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La Ceiba amorosa

Miércoles, 22 de Enero 2020 - 09:05

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Gines Sánchez

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Nací y vivo en las afueras de la Ciudad de México, tengo una historia que nadie conoce, en el año de 1863, un soldado proveniente de la Ciudad de México se presentó como voluntario a pelear contra el ejército invasor francés, pero con la convicción de morir y hacerlo siendo útil a su Patria, Graciano López había sido lastimado por su novia, joven perteneciente a una familia capitalina de gran abolengo, él, un campesino que había emigrado a la Gran Ciudad y que la conoció trabajando como jardinero en su Hacienda de veraneo en Coyoacán, cuando se enteró del casamiento de su amada con un próspero abogado de su misma clase solo quiso morir, y ambos llorando se prometieron amor eterno, el fue todavia mas alla y juro ir un dia por ella, y que su amor sería eterno.

Así que un dia, en el fragor de la batalla, y muy poco antes de que el General González Ortega ordenara la retirada de sus huestes, Graciano tomó su carabina y solo se dispuso a disparar contra un contingente de soldados europeos, siendo su muerte inminente pidió para sí un último deseo: reencarnar en forma de una bala de un arma francesa, la muerte sobrevino un par de minutos después, cuando los franceses lo ultimaron sin piedad a quemarropa.

Más pronto se dio cuenta de que se encontraba con vida, dentro de las provisiones francesas estaba, se encontraba paradójicamente ahora del lado del bando enemigo, pero se sentía más vivo que nunca y con fuerzas, asi que acompañó al ejército invasor en su entrada triunfal a este país, cuando de pronto un soldado lo tomo y metió en una de sus armas de fuego, esta fue disparada al aire y el soldado Graciano López se vio de pronto volando a gran altura, sintiendo a la vez un calor que le quemaba las entrañas, así que procedió a cumplir de una buena vez  con la promesa hecha a su amada, pudo localizar la Hacienda en Coyoacan, dirigirse hasta allí e incrustarse directo en la cabeza de la bella Señorita, pocos días antes de celebrarse su matrimonio.

Ella murió al instante, todo un revuelo de indignacion causo la noticia en la Ciudad, una bala perdida del invasor había matado a una Dama de la alta sociedad capitalina, ella fue enterrada, como alguna vez expresó esa alocada voluntad, en los jardines de la Hacienda, con la bala sin extraer de su cerebro, y más aún, con una misteriosa sonrisa y un rictus de Paz que llamó la atención de sus deudos. Asi que ahi, en ese preciso lugar del entierro nací yo, soy un imponente árbol que creció y vive producto de un amor puro, y que durará por Siglos.

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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