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Qué triste fue decirnos adiós: el Príncipe ha muerto

Lunes, 30 de Septiembre 2019 - 12:55

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Venus Rey Jr.

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José José, también conocido como El Príncipe de la Canción, falleció el sábado 28 de septiembre de 2019, a la edad de 71 años. José Rómulo Sosa Ortiz fue su verdadero nombre. Sin duda, ha sido uno de los cantantes populares más conocidos y queridos de México. Millones crecimos cantando sus canciones. ¿Quién no tiene una vivencia o episodio en su vida que no sea el tema de alguna de las canciones que hicieron famoso a El Príncipe?

 

El triste, por ejemplo, es épica, y su arreglo musical es grandioso. ¿Quién no ha llorado de amor con esta canción? «Qué triste fue decirnos adiós / cuando nos adorábamos más…» No cabe duda que Roberto Cantoral era un muy inspirado compositor. En la soledad del desamor, en esas aciagas horas de la noche, te descubres sola o solo y tu reciente ruptura amorosa se convierte en una herida que sangra. Estás que no te calienta ni el sol: «Qué triste luce todo sin ti / los mares de las playas se van / se tiñen los colores de gris / hoy todo es soledad…» ¿Por qué esta canción es particularmente entrañable? Porque dice exactamente lo que sentimos cuando sufrimos una decepción amorosa, amén de la monumental interpretación en el Teatro Ferrocarrilero, allá en 1970, interpretación que consagró desde entonces y para siempre al gran José José.

 

Pero no todo está perdido. Cuando uno cree que está a punto de morir de amor, aparece otra persona en la vida y uno concluye que, a final de cuentas, no todos los colores se tiñen de gris ni todo es soledad. Un optimismo se apodera de nosotros, porque, queramos o no, es cierto que un clavo saca otro clavo: «Ya lo pasado, pasado / no me interesa / si antes sufrí y lloré / todo quedó en el ayer…» José José está ahí para recordárnoslo con Lo pasado, pasado, muy célebre canción escrita ni más ni menos que por Juan Gabriel.

 

También es posible que en el juego del amor a uno le salga el tiro por la culata y pretendiendo ser uno gavilán acabe siendo paloma; o pretendiendo ser tormenta y tornado se convierta uno en un volcán apagado. Claro que las canciones de José José son cursis, como acusan algunos de sus injustos detractores, pero esa es precisamente la parte fundamental de su credo estético. El amor es cursi, y si no, no es amor. ¿Qué tal las líneas que dan inicio a Gavilán o paloma? «No dejabas de mirar, estabas sola / completamente bella y sensual / algo me arrastró hacia ti como una ola / y fui y te dije Hola, qué tal…» Es difícil pensar en una metáfora más naïve y común que el ser arrastrado como una ola, pero no importa porque la siguiente línea es magistral: «y fui y te dije Hola, qué tal». Ola-Hola. Rafael Pérez Botija, compositor de esta canción –y también compositor de Volcán–, sabía jugar con las palabras.

 

Las metáforas con las aves no acaban en Gavilán o paloma. Difícil imaginar que en una canción aparezca la palabra “alpiste”, pero José José lo hace. ¿Es posible romper una relación amorosa con dignidad y, por qué no, con cierto decoro, sin rebajarse ni hacer drama? Lo que un día fue no será, de la inspiración de José María Napoleón, empieza así: «En tus manos yo aprendí a beber agua / fui gorrión que se quedó preso en tu jaula, / porque yo corté mis alas, y el alpiste que me dabas / fue tan poco y sin embargo yo te amaba…» Cuando uno recibe tan poco alpiste, quiere uno volar a otro nido, y en una de esas pasa alguien y nos ofrece el fruto anhelado, como dice la canción. Y cuando eso pasa uno puede erguirse y embelesarse de orgullo cantando, con José José: «Vete a volar a otro cielo / y deja abierta tu jaula / tal vez otro gorrión caiga, / pero dale de beber…» Vete a volar a otro cielo es un eufemismo para decir vete al diablo o vete a acostarte con otro; dejar abierta la jaula es un eufemismo para decir que una –porque esta canción está inequívocamente dirigida a una mujer– debe tener el cuerpo preparado para dar el debido alpiste, o sea, el alimento del amor, el débito carnal. Ahora que si otro gorrión cae, por Dios, a ese sí hay que darle de beber, no lo vaya una a someter a cuarentena sexual, que eso sería un atentado contra los derechos humanos.

 

José José también puede ponerse filosófico y meditar sobre la distinción entre el verdadero amor y las pasiones de la concupiscencia. Que no cualquiera sabe distinguir entre Amar y querer, porque amar es sufrir y querer es gozar. Sin duda, una de las letras mejor logradas de su discografía. Me imagino el cuadro Palas dominando al centauro, de Sandro Botticelli: una meditación platónica que confronta el amor platónico, valga la redundancia, y la lujuria. Pedazo de tema del gran Manuel Alejandro. No me imagino esta canción en voz de Emmanuel o de Luis Miguel, cantantes para los que trabajó también Manuel Alejandro en los ochentas. La canción habría sido un valium, así que el mérito es de José José, cuyo genio no era componer sino interpretar. Es una canción extraordinaria. Valiéndose del oxímoron, la letra nos hace ver la incompatibilidad entre el amor y el deseo. Mientras el amor no deja pensar, el deseo quiere olvidar, pues en un impulso esteta a lo Kierkegaard, quien es esclavo de la concupiscencia siempre está en busca de un nuevo amante para tener otra experiencia erótica. Por eso dice la canción que el querer acaba pronto, mientras el amor no tiene final. Amar es el cielo y la luz, el querer es la carne y la flor. ¿Qué es la flor? La flor es el sexo sin ambages. Por eso el que quiere araña, muerde, besa para satisfacer su fugaz deseo. Todas estas cogitaciones suceden en los menos de cuatro minutos que dura la canción.

 

Y ni qué decir de los amores prohibidos. He ahí 40 y 20, el amor de un hombre maduro con una jovencita. ¿Quién no ha sentido atracción hacia una persona veinte años menor? No importa si se es hombre o mujer, estas cosas pasan, y cuando suceden traen a uno de cabeza. El que así perplejo anda por la vida, bien le vendría escuchar esta canción. Lo que importa en última instancia es el amor, y no un amor de abuelito, sino un amor apasionado, de esos que queman: «Que yo soy otoño en tu vida / y tú eres dulce primavera, / no saben que guardo un verano / que cuando te miro te quema…» Oh, Dios mío, ardiente abuelito que guarda un verano caliente, caliente. Es el amor lo que importa, no lo que diga la gente. Por eso José José invita a quienes están en esa amorosa situación a salir del clóset: «Toma mi mano, camina conmigo mirando de frente…»

 

Hay canciones para todas las situaciones, y por eso el repertorio de José José es tan entrañable. No sé si sea el caso todavía, pero en mis mocedades –no es que sea yo una persona muy mayor, aunque justo acabo de dejar atrás los 40… y los 20– las reuniones acababan en la madrugada con todo mundo cantando las canciones de José José. A esas altas horas, el alcohol ya había causado estragos. Y es que existe una canción que se refiere al delirium tremens: Almohada. El narrador sufre una alucinación. Después de describir una situación idílica, un amor que no tiene parangón, un amor en el que él duerme con ella toditas las noches y le hace cositas perversas que ella acepta callada y sin reproche; después de este idilio viene la alucinación: «A veces regreso borracho de angustia / te lleno de besos y caricias mustias / pero estás dormida, no sientes caricias / te abrazo a mi pecho, me duermo contigo, / mas luego despierto, tú no estás conmigo, / sólo está mi almohada…» ¡Caray!

 

Se dice fácil, pero José José es uno de los cantantes latinos que más discos ha vendido en la historia: estamos hablando de más de 80 millones de copias. Durante los 70’s, 80’s y 90’s José José fue una máquina de hacer éxitos y dinero. Y en la medida que su fama creció, sus adicciones aumentaron. Algunas personas de pensamiento superficial lo van a recordar sólo por eso y no por sus canciones, lo cual es triste. Es verdad que José José siempre tuvo al alcohol como su peor enemigo, pero también es verdad que desde la década de los 90, y luego de varios intentos de rehabilitación, alcanzó la sobriedad y nunca más volvió a perderla. Sin embargo, su vida bohemia le pasó factura. Desde finales de los 90 José José padeció diversas enfermedades: diabetes, enfisema, parálisis facial, depresión, retinopatía, hemorragia cerebral y finalmente el cáncer de páncreas que lo llevó a la tumba.

 

José Rómulo Sosa Ortiz –¡su primer nombre artístico fue Pepe Sosa!– es una figura muy querida en México, por su origen sencillo y su talento indiscutible. Era un chico, si no pobre, sí humilde, originario de Azcapotzalco. Sus padres fueron músicos profesionales. El padre fue cantante de ópera y no toleraba la idea de que su hijo se dedicara a la música popular. El padre también padeció alcoholismo y murió por esa causa. Pepito Sosa se ganaba la vida tocando el contrabajo con su trío de jazz y hueseaba en bodas, fiestas y bares, como muchos de nosotros que nos dedicamos a la música. No fue un star desde el principio, le costó mucho trabajo y sufrió, pero su esfuerzo, dedicación y perseverancia lo llevaron al éxito.

 

José José fue una persona como cualquier otra, uno más del pueblo, un chilango de pura cepa, y por eso el público mexicano se identifica tanto con él. A pasar de convertirse en una gran estrella, no dejó de ser uno de nosotros. Ahora está en otra dimensión. Se nos adelantó en una Nave, una nave que no será la del Olvido.


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Número 34 - Octubre 2019
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