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Molière

Lunes, 31 de Julio 2017 - 15:00

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José Guillermo Zúñiga

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Inspirada para gustar logrando la afinidad extasiantemente perfecta para con la vida social misma. Mordaz cual venenosa bestia rastrera con los excesos y los vicios de carácter en su tiempo.

Sin duda, la comedia, la risa, “el mofe”, “el tren del mam…” y la burla, entre otros, son el vehículo perfecto de la crítica social.

Cuando uno aprecia una obra de Molière ejecutada de manera correcta se vibra en el lugar mismo de su ejecución o al seguimiento de sus letras sintiendo cómo goza al exponer una propensión a equiparar al mismo nivel lo ridículo con la condición humana. Siendo incluso sus obras la pauta para moralizar y señalar condiciones de comportamiento humano.

A groso modo, Molière asentó un respeto a cada una de las convenciones, tan longevas como el teatro del mismo, Aristófanes  del siglo V antes de Cristo. 

Dramaturgo de genuinas intuiciones individuales, pero también era valuado cual producto en su época. Adornado por el “glamour” del Reinado de Luis XIV, encandilada por el refinamiento, la ambición del cortesano y la desmesura aristocrática de ennoblecer la realidad. Algunos críticos aseguran que Molière es a la comedia lo que Cervantes representa para la novela.

La sátira en representación caricaturesca de las costumbres burguesas, la llaneza de estilo, fueron sus armas predilectas para ejecutar a pedantes, hipócritas, sabihondos, médicos ignorantes, libertinos, envidiosos, tiranas domésticas y galanes de pacotilla.

El Enfermo Imaginario, Las Preciosas Ridículas, Don Juan, El Misántropo, Las Mujeres Sabias, La Escuela de Maridos, El Burgués Gentil-hombre continúan formando parte de los programas de las Grandes Compañías Teatrales. Mencionando lo obligado, Molière escribió para su hoy y ese hoy ya se volvió mañana. 

Por demás está el mencionar que no existe el teatro sin público y al que se dirigió Molière estaba conformado por el Rey mismo y su corte de Vasallos.

El Siglo XVII francés, amó las puestas en escena derrochadoras y fastuosas. 

La Magnificencia era quizá el último reducto de la aristocracia. Así de magnánimas fueron las representaciones de las comedias de Molière.

Durante quince años se tiene registro que la escena parisina gozó y toleró su sarcasmo porque dirigía sus pullas hacia una clase que se asociaba con la inmoderación y el mal gusto: la de los funcionarios de medio pelo y los abogados.

Molière, que abrazó igual la profesión de actor, murió en un escenario, víctima de un acceso de tuberculosis que quiso disimular con un ataque de risa.

Sus restos nunca fueron sepultados según los ritos de la Iglesia Católica ante la prohibición de sus enemigos religiosos, a los que denunció en su obra Tartufo. A pesar de la intercesión del rey.


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Número 35 - Noviembre 2019
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