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Lágrimas negras por Óscar Chávez y su paso por el cine

Viernes, 01 de Mayo 2020 - 10:20

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Luis Felipe Jurado

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Óscar Chávez, el mítico cantante y difusor de la música tradicional mexicana, se suma a la lista de artistas que se adelantan, víctima del coronavirus. Desde el miércoles 29 que se difundió la noticia de que era portador del virus, todo mundo ya esperaba, tristemente, el anuncio de su partida, aunque en el fondo hubiera una pequeña esperanza de que saliera adelante.

Oriundo de la CDMX, allá en los tiempos en que se llamaba Distrito Federal, a pesar de que su carrera principal era como actor (estudió en la Escuela Nacional de Teatro y con maestros como Seki Sano), su aportación no solo a las artes sino a la cultura universal, fue por medio del rescate de cierta música mexicana que hasta su llegada estaba casi enterrada. Quienes lo conocen dicen que desde el principio había demostrado ser un excelente actor, pero quizá por la falta de aspecto de galán y sus facciones de persona común y corriente o porque estaba ya en su labor como rescatista de los géneros populares, su paso por las tablas fue breve.

Al cine llegó de la mano de Juan Ibáñez, en su ópera prima Los caifanes (1967), por la que recibió el premio Ariel y la Diosa de Plata como actor de reparto. Aunque su personaje, “El estilos”, es de los más recordados de la mítica obra, por desgracia no encontró otro papel de ese tamaño, ni siquiera de la mano de Ibáñez, con quien repetiría en La generala (1970). Lo mismo le ocurriría con otros realizadores, como Luis Alcoriza, que lo dirigió en El oficio más antiguo del mundo (1970). En ella, el mítico ex guionista de Buñuel intentó convertir al cantautor, (que ya estaba saboreando el éxito como estrella musical) en un galán actor, como Julio Alemán. Sin embargo, hay que reconocer que pasaría mucho tiempo para que el rescatista del folclor nacional encontrara algo tan significativo como fue “El estilos”.

Pasaron cintas sin pena ni gloria, trabajos quizá alimenticios, quizá por favor, no lo sé, pero de los años setenta solo sobresalen El cuerpazo del delito (1970, René Cardona Jr., Rafael Baledón y Sergio Vejar), que es una colección de tres cortos cómicos, y María de mi corazón (1979, Jaime Humberto Hermosillo), para muchos la última gran película de la década. En ninguno de los casos brilló demasiado; en el primero interpreta al secuaz idiota de un secuestrador y aunque intenta ser gracioso, es opacado por sus coestrellas: un inalcanzable Mauricio Garcés y la siempre agradable Angélica María. En el segundo, la obra maestra de Hermosillo, se representa a sí mismo y solo sirve de pretexto para que el entonces rockstar del mexican folk, cante algunas de sus rolas.

Sería en otro país en el que encontraría un rol en el que pudiera lucir sus dotes histriónicas, que no se podían visibilizar desde Los caifanes. Rompe el alba (Break of Dawn, 1988), el debut del tijuanense Isaac Arstenstein, cuenta la biografía del locutor de radio y cantante Pedro González, mismo que se transformó en un importante defensor de los derechos de los mexicanos en Estados Unidos de los años 30. Si bien no fue un éxito de taquilla, le permitió al “Caifán mayor” interpretar un personaje con el que no solo se podía lucir, sino que también le permitía identificarse con él.

Chávez fue un incansable luchador no solo por el lugar que merecen los géneros populares mexicanos, sino por la democracia y la justicia social. Estuvo presente en el movimiento del 68 y durante toda su carrera se encargó de burlarse y denunciar las irregularidades de los gobiernos, desde el de Díaz Ordaz hasta el de Peña Nieto. Incluso, aunque hizo proselitismo por Andrés Manuel López Obrador, en entrevista con Julio Astillero criticó muy duramente sus resultados en la presidencia. Fue parte importante de la contracultura mexicana y siempre fue congruente con sus ideas. El personaje de Pedro González le cayó como anillo al dedo, quizá porque compartía con él el estar siempre en la primera línea de la lucha contra el sistema.

La última vez que se asomó a la pantalla de plata fue en la estimable Piedras verdes (2001, Ángel Flores Torres). Pareciera que el señor solo encontraba sus mejores películas en las óperas primas. En esta última hace una participación especial y deja de regalo, como ocurrió en Los caifanes, una de sus más hermosas canciones en la banda sonora. Para la de Ibáñez dejó Fuera del mundo y para ésta Se me ha perdido el camino. 

Su paso por el cine fue breve, pero hay que reconocer que por lo menos dejó una filmografía estimable, llena de momentos y grandes sonidos que aun suenan y son cantados por mucha gente. Sin duda, una de las pérdidas más grandes que ha sufrido la canción de protesta y la música popular mexicana. Descanse en paz el más grande luchador que dio la capital mexicana.  

 


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