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Peripecias del organillero don Isabel de la Rosa

Miércoles, 23 de Octubre 2019 - 10:55

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Sergio Ávila

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Fue durante aquel verano paceño, cuando fueron citados a la Comandancia de Policía para el día siguiente los cilindreros don Isabel de la Rosa y otro compañero. ¿La causa? En un fandango ambos estaban tocando al mismo tiempo y eso estaba prohibido por la ley. Cuando los policías les notificaron esa falta, muy quitado de la pena uno de ellos respondió: “Es capricho tocar juntos”, y siguieron girando los manubrios de sus organillos, mientras los contrariados agentes daban media vuelta para seguir haciendo su ronda.

Por estas mismas fechas Isabel de la Rosa se quiso pasar de listo, y nuevamente fue citado para el siguiente día por los guardianes del orden, pues lo sorprendieron en un callejón obscuro divirtiendo a unos paisanos, mientras muy inspirado arrancaba nostálgicas notas a su organillo después de las 10 p. m., hora límite fijada para que los músicos guardaran sus instrumentos.

Y la mala suerte siguió sumándose al organillero, porque poco después en una esquina del jardín Velasco, frente a la todavía sin torres parroquia de Nuestra Señora de la Paz, esperaba que un cliente le pidiera algunas piezas. Una señora de no mal ver salió del templo y pasó por su lado, y ni tardo ni perezoso le dirigió unas cuantas palabras. Ella no le contestó aunque dijo para sus adentros “¡Chula pistola cachas de lomboy!”,  y con fijo mirar siguió caminando sobre la calle Ayuntamiento.1

Al no recibir respuesta el galán en ciernes, descansó su agudo mentón y anchas manos sobre la parte superior del instrumento, para así,  cómodamente seguir admirando  aquel fascinante y blanco serpenteo, hasta verlo desaparecer a la vuelta de una esquina de la calle Segunda.2

 Este hombre acababa de llegar de dar unas tocadas en la cantina del Sr. Victoriano Vivero,  por  la calle Lerdo de Tejada, y después en la de don Andrés Verdugo, sobre la calle Tercera 3 sur y Degollado. Se retiró su inseparable sombrerito de fieltro, y se sentó a descansar un rato en una de aquellas bancas, artesanalmente elaboradas con angostas tiras de madera, recostando sobre las piernas el voluminoso aparato que pesaba más de 40 kg.

Y ante el grato silencio bajo los árboles de tamarindo, él estaba pensando en visitar la cantina del señor Justiniano Hidalgo, allá en Independencia y calle Octava,4 cuando sus planes fueron drásticamente interrumpidos por la iracunda, aunque bella mujer acompañada de un par de policías, quienes de inmediato y sin mediar palabra lo remitieron a la cárcel.

Y ahí va don Isabel calle abajo, flanqueado por los guardianes, cargando el organillo a la espalda, tal como se estilaba transportar el instrumento, sólo que ahora por la pena se sentía como cargando una cruz, conducido por una especie de soldados romanos, que a cada rato le reiteraban el bien timbrado y consabido ¡Apúrele cabrón!

Afortunadamente el Calvario de nuestro personaje no fue muy largo, solamente caminó un corto trecho pues la Cárcel Municipal se encontraba a dos cuadras, sobre la calle Primera.5 Ahí el alcalde le informó que lo habían arrestado por decirle palabras obscenas a esa fémina. A lo mejor esa joven con albo sombrero de ala ancha había “exagerado la nota”, y el bonachón de don Isabel solamente le había lanzado un delicado piropo, pero muy mal interpretado por tan  delicada dama, situación por la cual tuvo que pagar $1.00 de multa, y después de escuchar una tediosa amonestación salió a seguir buscando el diario sustento.

En otra ocasión iría hasta la cantina de don Justiniano Hidalgo y cambió de ruta. Al dejar tras de sí las altas puertas de la prisión caminó media cuadra y llegó a la esquina. Ese famoso cruce formado por las calles Primera e Independencia representaba para los parroquianos una verdadera encrucijada,  por la diversidad de opciones que había donde beber cerveza, copas de mezcal, de whisky Canadian Club y hasta champagne Domcour; saborear unos taquitos dorados de agujón,6 o mejor todavía, tronchos de hígado de caguama aderezados con limón y sal, y jugar también una partidita de dominó, pues ahí confluían tres cantinas cuyos respectivos propietarios eran los Sres. Julio Gallo, Francisco Díaz y Rafael Osuna.7

Esa tarde el organillero de la Rosa recorrió estos lugares donde logró hacerse de una regular dotación de moneditas de cobre, que bien le alcanzarían para comprar un morral de birotes, conchitas, huaraches y chamucos en la panadería La Diosa Ceres, 8 esquina de calles Segunda e Independencia, además don Apolonio acostumbraba obsequiar  a sus clientes habituales con un buen pilón.

Cierta mañana, a esa prestigiada  panadería entró un perro de respetuoso tamaño, caminar parsimonioso y mirar sombrío; el dependiente Bernardo Quiñones al grito de ¡Úchale chucho! y dar un leñazo sobre el mostrador, en su veloz y desesperada carrera buscando la salida, chocó y quebró “un cuadro de la puerta vidriera” que tenía frente a la calle Independencia.

La policía ipso facto se lanzó en su búsqueda, y después de seguir infinidad de pistas, montar hipótesis y de comprobar soplos, a las 4 de la tarde efectuó un técnico lazado con un  nudo corredizo, cambiándolo después por uno de cochi, y así trasladaron a prisión a ese can antojado de pan.

Muchos parroquianos rehusaban cooperar con el buenazo don Isabel porque, los rodillos de los organillos de estos tiempos sólo traían grabados melodías europeas, tales como el vals El Danubio Azul y la polca Champagne, compuestos por Johann Strauss II. Cabe decir que el vals es originario del Tirol (Austria) y del sur de Alemania, mientras que la polca nació en Bohemia.

Los investigadores de la música coinciden en que los primeros organillos o cilindros, llegaron de Alemania a México a finales del siglo XIX, como un regalo del gobierno germano al presidente Porfirio Díaz. Desde luego que en nuestra “Ciudad de los Molinos” había grupitos musicales que alegraban a los bebedores, especialmente el formado por Juan Nava, acompañado de José María Rodríguez, José Manríquez y Luis Pérez.  

Esa noche y las anteriores hubo varios acarreados a la cárcel por los siguientes motivos: “Andar muy incorrecto”, “Algo tomado de licor”, “Ebrio descompasado”, “Trastornado de la cabeza”, “Ebrio y con imprudencias”, expresar “Palabras fuertes en clase de altercado”, y jugando “Tirándose de manazos”. También fue a continuar su siesta en la reja un “ebrio dormido en un sofá del jardín Velasco” en calle Segunda, frente a Palacio de Gobierno.

Muy cerca de Palacio, sobre la calle Ayuntamiento, el señor Moreno tenía la cervecería El Coromuel. Eran las 6:30 p.m. cuando ahí entró un jinete, ya era mayor de edad, pero lo multaron porque entró montado en su caballo a la cantina, tal como lo hacía en las películas  Miguel Aceves Mejía.

También las mujeres mañosas tenían cabida en prisión: Doña Juanita fue detenida a las 4:20 p.m. “por haber estado ebria y expresándose con palabras obscenas” en la calle Primera norte. De igual manera, una señora llamada Cándida, que le hacía honor a su nombre, fue detenida a las 7:00 p.m. por el policía Felipe González. Tal vez por el agobiante calor esa dama es que andaba “alzándose los vestidos de una manera inconveniente, en la calle Segunda, frente a la casa de la señora Concepción Vallejo.

Y vaya que el calor estaba insoportable en La Paz de aquellos tiempos, pues un señor llamado José María fue detenido a las 7:45 p.m. por el policía Dionisio Sández, “por haber estado completamente ebrio y en calzoncillos, en el comercio del señor Von Borstel”, frente al jardín Velasco.

Esta corporación policíaca era famosa por actuar siempre de manera democrática; los animales no alegaban ni bebían mezcal pero les gustaban las cenas gourmet gratis, y a las 9:45 de una de esas noches, dos vacas tipo  Clarabella  con todo y sus  becerros, que andaban paladeando las frescas flores del jardín Velasco, fueron encerradas en las caballerizas de la Gendarmería del Distrito.

Bien, eran las nueve de la noche, y ya no le alcanzaría el tiempo al organillero para trasladarse a la cantina de don Jesús Toledo, en la esquina de calles Hidalgo y Cuarta.9 Para terminar su jornada, esa noche de luna llena del domingo 2 de septiembre de 1906, se dirigió a la cantina El Paso de Venus, sobre la calle Segunda norte.

El lugar estaba poco concurrido, solamente tres o cuatro parroquianos sentados ante la barra, y en la mesa del fondo un anciano solitario platicando con la pared. Por encima de la contrabarra  acababan de colocar un cuadro con una ilustración donde se apreciaba el sol y el planeta Venus en su recorrido.

Don Isabel preguntó al cantinero propietario sobre la imagen, y el viejón don Pancho muy orondo le contestó que, su nueva y joven esposa había nacido en el año 1882, fecha en que por última vez se había dado el paso de Venus entre el sol y la Tierra, y que por ese motivo le puso tal nombre a su establecimiento.

Al no tener a quien tocarle, don Isabel de la Rosa dejó recargado en un rincón el organillo. Su amigo Pancho le obsequió una copa de  mezcal  brandy, reserva familiar, elaborado por don Nabor Mendoza, dueño del rancho El Oro.10

 Entonces el regordete cantinero sacó un descolorido folleto del cajón de la barra, y aclarando su  garganta se dispuso a  darle lectura.

— ¡Pon atención Isabel, cambias más de lugar que una chacuaca enamorada! Allí va:

“El 3 de junio de 1769, en San José del Cabo, México, el científico francés… no sé cómo se prenuncia este pinchi nombrecito tan revoltoso (Jean-Baptiste Chappe d'Auteroche), realizó unas importantes observaciones en su telescopio sobre el paso de Venus. Él era un sacerdote, y falleció en ese mismo lugar a los dos meses de haber realizado tal hazaña científica… el próximo paso de Venus será el 8 de junio del año 2004…”

— ¿Y cómo la ves con estas cosas de la cencia, Isabel?

— ¡Pos pa’ mí que ese padrecito aparte de muy aguzado era medio cabrón! -dijo el organillero- y empinó su copita hasta el fondo.

— ¡No, no, medio era poco; era cabroncito y medio el francesito!

— ¿Entonces le cairía una maldición y se lo cargó por andar ispiando en el más allá?

— Nada de eso, decía mi tío Antolín, el profe, que se murió del mal de tripas el pobre. Y hablando de lo mesmo;  el próximo 8 de junio del año 2004, en honor de mi mujer cocinaré un borrego en barbacoa.

¡Quedas cordialmente invitado!

— ¡Muchas gracias Panchito, pero ese día no podré salir pa’ la calle!

 

FUENTE y NOTAS

AHPLM  ARCHIVO HISTÓRICO  “PABLO L MARTÍNEZ”, La Paz, B.C.S.

1 Actualmente  calle 5 de mayo.

2 Actualmente  calle Francisco I. Madero.

3 Actualmente  calle Revolución de 1910.

4 Actualmente  calle Valentín Gómez Farías.

5 Actualmente  calle Belisario Domínguez.

6 Al Marlin se le llamaba Agujón, hoy se le dice Picudo.

7 En el edificio donde estaba la cantina La Luz del Día, propiedad del Sr. Rafael Osuna, al transcurrir del tiempo se convirtió en la deliciosa nevería La Flor de La Paz.

8 Don Apolonio  Casillas era propietario de la panadería La Diosa Ceres; padre de una joven de 17 años, quien después sería la Mtra. Concepción Casillas Seguame.

9 Actualmente  calle Aquiles Serdán.

10 En la Exposición Universal de Chicago en 1893, don Nabor Mendoza recibió Diploma de Honor por su producto Mezcal Brandy.


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Número 34 - Octubre 2019
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