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Los 30 años de 3 lancheros muy picudos

Viernes, 20 de Septiembre 2019 - 08:35

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Luis Felipe Jurado

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A finales de los años ochenta, con la llegada de Carlos Salinas de Gortari a la presidencia de la República, el cine mexicano se encontraba prácticamente en vías de extinción. Fuera de algunas comedias de la recién llegada Televicine – hoy transformada en Videocine, la mayor distribuidora y productora nacional – se estrenaban semana a semana únicamente las llamadas “sexy-comedias” (el término se atribuye al inolvidable Mauricio Garcés y sustituía el de “cine de ficheras”), cada vez más decadente y cuyos participantes estaban involucrados también en “videohomes”, que tenían una producción todavía más mísera que las cinematográficas. Salinas, durante su sexenio, privatizó la banca y vendió más de 300 paraestatales, como Telmex e Imevisión (hoy TVAzteca), entre las que destaca Compañía Operadora de Teatros (COTSA), empresa dedicada a operar la mayoría de las salas cinematográficas del país y a exhibir la totalidad de la escasa producción nacional. En pleno salinato se dio el milagro en las taquillas que fue 3 lanchero muy picudos (1989, Adolfo Martínez Solares).

La película es un montón de sin sentidos, unidos únicamente por una diminuta anécdota, sobre un “lanchero” acapulqueño, que encuentra por accidente una bolsa llena de dinero perteneciente a unos traficantes. Debido a que pierde el dinero apostando en una pelea de gallos, se ve obligado a huir a la Ciudad de México, en donde se vuelve proxeneta y prostituto masculino para poder pagar su deuda. Al final, no sólo él y sus amigos logran detener a los traficantes, sino que se vuelven ricos y se casan con las prostitutas más hermosas del país. Contaba con el mismo elenco que protagonizó casi todas las producciones de este tipo (Tun Tún, Rosario Escobar, Lina Santos, etc.). La fotografía era casi inexistente, se notaba que colocaban la cámara donde podían y ni hablar de la iluminación. El guión estaba plagado de albures y desnudos a la menor provocación. Y la música, genérica, se repetía una y otra vez. Sin embargo, a pesar del cansancio que el público tenía ya hacia ese tipo de trabajos, se volvió la más taquillera de la década y casi el canto del cisne del subgénero. El motivo de esto: una gracia poco usual. Los chistes se van acumulando uno tras otro, algunos de forma más elaborada que lo acostumbrado (Armando: “Yo lo que quiero decirte es ¿qué es hoy?” – Roberto: “Pues eres un pendejo” – Armando: ¡No, no!” – Roberto: “¡Ah, cómo no!” – “Armando: No, no te digo que qué soy, te digo que qué día es hoy”), llenos de juegos de palabras muy sorpresivos (Muchacha: “¡Ay, tía! ¿no te gusta? A mí me parece guapísimo” – Tía: “¡Ay, hija, pero qué estómago tienes!” – Roberto: “No, y eso no es nada, ¿ya le vio las nalgas?”), además de la excelente química que se da entre Alfonso Zayas y Cesar Bono. Algo curioso es que se habla de la realidad del momento, en la que empezaba a popularizarse el narcotráfico. Adolfo, destajista de este tipo de trabajos y oveja negra de los Martínez Solares, tiene un ligero momento de lucidez y encuentra un ritmo muy decente para este tipo de obras, de tal manera que las escenas de acción (la pelea de proxenetas, por ejemplo) están bastante bien ejecutadas y cuentan con una edición muy lograda.

Pero la mayor de las diferencias con este tipo de productos fue el que la anécdota central (el escape de Roberto, el personaje de Alfonso Zayas) es muy coherente, debido quizá a que al tener visiblemente un presupuesto más paupérrimo que las facturadas anteriormente, también el número de personajes y subtramas es menor.

Para el año de su estreno se acercaba una de las mayores crisis que se haya sufrido en mucho tiempo y también el espejismo de la modernidad que ha permeado hasta nuestros días. El cine está próximo a una enorme transformación, ya que se aproxima el “nuevo cine mexicano”, con trabajos que resultaron no solo éxitos de crítica sino de público, y que harían pensar que todo estaba mejorando: Cabeza de Vaca (1990, Nicolás Echeverría), Danzón (1991, María Novaro), La mujer de Benjamín (1991, Carlos Carrera), Sólo con tu pareja (1991, Alfonso Cuarón), Como agua para chocolate (1992, Alfonso Arau), Cronos (1993, Guillermo del Toro), por mencionar algunas. Un año después de su aparición, se vería el desvanecimiento de una de las eras más polémicas de la filmografía nacional. Con la desaparición de COTSA se dejó de exhibir este tipo de obras, amén que la escasa audiencia prefería las hechas en Hollywood y al privatizarse del todo la exhibición, todo se terminó.

En una ocasión, Alfonso Zayas comentaría que algún día sus trabajos serían recordados como las películas cómicas de la época de oro, de Tin Tán, Cantinflas o Joaquín Pardavé, y aunque la situación es diferente, algo así ha surgido al ver lo pobre que resulta el nuevo cine de explotación que se está realizando. Obras como Loca por el trabajo (2018, Luis Eduardo Reyes), Te juro que yo no fui (2018, Joaquin Bissner) o Hazlo como hombre (2017, Nicolás López), por mencionar algunas, hacen que 3 lanchero muy picudos, resulte mucho más sofisticada de lo que es. Simplemente, al escuchar a los actores de las producciones recientes decir una mala palabra, se escucha grotesco y forzado, quizá porque Zayas, Bono, Luis de Alba, Maribel Fernández, y demás, tenían tablas en albures y mentadas o porque a diferencia de las estrellas de la producción actual, sabían improvisar y en eso basaban los directores gran parte del metraje filmado.

Me imagino a una persona que tiene un automóvil muy viejo y destartalado, que hace ruido por todos lados, a cada momento se detiene y suelta humo como chimenea de fábrica de carbón. Al ver su estado, decide cambiarlo por uno más moderno, con cero emisiones y muy cómodo, pero de pronto, descubre que si se descompone, las refacciones salen carísimas, no le cabe nada en la cajuela, si se golpea una parte de la carrocería, hay que cambiar la pieza entera porque es fibra de vidrio y sobre todo, empieza a fallar bastante. Al recordar el otro, que a pesar de ser una basura, siente nostalgia porque por lo menos, el otro tenía refacciones que podían comprarse hasta en la tienda de la esquina. Eso es lo que pasa con el cine mexicano contemporáneo. Puede tener una fachada de “modernidad” pero en el fondo es más basura que lo hecho en los 80.

Hace 30 años iba mucho al cine con algunos amigos y en ocasiones, por echar relajo, nos metíamos a ver “películas de albures”. En ese entonces, me vomitaba en estas producciones y no me imaginaba que el día de hoy estaría escribiendo sobre una de ellas, no solo defendiéndola sino hasta sintiendo nostalgia por ese cine vulgar, lleno de desnudos gratuitos y chistes malos. En ese entonces, uno de mis dichos favoritos era: “Cuando me muera, mi lápida va a decir; ‘Yo y mi bocota’”. Creo que ya es tiempo de empezar a pensar seriamente en mandarla a hacer.


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Número 35 - Noviembre 2019
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