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Interpretar el mundo

Lunes, 21 de Agosto 2017 - 15:00

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Juan Mireles

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Vivir tal vez sea no sólo transitar sino ver el otro lado de ese tránsito; es decir, distraernos, como dice Fadanelli, en los objetos, en todo eso que nos rodea y que para la mayoría pasa desapercibido o no se le toma mayor importancia por esa cercanía –familiaridad- que, paradójicamente, aleja de la verdadera composición de los objetos, de los elementos, de las cosas, de los otros.

En ese sentido, el escritor es un ser que deambula, que recoge lo olvidado por los demás, los retazos: hace de ese tránsito un campo de inspiración y de trabajo.

El escritor es un ser distraído que en esas caminatas por la vida fija su vista en un objeto: lo toma, lo gira, lo pone de cabeza, lo disecciona, y de tanto resulta una novela, un poema, un cuento, un ensayo o una mera reflexión que servirá de complemento para otras ideas o teorías posteriores sobre las cosas que, por otro lado, el resultante, significará algo distinto que con suerte aportará una visión distinta de la realidad.

La vida como un algo que se presta a la contemplación, pero sobre todo, a la interpretación de cualquiera.

En ese sentido, el escritor y cualquier creador, siempre tendrá material para trabajar: distraerse con ella de manera que ésta no sea tan vacía y monótona (no es la montaña en sí o el mar o una caída de agua o un atardecer, lo que nos maravilla, sino los valores que les agregamos y que dependen totalmente de nuestra imaginación, memoria, emociones, experiencias y demás elementos que provocan esas sensaciones fantásticas y que sirven para revalorizar, infinitamente, a la naturaleza una y otra vez).  

J.P. Sartre escribió: "Para que el suceso más trivial se convierta en aventura sólo es suficiente contarlo". El escritor cuenta la vida, la cotidianeidad de los individuos y de las cosas, y al contarla la realza, le da un nuevo significado, tal vez profundo, quizá, asignándole elementos que la vida en sí no posee, y esto es lo que nos mantiene atados a las vivencias: el desear que el mundo pueda moldearse a nuestro modo, de forma en que éste sea acogedor, que nos salvaguarde de los peligros, que sea aprovechable e ideal para establecerse, para eternizarse en él -en ese sentido, la pura presencia de la muerte se vuelve insoportable, porque no tiene cabida en esa idealización.

Al escribir se cambia al mundo. Con cada palabra se transforma porque se van revelando nuestros secretos más íntimos, y conocerlos no nos conforma, por el contrario, se llevan al acto: cada nuevo conocimiento provoca algo distinto que se agrega y plasma en el transcurso de los días.

Así, los grandes artistas y escritores han contribuido en la visión o percepción actual que tenemos del mundo, ya que ellos han hecho de éste una gran obra maestra por la cantidad de interpretaciones y de valores que le han asignado a través de la historia.

El mundo como lo conocemos no es sino el resultado de las interpretaciones y opiniones que todos hemos lanzado al aire.

De esta manera, el mundo, la naturaleza, es nuestra gran obra. Está hecha a nuestro modo. Sin ese sinnúmero de interpretaciones, quizá, la vida fuese otra cosa menos complicada, más simple.

Pero, ¿cómo haremos para volver a ver al mundo tal cual es? ¿Cómo quitarle todo esos agregados para verla en su estado original? ¿Cómo saber qué significa la vida si ésta, a nuestros ojos, está saturada de ruido? 

Sin embargo, ¿incluso si pudiéramos ser testigos de un mundo sin filtros, en su completa naturaleza original, no bastarían segundos para caer nuevamente en ese asombro, y en esa consecutiva interpretación que volverá a viciarlo todo?

Y entonces lo de siempre, volvemos al mismo punto del que partimos, entusiasmados, para darnos cuenta de que estamos condenados a no entender, a padecerlo todo.


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Número 29 - Mayo 2019
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