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Joey y el fin del mundo

Lunes, 06 de Enero 2020 - 12:55

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María del Carmen Maqueo Garza

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Se le ha dado a conocer como “Joey”.  El pequeño canguro que pretendió cruzar una cerca de alambre para salvarse del fuego y quedó carbonizado en el intento.   En la lengua aborigen australiana, se denomina con el término “Joey” a un animal pequeño de cualquier especie.  Nosotros, para quienes la denominación es una novedad, con seguridad asociaremos el nombre con la imagen de bulto del pequeño marsupial, que alcanzó a separar dos de los alambres de la cerca, al momento de ser carbonizado. Simboliza la devastación que ha sufrido Australia a expensas del fuego en diversos puntos, en particular en la región sur.

Es un hecho que el planeta se ha convertido en presa de sus propias emisiones de carbono.  De acuerdo con Climate Analytics, grupo que vigila el clima a nivel mundial, Australia es uno de los mayores productores de dióxido de carbono por habitante de todo el mundo.  Dado que es una planicie árida, con escasas zonas montañosas, tantos incendios como huracanes se presentan con relativa frecuencia.  En esta ocasión, a causa del verano, el fuego ha arreciado en distintos puntos de la gran isla, tanto así, que 10 millones de australianos, en particular los que habitan las grandes urbes, como  Sídney y Melbourne, están respirando aire enrarecido, a causa de los 5.5 millones de hectáreas consumidas por el fuego.

El recuento de los daños arroja cifras dolorosas: Ha habido pérdida de vidas humanas, en el último informe se señalan 24, incluyendo bomberos voluntarios.  En el área del Parque de Vida Silvestre Gorge y el Zoológico Adelaide, se reportan 5,790 animales siniestrados, y a lo largo de todo el continente se calcula que haya 500 millones de animales muertos a causa del fuego.  Muchos han sobrevivido, pero en tales condiciones, que se ha debido recurrir a la eutanasia.  En el Parque de Vida Salvaje llamado Isla de Canguros, se estima que la mitad de la población de koalas ha muerto.

Es momento de visualizar esta catástrofe climática como la punta del iceberg. Entender que lo que sucede en Oceanía tiene relación con las pequeñas acciones cotidianas de cada ciudadano del mundo.  Coincide –venturosamente—con la regulación en la emisión de bolsas de plástico de un solo uso en diversos estados mexicanos, lo que, sumado a las acciones que realicen organismos de todos los niveles, en los países del mundo, finalmente tendrá un impacto positivo en la naturaleza.

Thomas Newsome, de la Universidad de Sydney, a través de la revista BioScience, señala que estamos viviendo una emergencia climática, que obliga a reducir las emisiones de bióxido de carbono.  Factores como el crecimiento de la población, la deforestación  y  el derretimiento de los casquetes polares,  contribuyen en gran medida a la emergencia.

La cultura del nuevo milenio provoca un fenómeno social muy particular, la desconexión.  Esto es, yo aquí, en mi espacio vital, me siento ajeno a lo que ocurre fuera del mismo.  Difícilmente me percato de que, desde mi posición particular, estoy contribuyendo a los fenómenos que se dan en todo el mundo.  No hay una asociación mental entre mis actos y los resultados globales que los mismos están provocando.  De alguna forma hasta enfermiza, sigo actuando de la misma manera como lo he venido haciendo, sin medir las repercusiones que mi conducta pueda estar provocando en el concierto global.  Hay una dicotomía entre lo que percibo de mí mismo y cómo veo a los demás.

De modo urgente el planeta necesita concienciación ciudadana.  Nada se gana con que los gobiernos propongan y acuerden, si los ciudadanos en lo individual, no estamos convencidos de que las medidas para reducir la contaminación ambiental son indispensables.  Necesitamos pugnar por la instalación de fuentes de energía renovable, dando marcha atrás al consumo de combustibles fósiles.  Las reformas al sector energético no son verticales por decreto, sino que deben darse por consenso, en el caso de México, a través de nuestros legisladores.

Una industria altamente contaminante es la textil, de acuerdo con lo señalado por el Programa Ambiental de Naciones Unidas.  Dado que vivimos en un mundo eminentemente visual, el consumo de prendas de vestir es enorme.  Hace 50 años la persona promedio tenía dos o tres cambios de ropa y dos pares de calzado.  Con ellos salía adelante en su vida sin mayores problemas.  Hoy en día vivimos esclavizados por la imagen, de modo que la indumentaria cambia y se adecúa para cada ocasión.  La industria de la moda hace su agosto, y el planeta paga las consecuencias.  Vestidores y armarios se hallan atestados de ropa que tal vez hemos utilizado una única vez, y no estamos dispuestos a volver a usar, por aquello del “qué dirán”.

De muy diversas maneras hemos roto el equilibrio de  ecosistemas que terminan en un desastre para la biomasa. No obstante, ese gran cambio parece quedar fuera de nuestro campo de percepción.  Vivimos a tal punto acelerados, que no nos concedemos un tiempo para detenernos, mirar alrededor y asumir el grado de responsabilidad personal que cada uno de nosotros tiene.

El plástico se volvió la solución práctica, inmediata e higiénica del mundo moderno.  Hoy nos cobra la factura.  Es tiempo de volver a las antiguas costumbres, utilizar cucuruchos de papel para fruta y verdura; comprar los productos cárnicos a granel, y recibirlos envueltos en papel encerado y periódico, como se hacía a mediados del siglo pasado.  No visualicemos estas medidas como un retroceso, sino como un salvavidas en medio del caos climático.

El planeta nos conmina a bajar el ritmo, a darnos tiempo para hacer las cosas.  Nos llama a reintegrarnos al todo en armonía, a salir de nuestra burbuja narcisista y ser parte de la vida.   Joey simboliza esa urgencia de cambio personal para cada uno de nosotros.  La cuestión es saber si lo entendemos y aceptamos, o si vamos a dejar que el fin del mundo nos alcance.

 

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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