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La imposible muerte de Ernesto

Martes, 03 de Marzo 2020 - 15:00

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César Benedicto Callejas

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Siempre pensé que Ernesto nunca moriría. No es que creyera que fuera inmortal, pero nunca concebí que pudiera morirse así: anciano y en cama, sometido por el que antaño fuera su compañero; pero siempre contestatario, siempre fiel a sí mismo y sus ideas. Nunca lo pensé, pero Ernesto Cardenal se ha ido. Me duele mucho pensar que se ha muerto porque con él se marcha también la ilusión de muchas generaciones, de las que en aquellos años de la guerra fría pensábamos que en serio podríamos construir un socialismo a nuestra medida, un socialismo al que podríamos llamar justicia, igualdad y libertad; algo muy distinto del populismo y de las medias afirmaciones, algo que se parecía a aquella misa guerrillera en plena selva nicaragüense, cuando el Sandinismo eran aquellos jóvenes que bajaban de las montañas y se cubrían de una gloria casi infantil que se dibujaba en sus rostros asombrados.

    No quería creerlo porque no era posible que se fuera Ernesto, el poeta trapense de Solentiname, como lo llamaba Mejía Godoy en su canción “La tumba del guerrillero”. No podía creerlo porque hubo en Latinoamérica una generación que creía en ideales, que pensó que todo era posible y que al final del día, igual que la muerte de Ernesto, resultó que sí, el poeta era tan mortal como cualquiera y que aquellos dulces ideales habían sido eso: dulces como los que se dan a los niños para que sigan creyendo en la omnipotencia de sus padres cuando les dicen “todo va a estar bien”, aunque sepan que no es cierto. Porque ya no habrá otra Managua como en aquellos alegres días de Ernesto Cardenal construyendo la patria y el hombre nuevo, igual que no habrá otro Santiago de Chile con las Alamedas de Salvador Allende y tampoco otra Habana de los barbudos con una paloma blanca posada en el discurso; porque todo eso es ya una playera del Che Guevara maquillado como Cepillín en un mercado de chucherías a 100 pesos la pieza. Todo nostalgia, todo sensación de vacío.

    Leí la noticia una y 10 veces porque no podía ser cierto que aquel hombre muriera. Fue sacerdote a pesar de que el papa Wojtyla lo había sometido y castigado, y él, conforme a sus votos y su convicción, había permanecido disciplinado pero no silencioso; eso era en aquella Iglesia de la Teología de la Liberación que le tuvo miedo a su propia fuerza, que se aterrorizó de su propia potencia liberadora. En su poesía, Cardenal se había pronunciado por el Evangelio de los pobres porque eso era y es lo que pedía nuestro continente: que no hubiera tanto pobre a la sombra de los muros de mansiones, esas sí unas cuantas que hoy como entonces siguen acumulando, de manera escandalosa, la enorme mayoría del ingreso. Pero se fue para siempre. Como padre que era, lo fue de muchos, mío también en cierto sentido, al menos en el ámbito de la formación poética, en el de la comprensión de que del Río Bravo para el sur, todo es Patria Grande aunque no nos guste, aunque no estemos acostumbrados y la política de la división siga entreteniéndonos tanto, anhelando a entrar en el club de los ricos para que, solos, no tengamos ya necesidad de mirar a este enorme continente de la Ñ. Pero Ernesto se fue y nosotros nos quedamos.

    Claro que era imposible la muerte de Ernesto. Si se murió, debe haber sido del puro cansancio de ver que no íbamos ya a ninguna parte, que nos quedamos como burro dando vuelta a la noria, rumiando nuestros problemas ancestrales y viendo la ruina de los proyectos faraónicos, los niños y las mujeres siguieran siendo las principales víctimas de la violencia; muerto de tedio pero no de desesperanza de saber que no se necesitan ni un Somoza o un Duvalier o un Trujillo para hacernos la vida imposible, porque solitos podemos, no necesitamos ayuda para nuestras concepciones clasistas, racistas y pequeño burguesas; como si las dictaduras hubieran aprendido tan bien sus papeles que pudieran interpretarlos de mil maneras distintas.

    Cómo se iba a morir –sigo  preguntándome– aquel hombre duro pero dulce y bueno, excelente poeta, al que la UNAM me regaló el privilegio de conocer. Cómo se iba a ir alguien que era revolucionario pero, sobre todo, cantor; aquel que cuando le pregunté en un foro de estudiantes su opinión sobre la poesía revolucionaria, me contestó que para ser revolucionaria primero debía ser de verdad poesía. Él, que arrancó las lágrimas de estudiantes que no la conocieron pero que sintieron el mismo estremecimiento que sentí yo cuando, treinta años antes, leí por primera vez la “Oración por Marilyn Monroe”. Él, que decía que la adoración de la belleza de las muchachas lo había llevado a la adoración de la belleza de Dios que se reflejaba en los campos y en las culturas de nuestros indios.

    Es un lugar común, un cliché viejo y manido si se quiere, pero es real porque tengo razón y Ernesto no se muere, ni hoy ni nuca, no se muere porque ahí está en el cuento magnífico de Julio Cortázar “Apocalipsis en Solentiname”; no se muere porque no hoy y tal vez no mañana, pero siempre habrá quien quiera apostar por la igualdad y la solidaridad, que tomará la opción por los pobres de nuestro continente y no con palabras y discursos, sino con propiedad de sus tierras, con educación y solidaridad basada en la alegría de juntos seguir construyendo el continente.

    Adiós, compañero poeta. Adiós, viejo guerrillero. Adiós y paz a ti, que te sea concedida después de una larga vida luchando por darnos ese regalo.

@cesarbc70


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Número 35 - Noviembre 2019
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