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Recuerdos de leve tristeza

Lunes, 05 de Octubre 2015 - 16:00

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Juan Francisco Hernández

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La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede. Luego se para. Leo esas frases en una novela de Karl Ove Knausgård. Es el instante en el que llega la muerte. Algunos corazones se cansan antes que otros. Después, los muertos viven otra vez entre nosotros cada vez que los recordamos. El corazón de Mémé, mi abuela paterna, se detuvo hace algunos días. Latió durante noventa y dos años. ¿Se le puede pedir más a un corazón?
Hubiera querido conocer mejor a Mémé, pero no fue así. El divorcio de mis padres, las mudanzas de mí madre y el alejamiento, entre nuestro padre y nosotros, lo impidió.

Hace algunos meses, en medio de otro de mis intentos por reconstruir mi historia (algo que toda persona que escribe, siente el deseo de hacer alguna vez), le pedí a mi padre que me contara algo sobre uno de los tantos huecos que todavía tengo en la historia de mi familia paterna: su llegada a México, cuando era niño. Pero me dijo que sólo recordaba dos cosas: que antes de llegar al país viajaron a Nueva York en un trasatlántico llamado “América” y que sobre ese barco hacía muchísimo frío. No tengo la impresión de que mi padre quiera pensar demasiado en ese viaje que lo trajo a México para siempre. Mi padre me prometió que visitaría a Mémé para pedirle que le contara los pormenores de aquella travesía. Yo estaba más interesado en los pequeños detalles que en los grandes acontecimientos. ¿A qué olía el barco? ¿Cómo se sentía la brisa en cubierta? ¿Cuáles eran sus miedos y esperanzas? Las historias de los exilios, cualesquiera que sean (interiores o exteriores), siempre me han interesado. Pero a mi padre siempre le ha costado hablar de esos temas y nunca tuve respuesta de la conversación que tuvo con Mémé.

De manera que recurrí a mi prima, Pilar.

Pili fue a la residencia de ancianos donde vivía Mémé, grabó la conversación que tuvieron y me la envió al Inbox de mi Facebook. La escuché tres veces. Pili trataba con mucho cariño a Mémé y le tenía una paciencia inmensa. Mémé habló muy poco. Su voz se escuchaba apagada. Aunque era la misma voz que yo recordaba de niño, suave y con el acento francés que nunca perdió. Pili trataba de ayudarle a recordar algunas cosas que Mémé le había contado, pero Mémé parecía cansada y un poco confusa. A diferencia de mi historia materna, que me fue contada por mi madre y por mi abuela materna a lo largo de mi vida, he tenido que reconstruir la paterna a partir de fragmentos aislados, como si fuera un puzzle.

Cuando Pili le preguntó a Mémé qué le había gustado más de México, al llegar, Mémé le dijo que el cielo. El cielo de México, inundado casi siempre por el sol.

Ese era el tipo de cosas que yo quería saber.
 
Al terminar la Guerra Civil española, mi familia se refugió en Francia. Mémé vivía en la comuna de Éguilles. Tras la guerra, muchos republicanos y comunistas pasaron la frontera francesa. Mi abuelo, que era muy joven, y aunque había nacido en Madrid, hablaba bien el francés y eso debió facilitarle las cosas al mezclarse entre la población. Mémé conoció a mi abuelo en la oficina de correos. En la grabación, Mémé insistía en que mi abuelo era un hombre muy guapo y que le gustaba a muchas mujeres del lugar. Supongo que después se fuerona vivir a la granja del padre de Mémé, un hombre llamado Marius, y que ahí estuvieron hasta el final de la guerra. Poco sé de aquellos años, pero sé que mi padre nació cinco días después del desembarco de los aliados en Normandía (el Día D), por lo que mis abuelos pasaron todos esos años en un país ocupado por los alemanes. Seis años después del nacimiento de mi padre, el presidente mexicano Lázaro Cárdenas (que ya  había aceptado a numerosos refugiados en 1939, sobre todo a muchos niños), invitó a mi familia a trasladarse a México.

Dos días después de que mi padre me dijera el nombre del barco en el que viajaron a Nueva York, yo le escribí para decirle que el “América” había naufragado en 1994, cerca de las costas de Gran Canaria. A él le sorprendió conocer el dato. Yo lo había encontrado en Internet.

En México, mi padre comenzó a jugar al fútbol y se matriculó en la Universidad Autónoma de Chapingo, para estudiar agronomía. Me contó que algunas veces acompañaba a su abuelo (que seguía formando parte del gobierno republicano en el exilio) a las tertulias, donde solían reunirse los refugiados españoles en la ciudad de México. Allí, soñaba con el momento en que cayera Franco y España volviera a ser una república. Franco sólo cayó tras su muerte, en 1975.

Mi bisabuelo y mi abuelo nunca llegaron a ver ese día.

Mémé tampoco regresó a Francia para vivir.

Cuando mi padre tenía dieciséis años mi abuelo, que apenas tenía treinta y siete, perdió la vida en un accidente de montaña. Mémé enviudó muy joven y nunca se volvió a casar. Mi padre conoció a mi madre, se casaron y Mémé se fue a vivir a la ciudad de Cuernavaca.

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De izquierda a derecha mi tío, Mémé y mi padre.

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De izquierda a derecha, mi padre, Mémé (qepd), mi madre (qepd) y mi abuelo paterno.
Pasábamos los fines de semana en casa de Mémé. La casa no era muy grande, pero era bonita, decorada con buen gusto y siempre estaba ordenada. Mientras que en mi familia materna la vida tenía una cierta influencia norteamericana y todo el mundo combinaba el inglés con el español al hablar (mi abuela materna vivió muchos años en Estados Unidos), en mi familia paterna se respiraba un aire más europeo. Esos fines de semana nuestra tía, la hermana menor de mi padre, muy amorosa, se hacía cargo de nosotros. También jugábamos con nuestros primos y con los vecinos del condominio. Con frecuencia pasábamos el día en la alberca. Mémé me dejaba beber de su rompope y de su anís. La primera copa me la daba ella y las demás me las servía yo, cuando nadie me veía, en unos vasos pequeñitos. Yo comía mucho, eso alguna vez preocupó a mi padre, pero Mémé le dijo que me dejara comer todo lo que quisiera, pues estaba creciendo y lo necesitaba. Una vez, en Halloween, salí con los demás niños a pedir dulces y, alguien disfrazado de monstruo, me asustó. Al llegar a casa, mi tía y Mémé me dieron una cucharada de azúcar, para el susto. Mémé nos cantaba Alouette, gentille alouette y otras canciones de su país, las mismas que ahora le enseñan a mi hijo en la escuela.  

Después, nosotros nos fuimos a vivir lejos y dejamos de ver a Mémé, a nuestros tíos y a nuestros primos. Cuando era adolescente, me encontré con mi padre algunas veces y, en un par de ocasiones, me llevó a visitar a Mémé. Pero todo había cambiado, me sentía ajeno a esa familia, como si hubiera dejado de pertenecer a ella; no porque yo lo hubiera querido así, sino porque la falta de convivencia algunas veces termina por hacernos sentir extraños a nuestra propia gente.

Recuerdo una vez, cuando regresé de un viaje que hice a España, para recorrer el Camino de Santiago, visitar Salamanca y otros lugares que pudieran hablarme de las raíces de esa parte de mi familia, volví a Cuernavaca en compañía de mi padre. Nos organizaron una comida en casa de mis tíos. Fue una comida muy divertida, repleta de temas sobre política en las que yo, por timidez, participé muy poco, a pesar de ser aficionado a ese tipo de conversaciones. En algún momento mi tío, un hombre muy agradable y carismático (con una barba que me recordó a Del Valle Inclán) me preguntó si yo era de izquierda, como la mayoría de los intelectuales. Yo no me podría llegar a considerar un intelectual, pero entendí lo que quería decir. Les había llevado unos libros todavía muy inmaduros que me habían publicado y mi afición era la literatura. Mi padre dijo que Vargas Llosa, uno de los intelectuales y escritores a los que más admiraba, tenía ideas políticas de derecha. Mi padre y su hermano no se parecían en nada. No sólo sus ideas políticas eran contrarias, sino su manera de ser, su manera vivir la vida y relacionarse con los demás. No me extrañó que mi primo me dijera que yo me parecía a mi padre. Taciturno y de pocas palabras, también. Después hablaron de su abuelo y, en algún punto, terminamos hablando de algunos escritores republicanos. A mi padre lo recuerdo siempre leyendo o hablando de libros. Mi padre dijo que mi tío no leía mucha literatura. Mi tío aseguró que le gustaba García Lorca. «No sé por qué, pero cuando lees a García Lorca, sientes ganas de llorar», dijo. Mi padre nos dijo que el poeta favorito de su abuelo no había sido García Lorca, sino León Felipe, y empezó a recitar uno de sus poemas. Más tarde hablamos de cine. Mi padre había visto una película que a mí me había gustado mucho: Las tortugas también vuelan, del director iraní Bahman Ghobadi. En un momento, mientras los demás hablaban (esta vez, acerca de López Obrador, político con el que mi tío simpatizaba), hablé un poco con Mémé sobre El extranjero, de Albert Camus, novela que, según me dijo Mémé, la había marcado, muchos años atrás.

Mi padre y yo regresamos por la noche a la ciudad de México. Yo tenía un extraño sentimiento que me acompañó durante muchos años. Era curioso, pero sentía más afinidad con mi familia paterna que con mi familia materna. No es que no quisiera a mi familia materna, a la que siempre estuve unido, sino que sentía que el carácter relajado y sencillo, las discusiones sobre política y literatura, las ocurrencias de la hermana menor de mi padre con mi primo, y la manera como se había desarrollado esa larga conversación de sobremesa, no se tenían a menudo en mi familia materna, y la había disfrutado.

Hace tres años, durante un atropellado viaje que hicimos a México, Teté y yo quisimos ir a visitar a Mémé para que conociera a nuestro hijo. Mi primo nos llevó al asilo. Estuvimos un rato en la habitación de Mémé. Ella habló con Teté. Sentimos mucho que, justo ese día, nuestro hijo estuviese tan inquieto. Mémé pidió a mi tía que sacara unas viejas fotografías de una caja y nos las mostró, extendiéndolas sobre su colchón.

Fue la última vez que vi a Mémé. Y algún día le contaré a mi hijo que él también la conoció.  

Cuando lo pienso, pude buscarla de vez de cuándo, a lo largo de mi vida. Ella también pudo buscarme. Pude haberle preguntado cómo estaba. Enviarle algún regalo. Colaborar con sus gastos. Pero no lo hice.

No sé por qué. Por qué uno deja de hacer tantas cosas en la vida.

La historia de mi vida, en lo que respecta a mi familia paterna, siempre me trae recuerdos de leve tristeza. Aunque nadie hable mucho del tema, es una historia llena de claroscuros, como lo es la de todas las familias que llegaron durante el exilio. Es una historia de seres humanos que se vieron forzados a abandonar todo lo que tenían, para empezar una vida nueva en un país desconocido. Es la historia de una muerte, la de mi abuelo, que ocurrió en un momento crucial y que marcó a todos. Es la historia de algunos miembros de la familia que se recuperaron y siguieron adelante con sus vidas y la de otros que nunca se recuperaron del todo.

Al menos, es como yo lo veo. Sin embargo, la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla, escribió García Márquez. Pero no sólo eso, la vida también es la que, de maneras distintas, le contaron a uno, y la que uno mismo quiere contarse.

Nuestros ancestros son, a final de cuentas, aquellas personas que vinieron a este mundo antes de nosotros. Y nosotros somos consecuencia de todo aquello que vivieron y experimentaron. Recuperar la historia de mis antepasados es la única forma que tengo de hacerles un homenaje. De sentirme un eslabón más de esa cadena genética que me precede. Siempre me ha gustado la idea de que todos ellos, de alguna manera, están presentes en mi vida para sostenerme, como yo quisiera algún día estar presente, de alguna manera, para sostener a los descendientes de mi hijo.


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Número 35 - Noviembre 2019
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