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Lady Rancho, cuando no distingues el cilantro y el perejil

Viernes, 08 de Marzo 2019 - 13:30

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Luis Felipe Jurado

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Los años 70 son recordados como los más combativos del cine mexicano, en el que se realizaron los filmes con mayor contenido social y político de la historia. Podría decirse que es la época de plata, ya que se produjeron algunas de las mayores películas de la historia como Canoa, La pasión según Berenice, El lugar sin límites, entre otras, realizadas por algunos de los más grandes creadores que hemos tenido jamás, como Felipe Cazals, Arturo Ripstein, Gabriel Retes, Jaime Humberto Hermosillo, y más. Uno de los más interesantes debuts fue el de Rafael Montero, quien empezó como “superochero”, es decir, filmando con cámara de súper ocho, un formato casero y muy económico, así como siendo un hábil documentalista. Su primer largometraje industrial, El costo de la vida (1989) fue un trabajo diferente a lo que se hacía en ese momento y es quizá la única película que mostraba la descomposición social provocada por la crisis económica. Su valentía y oficio daba a entender que iba a ser uno de los mejores realizadores de la siguiente década, sin embargo, comenzó a realizar productos meramente alimenticios, algunos realizados con un oficio superior al de muchos destajistas de esos tiempos. En 1996 filmaría la que es hasta hoy su cinta más exitosa, Cilantro y perejil, que dispararía la carrera de Demian Bichir y Arcelia Ramírez, una simpática y divertida comedia romántica que triunfaría al nivel de la crítica y el público, volviéndose uno de los mayores éxitos de taquilla de los años 90. Poco después trabajaría en Corazones rotos (2001), un desolador filme coral, sobre los habitantes de un edificio de clase media baja, y No tuvo tiempo, la hurbanistoria de Rockdrigo (2004), documental centrado en el mítico rockanrolero, Rodrigo González, que falleció en los terremotos del 85. Sin embargo, parece que con todo, los últimos años no le han sentado muy bien. Quizá por los fracasos de La cama (2012) y Los amorosos (2012), que no trascendieron y en el caso de la segunda, ni siquiera se exhibió, Montero cayó de fondo en el peor cine comercial que se hace en estos días. Y si alguien creía que Fachon Models (2014) era lo peor de su carrera, mejor ni se asome a ver Lady Rancho.

Una joven socialité azteca, que cuando no está en las tiendas anda borracha, en este estado le roba a su chofer la camioneta que su padre puso a su cargo y se encamina a comer unos hotdogs, pero cuando intenta pagarlos con su tarjeta de crédito y no es aceptada, decide irse a la fuga. Dos policías la intentan arrestar pero ella se resiste, mientras es filmada por varios curiosos. Al llegar a los medios y redes sociales el video, es nombrada “lady hochos” y sus padres, como castigo, deciden dejarla en el rancho de su abuelo para que aprenda a ganarse la vida.

La nada original anécdota es una especie de adaptación femenina de Nosotros los nobles (2013, Gary Alazraki), pero a diferencia de esta, su primer problema es que el guión no tiene ni pies ni cabeza. No se define entre la comedia, la sátira o el melodrama rascuache, y para evitar caer en obviedades, se vuelve más predecible, incongruente y complaciente que lo que hubiera podido ser. No tiene la malicia de la de Alazraki ni tampoco su desparpajo. Y aunque Danae Reynaud logra una caracterización simpática y diferente a los estereotipos de este tipo de films, – Es bajita y algo gorda – lo cierto es que ni así se logra algo medianamente interesante o cómico. La producción es aburrida, los personajes secundarios no tienen desarrollo y funcionan sólo para mal justificar las acciones de la protagonista y a veces desaparecen por casi toda la cinta. Nunca se puede comprender ni justificar el cambio de actitud de la protagonista, como tampoco se entiende por qué todos los miembros del reparto son blancos o poco morenos, a pesar de estar en un rancho mezcalero, por lógica, en Oaxaca o Michoacán (a lo mejor son “güeros de rancho”) o por qué si todos los ricos tienen acento de mirreyes, los pobres no tienen ni la más mínima referencia a sus orígenes. Otra cosa es que, siguiendo la tendencia de parecer producción hollywoodense (pero de clase z), no hay ni un solo feo, vamos, hasta la policía que arresta a “lady hocho” es atractiva. Nada funciona, incluso un capítulo de La rosa de Guadalupe muestra más profundidad y oficio.

Es triste ver a dónde ha dirigido su carrera Montero, como también lo es el que quizá es el único director de su generación en activo actualmente. Tal vez sea un trabajo para tener algo con qué alimentarse en su retiro o porque está cansado de intentar levantar productos de calidad que no le interesan a nadie. Y más triste aún es que resulta por lo menos igual o peor que las porquerías que están haciendo los jóvenes sin escrúpulos que generan las porquerías que el godinato prefiere ver. Por lo menos Manolo “el Cacas” Caro, Chava Cartas, Jorge Ramírez Suárez, Marco Polo Constandse y demás cretinos que dejan en las salas las porquerías que deberían depositar en la taza del baño, pueden presumir de que no sólo no tienen ni la menor idea de qué es una película de calidad sino que el objetivo de sus carreras es el generar dinero. El caso del antes interesante veterano creador es más que deleznable, porque alguna vez intentó ser lo que ninguno de los mequetrefes que defecan el estreno semanal podrá llegar a ser alguna vez: un director de cine.

P.D.: Ahórrense lo del boleto y mejor vean el tráiler.

 


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Número 31 - Julio 2019
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