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Recordamos tanto a Julio

Viernes, 04 de Septiembre 2015 - 16:00

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Juan Mireles

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El pasado 26 de agosto se cumplieron ciento un años del nacimiento de Julio Cortázar —acaso el más universal de los escritores argentinos junto al inabarcable Borges—, a quien se recuerda siempre, porque con Cortázar existe una conexión sensible que va más allá de su obra, y que ocasiona la pregunta ¿por qué queremos tanto a Julio?

No es un misterio tal puente que se crea entre Cortázar y sus lectores, después de todo se sintió poeta hasta los cuarenta años; es decir, su expresión natural era la poesía; su lenguaje, era el de un eterno niño, un Peter Pan, que nunca se cansó de la rayuela, del juego, de lo lúdico, de ese salirse del infierno para alcanzar el cielo que no era otro sino el de ser completamente libre.

Libre de ataduras en materia de escritura creativa que muchas veces imponen el traje y la corbata que él tanto aborrecía. Había que ir más allá de las palabras como le eran dadas. Cortázar buscaba el reverso de las cosas, y muchas veces, en ese estar volteando las palabras encontraba su escritura, su forma de inocencia, de belleza, que sólo tienen aquellos que no han dejado de ser niños.

Lo suyo era el divertimento, la creación alegre, desenfadada y natural, que se expresó de manera concreta con sus Cronopios, Famas y Esperanzas, esos seres luminosos que nunca terminó por definir bien a bien, porque él entendía perfectamente que aquél azar era indefinible de tan fantástico.

Hay que recordar a Julio siempre, a deshoras, en verano o en cualquier lugar, también en las autopistas y en ese París donde creyó encontrar a una Maga que se le deshacía en el sueño, en el anhelo por encontrarla.

Entendía que los sueños eran también una forma de vivir la realidad, de interpretar el mundo, de reordenar las cosas ya ordenadas; es decir, hallar en el desorden cierta proporción, cierto deseo de ser, una insospechada forma creativa que en sí misma era un diálogo, muy a la manera surrealista, metafísica, que de igual forma acompañó a “Cocó”, cómo lo llamaban entre familia.

Cortázar no le tuvo miedo a que la casualidad lo encontrara. Para él la casualidad fue fundamental durante su vida. Aquello imposible se le presentaba en forma de cuento, de novela, de poema, de notas musicales.

Siempre esperó lo inesperado que resultaba de la imaginación, porque para él los dioses eran terrenales, para Cortázar el otro lado estaba dentro de nosotros, nos habitaba como una especie de infinito que constantemente está en necesidad de ser reinterpretado con nuestras distintas herramientas como lo puede ser nuestro lenguaje, nuestras letras.

El Cortázar del nocaut, del aliento largo, el del poema interminable; el ensayista, el crítico, el comprometido social, el conferencista, el profesor, el traductor siempre fueron el mismo eterno enamorado del mundo.

Porque Cortázar igualmente nos permitió ver hacia afuera, con los ojos abiertos, no ya solamente hacía nuestro interior, sino al mundo, a la belleza contenida en éste.

En fin, que se quiere tanto a Julio porque no sólo se encargó de decirnos que la literatura era también un espacio para pintar la rayuela, sino que estimuló la experiencia creativa a todos los niveles.

De pronto nos ilusionó a todos al pensar que éramos capaces de escribir sus palabras, de jugar su mismo juego, de pisar los mismos cuadros que él pisaba, y claramente esto era un juego, pero uno bastante inocente, uno en el que, como niños, nos dejaba creer que también podíamos crear nuestra propia casa y tomarla.

Y le creímos tantos que no paramos de jugar junto a él ese juego que es su obra completa. Ese andar sin buscarnos pero sabiendo que andamos para encontrarnos.


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Número 35 - Noviembre 2019
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