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Romper en llanto

Martes, 03 de Noviembre 2015 - 18:00

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Luisa Ruiz

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Se llora de muchas formas y muchas veces. Algunas lágrimas son delicadas, románticas, dulces o tiernas, otras pueden parecer ridículas, casi siempre salen de los ojos de una mujer, de un infante o de un joven. El recorrido que inicia en las entrañas parece escribir sobre las mejillas palabras que no se entienden; las lágrimas de los caballeros no son tan comunes y solo ellos las conocen bien, saben cuándo y saben exactamente por qué lloran.

Hay edades para llorar también, de niños, no importa cuándo ni delante de quién, de jóvenes las lágrimas casi siempre son por la misma razón y se ven bonitas en todos los rostros, de adultos poco a poco van dejando de salir en público y se esconden cada vez más; se llora en soledad y en los rincones porque de grandes, se supone que ya no se llora por todo. De ancianos vuelve a ser tierno, delicado y nunca ridículo, son las edades pues, que forman, deforman y vuelven a dar permiso para llorar.

Romper en llanto es más que un simple lloriqueo, mucho más que una hipersensibilidad o un berrinche, ya sea por un momento de desesperación, cansancio emocional, desaliento o por caminar arrastrando la motivación y volver a caer. Se rompe en llanto cuando los límites y la capacidad de avanzar se han terminado,  a veces la acumulación de emociones solo encuentran su salida con un llanto explosivo.

He llorado insufriblemente en el cine o leyendo libros, por ejemplo con  “La venta de un asesino en serie” (The selling of a serial killer),  que cuenta la cruel historia de la prostituta y asesina Aileen Wuornos. O con “Milagros inesperados” (The Geen Mile), escrita por Stephen King,  una historia que entre la injusticia y el amor solo existen lágrimas y más lágrimas.   La película “Yo soy Sam” (I am Sam),  guion escrito por Kristine Johnson que tiene la desfachatez de empezar sin imagen con un lejano y tierno “Daddy” y que marcó también el inicio de mi llanto hasta el final de la cinta y dos días después.  “Expreso de medianoche” (Midnight express), el relato de Billy Hayes tan dolorosamente confuso e inquietante. “Noches de tormenta” (Nights in Rodanthe) de Nicholas Sparks, las románticas escenas en el ambiente nublado y lluvioso de una playa son el espacio ideal para soltarse a llorar nostálgicamente, la lluvia casi siempre estimula la lágrima. “El fin, el último de la creación” (Green River Rising) de Tim Willocks, cuando la locura y la desesperación invitan a detener la lectura para secarse los ojos y volver a la historia.  “Mi planta de Naranja Lima” una entrañable historia autobiográfica del brasileño José Mauro Vasconcelos, cada página son emociones diferentes y todas van de la mano del llanto. “Un año junto al mar” (A year by the sea), de Joan Anderson que cuenta un personal escape en solitario que no siempre se puede lograr. Entre otras historias, las anteriores me han hecho romper en llanto.

Las historias de éxito después del fracaso tienen mucho de profundidad y me hacen muy feliz, las historias de fracaso que nunca llegan al éxito me dejan una fea sensación de tristeza. Los esfuerzos del ser humano por ser y pertenecer tienen límites que terminan por romper el llanto, cuando de rodillas se muerde el polvo, cuando no hay más profundidad que pueda alcanzarse.

Hay historias de los que creen en el mundo, que desde su rincón hacen de su vida un festivo carnaval, llenos de talento, llenos de ilusiones, con caminos tan infinitos como solitarios. No sé qué finales puedan tener las historias que nunca son literatura o cinematografía, esperaría que quienes han roto en llanto desde las entrañas, tuvieran un final halagador al menos, para que la respiración inhale un puño de aire diferente y sus pulmones se llenen de oxigeno limpio antes de morir en el intento o levantarse a seguir viviendo.

Los momentos que hacen tropezar y llorar sin consuelo son las historias que me hacen romper en llanto, no puedo siquiera contar las que conozco porque las vuelvo a llorar, como acaba de pasarme ahora al recordar algunos de mis mejores libros. Y como dije antes,  las edades pintan y permiten lágrimas, mi edad y mi rostro me dicen que el encierro sin espejos es la mejor opción para llorar, acabo de saberlo, ya no soy bonita cuando lloro.


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