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Pequeño país

Viernes, 13 de Julio 2018 - 15:00

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Juan Mireles

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Pensemos en qué momento se nos fue la niñez, cómo fue que la perdimos o qué situaciones nos fueron quitando todo: la inocencia.

Las complicaciones nos van escareando el cuerpo.

Sentimos que había algo de mágico en el pasado, cuando fuimos niños y las cosas sucedían de otras maneras -un recuerdo lejano, como una pérdida que conduce irremediablemente a la resignación; quizá lo que perdemos al crecer es la sencillez en cómo miramos todo.

En la novela Pequeño país del escritor, compositor y músico Gaël Faye, nacido en Burundi, se muestra un sinnúmero de pérdidas que ocurren en los niños, en este caso, en un contexto de guerra étnica, de luchas intestinas basadas en ideologías y creencias que culminan, en determinado momento, en la muerte.

No hay manera de sobrevivir a los dogmas, a la fe desbordada que tiene como finalidad, siempre, el poder de machacar al otro.

Gaby -hijo de una ruandesa tutsi y un empresario francés- y un grupo de amigos de no más de 10 años, pasan los días siendo niños en Buyumbura: juegan, descubren nuevas formas de sentir, de relacionarse con los demás y el mundo; esas exploraciones y aventuras que nunca terminan por volver, discurren en la primera parte del relato.

Un mundo que para esos niños no parecía amenazado, hasta que la realidad los alcanza con su incendio, su calor que no permite la indiferencia, porque quema de tal manera que los hace mirar directamente al ojo del fuego, el núcleo de la podredumbre humana.

La guerra está presente en la novela, la guerra como separación, la guerra como la expresión extrema del aborrecimiento a las diferencias; la guerra por el poder, la guerra de etnias, la guerra que, como dice el autor, “se encarga siempre de procurarnos un enemigo”.

En Pequeño país Gaby y todos, incluyendo sus amigos, terminan por tomar un bando –hutu o tutsi, no hay más-, porque la neutralidad no es una opción cuando la familia y las caras conocidas van siendo menos: en los terrenos en conflicto no basta con decir de qué lado se está, hay que demostrarlo, hay que incendiarse de igual manera que todo lo que hay alrededor; hay que recoger a los muertos para odiar y odiarse en la venganza.

Esta novela fue galardonada con el prestigioso premio Goncourt des Lycéens y fue “la sensación literaria en Francia en 2016”. No es para menos: la construcción de la novela el tono, el ritmo junto con el relato que en sí mismo es un testimonio de lo que sucedió y sigue ocurriendo en muchos países africanos, consiguen una gran novela con la que accedemos a los recuerdos, heridas e inquietudes del autor y su personaje: el hombre que regresa, después de veinte años, después de la guerra civil (1993-2005), a “rememorar tiempos felices”, a recuperar los pedazos que quedaron de su niñez, de su familia –su identidad-, de su madre a la que pierde de vista en el conflicto.

Escribir para liberarse de sus fantasmas, para dejarlos ir a reconciliarse con los otros, eso es lo que consigue Faye al presentarnos esta historia íntima que nos concierne, de alguna u otro manera, a todos.

Juan Mireles


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Número 29 - Mayo 2019
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