piel muy blanca de todos los turistas. Claro, venían del frío invierno europeo a pasar las navidades en esa tierra. Pensó qué suerte tenían, la naturaleza y la historia les había regalado ese paraíso a sólo dos horas de viaje en avión para dejar su helado invierno y sumergirse en las cálidas aguas de dominio español.

Ambiente familiar. Niños jugando con sus padres y abuelos disfrutando. No quiso pensar. Desvió su vista al cordón montañoso que desde lejos se dormía en el mar. Y allí estaba el Teide, el monte más alto de España. Escarpado, imponente, desafiando a la tierra y al agua. Se metió en el mar. Nadó, nadó, nadó. Como queriendo sacarse en ese acto, entre reflejo y voluntario, entre placentero e impuesto, todos sus dolores. Se sintió satisfecha. Las vacaciones empezaban bien.

Por la noche, disfrutaron en el hotel de un espectáculo de capoeira, un baile africano – brasilero y compartieron un trago. Hacía mucho que no tomaba un trago largo, tal vez desde su lejana juventud. La vida en familia la había alejado de esos pequeños gustos que estaba dispuesta a retomar, para tratar de retomar en su interior el valor de la vida.

Al día siguiente hicieron una excursión en barco a Los Gigantes. Pudieron observar desde el mar todo el esplendor del lugar. Esos montes de piedra, manadas de delfines, pájaros, sol brillante, oleaje suave, la isla La Gomera adivinándose enfrente entre la bruma de una calima. Fue una reconfortante travesía.

Al regreso, a la tardecita, quiso dar un paseo sola, caminando, por ese largo sendero bordeando la playa. Entre el rumor de las olas turquesas y azuladas a la derecha; paquetes chalets, señoriales hoteles, españolas construcciones, laderas de montañas, rocas y palmeras a la izquierda, se embelesó. Despacito, llegó hasta Los Cristianos. La playa era hermosa, se sentó un rato en la arena, pudo descubrir minúsculos caracoles blancos de raras formas, los recogió, pensó que a Lorena le iban a gustar, oh, Lorena no, pero inmediatamente supo que los iba a llevar porque a ella le gustaban. Recorrió luego el puerto, se tomó un helado, extrañaba los de su tierra.

-Acá no son tan sabrosos- pensó. Tomó una callecita empinada, coqueta, con distinguidos negocios y floridos balcones. Se sonrió: -Estoy en París-. Sacó fotos.

De pronto escuchó una voz que, en perfecto castellano, pero con acento alemán, le decía:

-¿Quieres que te tome una fotografía?

Lo miró. Quedó impactada con su cabello blanco, su estatura, su estirpe alemana, sus ojos azules. Llevaba una bermuda azul, una camisa blanca y sandalias. Le sonrió:

-Sí, gracias- y le dio la cámara. Cuando él se fue a acomodar para obtener la foto, advirtió una importante renguera en su pierna derecha.

-¿Quieres tomar una cerveza?, son exquisitas en estas tierras.

-No, tengo que regresar, mi amiga me espera para la cena.

-¿Te puedo ver mañana?

-Si quieres… Vamos a pasar el día a la playa del Duque.

-Bien, nos vemos.

Regresó caminado lentamente, disfrutando de a pedacitos todo ese lugar de ensueño. Allá a lo lejos en las altas olas, jóvenes hacían surf, con maestría, perfectamente equipados. Pensó en su Adrián: cómo le gustaba el surf y el snowboard, el esquí acuático y el kayac. Sonrió, era bello recordarlos sin tanto dolor, en las cosas buenas. Ese paraíso en la tierra en el que se hallaba empezaba a ayudarla.

En la guagua, el colectivo de línea que unía todas las playas, fueron hasta la zona del Duque. ¡Preciosa! Casitas españolísimas y coquetas, flores multicolores de varias clases, suntuosos negocios de marcas internacionales, bellos paseos, plazas y descansos lujosamente presentados, hoteles, edificios, restoranes y bares de primer nivel, iglesia de una misión jesuítica.

Se sacaron fotos, disfrutaron, comentaron el asombro que les producía encontrar en ese rincón del mundo tanta belleza, combinada, junta, armónica, esplendorosa.

Desayunaron un breakfast en un barcito escondido, estaban antojadas ya que era una de las costumbres más arraigadas en el lugar.

Se fueron a la playa. Otro lugar para el asombro y el deleite. A la izquierda, la montaña rocosa muriendo en el mar, a la derecha la inmensidad azul con veleros y cruceritos.  De suave pendiente, finalizaba en un hoyo que formaba una gran pileta, a la que rápidamente se sumergieron porque era especial para nadar y realizar un poco de aquagym.

Reconfortadas, sonrientes, salieron del mar.

Su piel dorada, sus cabellos castaños apenas largos, sus ojos pardos, relucían entre el sol y el agua. Y allí estaba, el alemán, con una franca sonrisa, esperándola. Había venido con un amigo. Hicieron las presentaciones de rigor:

-Beatriz. Adelma.

-Karl. Adolf.

La charla fue amable, ellas cebaron mate y ellos se animaron a probarlo. Les gustó, lo compartieron. Como así también algunas masas, confidencias e historias.

Adelma y Karl se fueron a caminar, descubrieron que a los dos les gustaba ese pedacito de arena donde las olas mueren en espumas desvaneciéndose. Ella le contó lo que le había tocado vivir. Él le narró que en la Segunda Guerra lo habían herido en la pierna y que se salvó gracias a los cuidados de una monjita en el hospital de campaña. Que se habían enamorado y que, cuando a él le habían dado el alta, ella resolvió dejar los hábitos y se casaron. Que Alemania le dio una importante pensión de guerra y una alta indemnización por incapacidad producida en combate, que habían invertido en esa casita de Los Cristianos, donde se habían ido a vivir. Que las excelencias del clima le posibilitaban una mejor calidad de vida a los que habían quedado con secuelas de la guerra. Que por eso había muchos alemanes en el lugar, que habían formado una gran comunidad, y que habían hecho de ese paraje el primer lugar en el mundo en pensar en atender a la discapacidad. Que habían tenido dos hijos que prefirieron hacer sus estudios y su vida en Alemania y que había quedado viudo hacía dos años. Que vivía solo rodeado de excelentes amigos. Le confesó que se había dado cuenta de que ella no era europea porque usaba una malla entera y, en la isla, todas hacen top less, cualquiera fuese su belleza. Ella rió, nunca las usaría, a pesar de que sus senos aún eran bellos y atractivos.

Durante las charlas, los dos sintieron que la vida los había llenado de placeres y de sinsabores, de tristezas y alegrías y que el compartirlos les hacía esplendorosa el alma.

Regresaron al hotel los cuatro juntos en el BMW de Karl y se separaron con la promesa de nuevos encuentros.

El 24 ella lo celebraría en el hotel con las fiestas exquisitamente preparadas para la ocasión. Él en su casa con sus dos hijos, sus nueras y sus cinco nietos que habían venido de Alemania. Por la tarde se encontraron en los miradores de la Playa El Casino. Querían juntos atrapar uno de esos magníficos atardeceres que brinda Las Américas. Se sacaron las tradicionales fotos atrapando el sol. A su caída, se desearon buenos augurios y se separaron con un beso en la mejilla. Los dos sabían que su sangre estaba más palpitante, su corazón más acelerado, su sonrisa más franca, sus tristezas más atenuadas.

Durante los tres días siguientes, ellas realizaron excursiones a Las Galletas, Adeje y el Teide. Gozaron del mar y la montaña, el excelente clima y la verdeante vegetación, las construcciones típicamente colonial español con sus balcones con malvones en las laderas de las montañas. Por las noches, se encontraban los cuatro disfrutando algún espectáculo en el hotel, algún trago en los bares de la zona o una cervecita alemana junto al mar.

Las charlas fueron amenas, íntimas, confidentes. Empezaron de a poquito y a solas a desnudarse el alma. A contarse sus fracasos y sus soledades, sus éxitos y los momentos maravillosos vividos y ya sin retorno. Empezaron a sentirse, a desear estar juntos más tiempo. Una noche ella sintió que su piel clamaba por él. En una caminata bajo la luna junto al rumor suave de olas plateadas y ennegrecidas, él sintió una erección. Empezaron a pensarse, a sentirse, a desearse, pero no se lo decían, sólo compartían largas charlas y paseos.

El 31 al atardecer él la invitó a un barcito muy coqueto en una terraza del hotel Mayoral colgada en el mar, desde la que se veía Puerto Colón con sus yates y veleros. Pidieron un champan alemán que era su preferido, brindaron por sus vidas y sin pensarlo y sin proponérselo, se besaron. Con entrega, con ardor, con simpleza, con vergüenza. Y se separaron, ella para la celebración en el hotel, él para compartir la Noche Vieja y el Año Nuevo con su familia en su chalet.

Los dos se tuvieron toda la noche en sus pensamientos, en sus brindis, en sus deseos. Era como si ese poquito nuevo de vida que habían construido los separase del dolor de lo que trataban de ir dejando atrás.

El primero de enero amaneció espléndido, bajaron a la playa. Al rato llegó Karl a invitarla a almorzar a su casa. Como Beatriz se quedaría con unas amigas que había hecho en el hotel, aceptó.

Al entrar a la casa, vio un inmenso óleo con la figura de una mujer, supo enseguida que esa casa estaba aún llena de su presencia. Pronto bajaron de sus habitaciones los dos hijos, sus esposas y los cinco niños, todo fue una algarabía que quebró los silencios. Se sentaron a almorzar en el comedor grande y delicadamente decorado. Las charlas fueron graciosas, mezclados el alemán de los niños, con un español apenas balbuceado de los mayores, algo de inglés común y Karl oficiando de intérprete y moderador de las situaciones controversiales que se planteaban. Comieron y rieron. Brindaron. Luego los jóvenes bajaron a la playa.

Quedaron solos. Se sintieron tímidos, cohibidos, timoratos. Como no sabiendo qué hacer ni de qué hablar. Acomodaron la casa, colocaron los utensilios en el lavavajillas.

-¿Te gusta la sidra?

-No es mi bebida preferida, pero sí.

-Ésta te va a gustar, es una edición especial de Valladolid, bien helada es una exquisitez

Tomaron la botella del refrigerador, dos copas y se sentaron en un sillón del living junto a la chimenea. Brindaron por ese momento especial, por sus vidas, por sus sueños. Lentamente se aproximaron, empezaron a besarse, a acariciarse. Despacio, cuidadosamente, tímidamente. Los cincuenta y cinco años de ella y los sesenta y tres años de él parecían ser una barrera a los apuros. Se fueron disfrutando lentamente. Su piel se tornó apremiante, sus cuerpos se pedían, sus labios se mordían. Él tomó un acolchado que había arriba de un almohadón junto a la chimenea, se envolvieron uno al otro, se sonrojaron, se rieron, se tomaron de la mano y subieron al dormitorio. El frenesí los esperaba. Se sintieron uno en un goce, se sintieron dos agasajándose. Supieron que estaban vivos, que sus cuerpos aún eran jóvenes para el amor. Se abrazaron luego en silencio, agradecidos por lo vivido.

Se cambiaron y bajaron a la playa. Disfrutaron con las ocurrencias de los niños, rieron con los chistes de los jóvenes. Tuvieron un pedacito de felicidad. Pero escondieron para sí el instante de plenitud que habían vivido.

Durante los siguientes días se vieron poco, nunca a solas. Querían guardar para sí esa relación recién nacida, esos sentimientos reencontrados. En algunas ocasiones él salía con su familia, ella con Beatriz.

Las dos mujeres hicieron playas y excursiones. Gozaron de ese vergel que es Tenerife. Recorrieron lujosos shoppings de marcas reconocidas. Beatriz se agasajó con un reloj Rolex de oro y ella con un diamante de ocho quilates con unas iridiscencias especiales. Se sentían contentas. La vida no era tan dura.

Todos juntos, en tres automóviles, el de Adolf, el de Karl y uno alquilado, realizaron una excursión a San Miguel de Adeje, allá en lo alto de la montaña. Caminos sinuosos, precipicios, roca yerma, pequeñas hondonadas cubiertas de vegetación o transformadas en huertas, por todo se sentían atraídos. Les llamó la atención cómo entre las rocas, en grandes hendiduras, corría agua cristalina y formaba cascadas, supieron que era agua de deshielo o de manantiales que se deslizaba hacia una zona baja donde estaban las usinas hidráulicas que proveen de agua potable a toda la isla.

San Miguel los reconfortó, con una vida y una estructura típica de pueblo español montañés. Se sacaron fotos con las banderas española y del Ayuntamiento de Adeje, hablaron con los pobladores, tomaron un refrigerio, los niños jugaron en una plaza con interesantes juegos infantiles. Ellos sólo se permitían miradas intensas, insinuantes, con las que se decían lo que los dos seguían sintiendo.

En una tarde, también hicieron todos juntos una actividad: buceo en las aguas de El Médano. A todos les gustó. Pececitos de colores, algunos corales, piedras negras de fantasmales formas, se le brindaron en el interior del mar.

6 de enero. Las amigas piden el desayuno a la habitación. Lo traen con un gran ramo de especiales azucenas rosadas. Y una tarjeta escrita con letra varonil: Feliz magia de Reyes. Tuyo. Karl. Se conmovió, las acomodó en un florero mientras acariciaba sus pétalos y jugueteaba con ellos como si fuese el cabello de él. Abrió la ventana y otra magia se le presentó ante sus ojos: el Teide completamente nevado. Se había cumplido el pronóstico: fuertes nevadas en las zonas altas.

Sonó el teléfono. Era Adolf invitándolas a una excursión a la cumbre con nieve. Salieron felices los cuatro, la familia de Karl había regresado a Alemania. Almorzaron una cazuela de mariscos bien española en una hostería del camino. Al llegar a la montaña, tomaron dos horas de clases de esquí. Se lanzaron, se cayeron, se deslizaron, se divirtieron. Se arrojaron copos de nieve, se lanzaron por las laderas.

Tomaron un chocolate en la cima. Regresaron, se pusieron las mallas y fueron al mar. Adelma sentía que todo junto constituía una magia. Karl, su compañía, sus atenciones, la montaña con nieve, el mar azul con su oleaje suave y sus aguas cálidas, las arenas doradas, los cielos diáfanos, los atardeces rojos con un sol brillante ocultándose en la línea infinita del horizonte. La vida la estaba recompensando en algo todo lo que le había quitado. Pensó:

-No todo ha llegado a su fin. Los sueños pueden comenzar a rehilvanarse…- Sonrió.

Faltaban cinco días para el regreso a Buenos Aires. Como Beatriz se había hecho amiga de un grupo de turistas cubanas que estaban en el hotel y podía hacer con ellas actividades y paseos, Adelma se fue a la casa de Karl.

Vivieron noches interminables de amor y entrega y días de paseos, comidas, paisajes.

Era la última noche de Adelma en Tenerife. La luna era apenas un hilito curvo muy brillante en el final del cuarto menguante. La playa estaba solitaria. El mar silbaba bajito entre las rocas y las palmeras. Bajaron a la playa, se escudaron en las piedras,. Hicieron el amor recostados en la arena. Hicieron el amor flotando en el agua. Hicieron el amor parados apoyados en las rocas. Él le cantó bajito una canción en alemán. Ella le entonó un tango porteño, sensual y pegajoso. Tararearon un vals y lo bailaron chapoteando en el agua, ahí donde el mar rompe en la piedra y se adormece en la arena. Sus cuerpos se buscaban, se sentían, se brindaban, se estimulaban, se metían en cada hueco, en cada promesa de pasión, en cada molécula de placer, en cada rincón de plenitud.

La despedida fue a la vez dura y sublime. Dura por tener que separarse. Sublime, agradeciéndose mutuamente lo que se habían brindado, el espacio de felicidad encontrado y construido, los placeres sentidos, las entregas sin condiciones.

13 de enero. El avión de Air Madrid aterrizaba en Ezeiza. Adelma se abrazó a Beatriz. Sintió un escalofrío que convulsionaba su cuerpo y su mente. ¿Cómo seguiría su vida?

Once meses después. 20 de diciembre.

-Sí, quiero.- El obispo de la Catedral de San Isidro en Buenos Aires bendijo a la nueva pareja unida en matrimonio. Familiares y amigos los rodeaban con alegría y buenos augurios.

Salieron al atrio tomados de la mano. Felices. Plenos. Adelma llevaba un vestido corto de encaje color champan con un ramo de azucenas rosadas en su mano y una en el cabello sosteniendo un delicado peinado recogido. Karl estaba impecablemente vestido con un traje negro, una camisa blanca y una corbata gris, con el tradicional ramito de azahares en su solapa, augurando un futuro de felicidad. Se miraron. Tiernos, enamorados, arrobados. Sabían que allá lejos, en Los Cristianos, en la isla de Tenerife, junto a un mar azul acero que se transforma en olas turquesas, celestes, verdes al romper en las piedras, un remozado chalet los esperaba para vivir en plenitud el pedacito de vida que les quedaba.



Número 24 - Diciembre 2018
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