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Narcos: México o cómo los “Charolastras” vencieron a la DEA

Viernes, 23 de Noviembre 2018 - 13:20

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Luis Felipe Jurado

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El Spin-off de Narcos llega a la plataforma Netflix y da una explicación de porqué hay tanta droga en México

En pleno comienzo del “juicio del siglo”, como le ha llamado la prensa al proceso contra Joaquín “El Chapo” Guzmán, Netflix, de pura casualidad, estrena el spin-off de su serie sobre el narcotráfico, ahora titulada Narcos: México.

La serie presenta en 10 capítulos, el nacimiento de la hoy llamada guerra contra el narco, en este caso, contando el ascenso de Miguel Ángel Félix Gallardo, apodado “el padrino”, conocido empresario y traficante de narcóticos, que durante los años 80 se volvió el criminal más buscado. De forma paralela, narra la pesquisa de este personaje por parte del agente de la DEA, Enrique “Kiki” Camarena, así como su secuestro, tortura y asesinato, por parte el socio de Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero. La producción comienza precisamente con este suceso y en forma de largo flashback nos va mostrando el momento histórico en que ocurrió esto y qué puede ser lo que ha generado el estallido de violencia que hoy vemos todos los días en las noticias.

Los que vivimos en esos días, recordamos el bombo y platillo con que se anunció el arresto tanto de Caro Quintero como de Ernesto Fonseca Carrillo alias “Don Neto”. En ese momento era algo nuevo para todos, ya que el narcotráfico no era parte del ideario colectivo como hoy. En esos días, sólo se sabía de esto gracias a los corridos de Los Tigres del Norte, como Contrabando y traición, o por las cintas de Mario y Fernando Almada, y Valentín Trujillo, curiosamente, casi todas basadas en las canciones de Los Tigres… Sin embargo, era de todos conocidos que gracias a la corrupción que ha convivido con los mexicanos desde hace muchísimo tiempo, más del que se pueda registrar en los libros, los criminales arrestados pudieron tener un nexo con altas personalidades de la política. Y la obra de Netflix parece confirmarlo.

La reproducción de la época es impecable. La dirección de cada capítulo logra capturar al público desde el principio. Tenoch Huerta, como Caro Quintero, logra quizá uno de sus mejores papeles, así como Diego Luna y Michael Peña, que se nota estudiaron hasta el más mínimo detalle a los seres en que se basan sus personajes. Ambos logran recrear – o inventar – cada gesto de ellos. Curiosamente, las actuaciones son bastante dispares, y mientras unos están más que excelentes, otros, como el argentino Ernesto Alterio se sienten bastante forzados. José María Yazpik, que según interpreta a Amado Carrillo “El Señor de los Cielos”, así como Joaquín Cosío, que disque es “Don Neto”, parecen Chema Yazpik con acento norteño y “El cochiloco” con acento de “cochiloco”, es decir, no logran desprenderse de sus registros de siempre. Algunos son bastantes más que mediocres, como por desgracia ocurre con Tessa Ia, que deja en claro que Después de Lucía fue obra y gracia de la divina providencia. Mención aparte merece Rodrigo Murray, que no sólo hace lo que siempre hace sino que lo hace mal; alguien debería decirle que ya es tiempo de aceptar que eso de la actuación nomás no se le da y que mejor se dedique a vender pelucas.

Si algo ha caracterizado a la serie desde su inicio es precisamente que, a diferencia de las “narcoseries” de moda, esta no busca parecerse a Scarface, sino que emula a Los Intocables. Es decir, no glorifica a los criminales como ocurre en El señor de los cielos o El patrón del mal, sino que los trata como delincuentes que merecen ser castigados. El mensaje pues es que el crimen no paga o mejor dicho, no debería pagar. En esta ocasión se ve exactamente lo mismo, pero con una diferencia que es fundamental: mientras que la serie original, ubicada en Colombia daba a entender que las motivaciones de Pablo Escobar y el Cartel de Cali eran los de tener poder y ser reconocidos, pero que siempre serían considerados criminales, porque el aparato político y judicial no estaba del todo viciado, en el caso de Narcos: México, lo que buscaba Félix Gallardo no era ese reconocimiento, sino crear un imperio, como si fuera un Steve Jobs del narcotráfico (con todo y lo gansteril de los métodos de Jobs, por cierto), pero siempre apoyado por el Estado, corrompido desde su creación. Se dan abiertamente los nombres de los responsables de esa degradación de las instituciones sin tapujos (gobernadores, diputados e incluso, el mismísimo Partido Revolucionario Institucional). Eso, aunado a lo pusilánime de los aparatos policiacos norteamericanos – el motivo por el que Félix Gallardo descubre el negocio de la cocaína se debe a que la Dirección Federal de Seguridad lo obliga a llevar un cargamento de armas de la CIA a Nicaragua; a pesar de que existen muchas pruebas de que algo grave se cuece en México, la DEA decide no hacer nada, hasta que les asesinan a “Kiki” Camarena, por ejemplo – permitió que el “negocio” creciera hasta el tamaño que tiene hoy, que se ha vuelto una ola imparable de muerte, corrupción y terror.

Por desgracia, si bien de lo mejor que tiene Narcos: México son las estupendas actuaciones de Luna y Peña, también es ahí en donde falla la serie. En el afán de retratar a sus personajes con todos sus tics y demás, la interpretación del “Charolastra” de Félix Gallardo y la del galardonado con el Óscar como Camarena, son exactamente lo que sus interpretados eran en la realidad. Todos sabían que Gallardo era un tipo carismático y hasta cierto grado, seductor, mientras que “Kiki” era un individuo violento, casado con su trabajo y que perdía el control con facilidad. Y eso genera que en determinado momento, aunque no era la intención, uno espere con ansias que el primero se escape de la policía y que maten al otro. Vamos, a pesar de que Peña es un excelente actor, no logra generar empatía para una persona que generó sin quererlo, una guerra que aun hoy sigue vigente. Wagner Moura, en las primeras 2 temporadas generó un Pablo Escobar carismático y atractivo, pero no lo suficiente para que el público se identificara con él, incluso, en un cameo en la versión mexicana, llega a hacer sentir incomodidad en el espectador, como un fantasma que viene a atormentar al “padrino” mexicano. Eso es de lo que se carece en esta ocasión y es muy grave, porque si bien no hace decaer la producción, en el futuro puede hacer que se pierda el camino emprendido, en el que los buenos ganan y los malos pagan por sus crímenes.

Se pueden reprochar muchas cosas, como el hecho que se minimiza la culpabilidad del gobierno norteamericano por su conveniente indiferencia hacia el narcotráfico, la corrupción y el uso de drogas no sólo en México sino en todo el mundo, pero es una serie emocionante, muy bien realizada y que vale la pena ver… Aunque sea una historia que nos han contado muchísimas veces.

 


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