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Monolitos en tinieblas

Miércoles, 05 de Junio 2019 - 12:45

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Gines Sánchez

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El 13 de agosto de 1790, paradójicamente la misma fecha de la caída, mas de dos siglos y medio atrás de la Metrópoli Tenochca, unos trabajadores del Ayuntamiento que realizaban unas obras en la entonces plaza mayor (hoy Zócalo) se toparon en sus excavaciones con un inmenso monolito de aspecto entre mágico y siniestro, de poco menos de tres metros de altura y 24 toneladas, figura semi antropomorfa de piedra granítica y con relieves de cráneos, garras de águila y faldas de serpientes, era la Diosa madre Coatlicue, tan solo cuatro meses después, fue hallada la piedra del sol, un disco de similares dimensiones y conocida hoy como el "calendario azteca". Los conquistadores habían decidido enterrar a los monolitos una vez consumada la rendición del imperio Mexica en su afán de destruir por completo todo vestigio de lo que no fuera la nueva fe cristiana impuesta.

Las autoridades virreinales dispusieron que la representación de la deidad de piedra Coatlicue fuera trasladada dentro del atrio de la Real y pontificia Universidad, la piedra del sol, en cambio, se colocó expuesta a un costado de la Catedral, esto con un motivo en particular, que era el demostrarle a otras potencias europeas, que menospreciaban a la corona española y sus conquistas en el nuevo mundo al considerarlas como pueblos salvajes, que habían dominado a una auténtica Civilización, ya que la piedra evidenciaba el avanzado conocimiento que esta tenía sobre las ciencias astronómicas y exactas. Sin embargo, las decisiones tomadas sobre la colocación de ambos monolitos tuvieron una reacción inesperada en los indígenas de la Ciudad y sus alrededores, a la Coatlicue se le veneraba, acudían los nativos originales a rendirle pleitesía y honores, a rezarle y a llevarle ofrendas y prenderle veladoras, efecto opuesto a la conducta que tenían con la piedra del sol, que era ignorada, cuando no objeto de injurias como el lanzarle piedras y frutas podridas, el rechazo que sentían por una y la devoción por la otra era porque una era vista como aprobada e "impuesta" por los ibéricos y la otra como la prohibida, así que los frailes de la orden dominica tomaron una decisión radical para acabar con esa peligrosa devoción pagana: volver a enterrar a la Coatlicue, de noche y en el mismo atrio de la Real y pontificia Universidad.

La Diosa Coatlicue por fin volvería a ver la luz, y esto fue hacia el año de 1803, cuando el explorador y sabio alemán Alexander Von Humboldt visitó México, en su famosísima expedición, que a la postre revolucionaria las ciencias, por el Continente americano, el tenía conocimiento y noticias de la existencia del monolito enterrado, así que se valió de sus amistades con el alto clero para gestionar su desenterramiento, por media hora pudo el Baron Humboldt admirar la pieza y registrar algunas notas, mas ya por la tarde del mismo día quiso volver a admirarla, pero a su llegada al atrio su asombro fue aún mayor al descubrir que esta había sido inmediatamente vuelta a enterrar. 

 Ya consumada la independencia, en 1821, el emperador Agustín de Iturbide ordenó desenterrarla al tiempo de convertir la ya mencionada Universidad en el Museo Nacional, prioridad de la recién nacida Nación era ya dotarse de una identidad propia. La larga noche había terminado para estos monolitos, en 1866 el emperador Maximiliano de Habsburgo cambió de sede al Museo Nacional a la casa de moneda, siendo trasladada en ese mismo año la Coatlicue. Mas para la piedra del sol los días difíciles no habían aún terminado, ya que en 1847, durante la invasión norteamericana los soldados gringos la usaron como disco para la practica del tiro al blanco, situación que explica el porqué la cara que está en su centro luce deformada. Fue hasta 1964, cuando el presidente Adolfo López Mateos inauguró el Museo Nacional de Antropología, y los símbolos de piedra ancestrales encontraron el sosiego, en una dignísima y definitiva morada.



Número 32 - Agosto 2019
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