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La segunda explosión de San Juanico.

Lunes, 19 de Noviembre 2018 - 17:40

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Luis Felipe Jurado

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Cuando mi hermana nos comentó que se iba a casar y se iba ha vivir a San Juan Ixhuatepec, todos nos quedamos absortos, ¿cómo era posible? Iba a salir de Guatemala para entrar a Guatepeor. Y no porque la Colonia Tlaxpana fuera Polanco (entonces, porque con los planes expansionistas de Romo, Slim y demás, la “Nueva Polanco” se va a terminar de comer la Anahuac, la Pensil, lo que sobra de la Granada y lo que le quede de paso, hasta la altura del Cine Cosmos) pero por lo menos la civilización quedaba a unas cuadras. Allá, en Tlanepantla, estaba prácticamente en el “Far West”. Hasta ese momento, lo único que sabía de San Juanico, como le llaman de cariño, era que en 1984 hubo una explosión de gaseras tan grande que hasta entrados los años 2000, en sus calles se podían ver, todavía, personas con rasgos desfigurados o amputaciones ocasionadas por el suceso. Tlane era como la película Ciudad de Dios.

La primera vez que fui a su casa, me pareció que estaba en un lugar espantoso, lleno de gente fea y pobre, y para colmo, para llegar ahí hay que pasar por el Metro Indios Verdes, la estación que se avienta un tête à tête con Pantitlán como el lugar más culero del universo. Sin embargo, al paso de los años se convirtió en un sitio que se fue llenando de recuerdos familiares. Ahí nació mi sobrina, una niña de 14 que tiene un nivel académico tal, que se la pelean las escuelas particulares, cuyo principal objetivo y motor en la vida es poder estudiar en Estados Unidos o Inglaterra. Ahí pasé unos días en lo que me recuperaba de una operación y después volví por una fractura. Mi sobrina, entonces una bebé de escasos 3 años, y yo, salíamos de la casa cuando escuchábamos el sonido del camión de los helados y en lo que llegaba, nos poníamos a mover la cadera al ritmo de su música antigua. Cada navidad la pasamos reunidos todos los hermanos en la casa de San Juanico, y hemos pasado borracheras, dramas y momentos inolvidables. En 2 ocasiones he tomado terapia y mis psicoanalistas me atendían allí. Uno de ellos, una chica de menos de 30, tiene una maestría y está estudiando un doctorado, además, tiene intenciones de entrar a la especialidad de psiquiatría; el otro es uno de los mejores terapeutas que conozco, y me sacó delante de una depresión profunda. Ahí hay mucha gente no solo decente, sino de los mejores que puedes llegar a tratar. Siempre me reciben con una sonrisa y he compartido la comida o una copa con ellos. Mi hermana tiene un negocio honrado, mi cuñado es gerente en una importante empresa petroquímica; su hermano es contador, de los mejores del país y cerca de su casa hay un militar retirado, un coronel, que tiene una hermosa casa. Mucha gente trabaja en buenos lugares y otros son simplemente gente muy decente. Cerca hay un club de golf y una zona exclusiva. Obviamente, también hay vagancia y crimen, pero el verdadero foco de delincuencia, lo más duro, está terminando Lomas de San Juan Ixhuatepec, en lo que le llaman “El Tanque II”, hacia la cima del cerro y donde rara vez se aventura la policía. Sin embargo, es terrible que hoy solo lo conozcas por el incidente de hace unos días.

El pasado 11 de noviembre de 2018, recibí un mensaje de mi hermana en el grupo de la familia diciendo: “Como sé que van a saber sobre la balacera aquí, les informo que todos estamos bien”. Ahí también vive uno de mis hermanos, así que la curiosidad y preocupación fueron dobles. Le llamé, y me enteró de lo que estaba ocurriendo. Busqué información en redes sociales y en los canales de noticias que todavía estaban transmitiendo. Todo era caos. Se decía que habían entrado policías a la colonia buscando a 4 presuntos asaltantes que huyeron hacia ahí, y que los vecinos habían intentado protegerlos, por lo que la policía de la CDMX fue para rescatar a los heroicos oficiales caídos (eso último no me lo creí del todo, más bien parecía que acababan de contarme La caída del halcón negro), otra versión es que se metieron a evitar un pleito de taxistas de la Capital contra los de la zona. Al paso de las horas, mi hermana me iba reseñando lo que le llegaba de sus vecinos en Whatsapp; yo veía los hechos en el sitio de Facebook del pueblo y lo que se compartía en Twitter, y conforme corría el tiempo, menos entendía lo que estaba ocurriendo: Había policías golpeando a quien se les parara enfrente, en los videos se podía observar que tiraban balazos, entraban a golpear y saquear una tienda BBB, toqueteaban a cuanta adolescente podían e incluso, a una pobre señora que estaba vendiendo elotes, le tiraron su puesto y la empujaron. A una amiga de mi hermana, maestra muy dedicada, de un colegio particular de la zona, le aventaron en su negocio, una papelería, la motocicleta de su hijo, rompiendo cristales y todo. Comenzaron a intentar golpear al joven y como su madre lo evitó, arremetieron contra ella, azotando su cabeza contra el suelo. A cualquiera que podían le arrebataban el celular para que no grabara y no pudieran comunicarse, además que aprovechaban para quitarles dinero y joyas. A una de las ex alumnas de mi hermana, de 16 años, le metieron mano, rompieron puertas y ventanas de casas al azar, incendiaron motos, etc. No hacían arrestos. A eso de las 11:30 de la noche, el párroco del pueblo (a quien le apodan “Padre cohetes”, porque los usa en cualquier oportunidad) tocó las campanas de la iglesia para reunir a todos y ver qué se hacía. Algunos fueron a tratar de poner una denuncia en la Delegación junto a la Iglesia de San Juan, pero los oficiales los corrieron a punta de pistola, mientras otros decidieron cerrar Av. Insurgentes Norte, en donde empieza la carretera México-Pachuca; su objetivo era que las autoridades de la CDMX se presentaran para exigirles una explicación a su agresión. Lo que recibieron fue la total indiferencia de estos, ya que seguramente estaban en el quinto sueño. Al amanecer, al medio día y parte de la tarde del día siguiente, seguían ahí, esperando una respuesta, hasta que algún representante del gobierno entró para dialogar con el párroco y los representantes del lugar. Algunas personas, aprovechando el caos, incendiaron cosas e intentaron asaltar una tienda cercana (gente que no era del barrio, quizá enviados por el Alcalde de GAM, según rumores), pero los vecinos de la colonia, caso inaudito, les quitaron lo robado y lo regresaron al negocio. Aproximadamente a las 7 de la noche entró la policía federal a recuperar la carretera, según la televisión, sin incidentes, pero todavía hasta la 1:30 siguieron echando balazos – me contaron las personas de San Juanico – obligándolos a no salir de su casa.

Pasados los días se han sabido muchas cosas, algunas de las cuales, no se sé qué tan confiables sean: Que efectivamente, hubo exceso de fuerza y abusos por parte de los policías, que, según los oficiales de Tlanepantla, ellos no actuaron porque también fueron agredidos por sus pares de la CDMX y prefirieron no agrandar el asunto. Hasta el momento, oficialmente, hay poco más de 100 denuncias, aunque, según el padre de la colonia, ya van más de 200. Algunos representantes tanto del gobierno capitalino como del Estado de México, evaluaron los daños y el día de hoy, supuestamente, ya empezaron a resarcir los daños.

Hasta el momento, nadie sabe bien el por qué de tan violenta reacción por parte de la policía, ni tampoco quién fue el de la genial idea de cerrar la México-Pachuca. En el pueblo se dicen y rumoran muchas cosas; que a lo mejor fue porque el Subsecretario de la SSPCDMX quería echar a un capo de la colonia para que entre otro a vender droga, que porque el jefe de la policía de Tlane tiene nexos con la banda de asaltantes que realizaron mal el robo y por eso mejor ni mandaron a su policía, etc. Lo que sí es cierto es que el Secretario de Seguridad Pública de la Ciudad de México, Raymundo Collins dio una conferencia de prensa el pasado 13 de noviembre, confirmó que el robo se realizó en una gasolinera ubicada en Av. Río de los Remedios y Acueducto de Guadalupe, que se persiguió al asaltante hasta la zona y los vecinos lo defendieron. Resultó después que en esas calles no hay ninguna gasolinera y las de los alrededores no registraron ningún incidente, según investigaron diversos medios. Además, el supuesto ladrón fue liberado ya, sin que se le haya podido fincar culpa alguna, y no fue presentado ante el MP. Por lo mismo, Collins dijo que mejor ya no va a hablar del tema, seguramente, para esperar que se olvide el asunto hasta que salga del cargo y entre la nueva autoridad.

El 19 de noviembre de 1984, desde las 5:45 hasta las 7:00 de la mañana, se registraron varias explosiones en algunas gaseras que están asentadas en San Juan Ixhuatepec. En ese entonces, debido a que la mayoría de la población del área vivía en casas de cartón y materiales altamente inflamables, se generó un incidente de tal magnitud, que incluso hasta el centro de la CDMX se alcanzaban a ver las llamaradas y muchos nos levantamos con el sonido de los estallidos. Hubieron miles de personas con quemaduras de 2º y 3er. grado, murieron muchas personas y otras tantas desaparecieron. Aunque las cifras oficiales dicen que fueron alrededor de 600, como ocurre en estos casos, difícilmente se conocerá la verdad. A la fecha, no se sabe del todo qué ocasionó la primera detonación. Sin embargo, esa fue la primera vez que el pueblo de mi hermana estuvo en el foco público. 34 años después, cerca del aniversario de la tragedia, volvemos a saber de este lugar, ahora por otro estallido (social), cuyas causas no son del todo claras, que dejará en sus habitantes una marca tan grande como las quemaduras sufridas en esos días y que irá sanando con el tiempo.

Por lo pronto, yo volveré a la casa de “San Juaco” esta navidad y seguramente, estaré abrazando a mi familia, comiendo pasta al pesto y alguna otra cosa de esas que acostumbramos en esa celebración, esperando ansiosamente, a Santa Claus con mis sobrinos.


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Número 29 - Mayo 2019
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