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Héctor Suarez y la voz que no se escuchó en el cine

Miércoles, 03 de Junio 2020 - 11:00

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Luis Felipe Jurado

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Desde hace unos años que reinicié mi labor como crítico y analista cinematográfico no había tenido el dolor de escribir sobre la partida de tantas personas que por desgracia se nos están adelantando. Ya sea a culpa del COVID-19 o porque simplemente por sus edades y enfermedades era inevitable su partida. Tristemente el nombre de Héctor Suárez se suma a la lista de esos nombres de personajes importantes del cine y el teatro que nos han abandonado.

Se está muriendo mucha gente que no se había muerto antes” dice la frase atribuida al “Filósofo de Güemes”, un vocero de la forma de pensar del pueblo mexicano. Y la frase cabe al referirse a Héctor Suárez porque él también dedicó gran parte de su carrera actoral a representar el sentir de los mexicanos, de la gente del barrio, de los pueblos, a criticar a la clase política. Nacido en la CDMX, Héctor comenzó en el teatro de la mano del histrión y maestro Carlos Ancira y a partir de 1965 se integra al cine en la película El asesino invisible (René Cardona), como personaje secundario. En teatro, sin embargo, se dedica a las obras de investigación y denuncia, “de vanguardia”, con gente como Alejandro Jodorowsky, así como a la comedia. Su primer personaje protagónico en la gran pantalla lo tiene en Para servirle a usted (1971), de la mano del siempre interesante José Estrada, un artesano que dedicó su carrera a retratar y criticar el sistema político y las causas de la pobreza. En ella, Suárez interpreta a un mesero que se enamora de una prostituta y decide juntar dinero para poder “comprarla” por 15 días. Fue el indicio de que se dedicaría a representar al hombre común como ningún otro actor lo haría en la producción fílmica de México. Queriéndolo o no, dedicó casi toda su trayectoria a personajes secundarios de lujo. En Doña Macabra (1972, Roberto Gavaldón), Mecánica nacional (1972, Luis Alcoriza), Picardía mexicana (1978, Abel Salazar), entre otros trabajos más o menos importantes de ese periodo, logra generar interpretaciones tan sobresalientes que llega a apropiarse de la cintas, al grado que se vuelven “de Héctor Suárez”. 

Empezando los años 80, ya consolidado como uno de los actores más importantes de la televisión y el teatro del país, es invitado a Lagunilla, mi barrio (1981, Raúl Araiza), en donde nuevamente, se logra robar el cuadro y todo mundo, el día de hoy incluso, le empezaría a recordar por su creación de “El tirantes”, un vividor del barrio de Tepito, alburero, machista, mujeriego, pero de buen corazón. Es quizá por la importancia de ese filme, que incluso llega a tener no una sino dos secuelas – la segunda ya sin él, que Televicine, filial cinematográfica de Televisa, le confía el presupuesto para por fin, llevar a la pantalla un proyecto creado a la limón con el escritor y cronista popular Ricardo Garibay, pensado a partir de la observación de los migrantes del campo hacia la ciudad–. El mil usos (1981) le permite al debutante Roberto G. Rivera, al escritor y al actor, mostrar de forma superficial pero bien intencionada, la realidad que viven las personas que debido a las duras condiciones del campo tienen que emigrar a la ciudad, y las humillaciones y abusos a los que se enfrentan. Suárez logra impresionar como actor y le da el suficiente prestigio para poder exponer en la televisión y el teatro su visión sobre el sistema político por medio de programas como ¿Qué nos pasa?, en el que por medio de ciertos personajes arquetípicos, algunos a propósito cliché, critica la corrupción, la burocracia, la prepotencia y la ineficacia de las instituciones políticas, religiosas y sociales. Por desgracia, El milusos 2 (1984), no vuelve a tener el éxito que esperaba el trío y desde entonces, las siguientes participaciones de “El No Hay”, no volverían a tener la misma trascendencia.

Polémico como pocos, siempre estuvo con un pie en el sistema y otro fuera de él. Nunca estuvo del todo inclinado a la izquierda, aunque es loable su lucha contra la descomposición social y política del país. Era amante de los cómicos y el teatro de carpa, como Jesús Martínez “Palillo”, comediante que en cada uno de sus sketches y monólogos, se dedicaba a criticar duramente a los presidentes, senadores, diputados, etc. El haber visto alguna vez al polémico chistólogo, lo marcó tanto que se dedicó incansablemente a rescatar todas las expresiones cómicas populares mexicanas, desde el humor colonial hasta la era de los “cabaretes”. Al representar un homenaje a “Palillo”, molestó al entonces presidente Carlos Salinas de Gortari en una emisión de televisión, lo cual le costó el ser despedido de Televisa y fue el comienzo de sus constantes enfrentamientos con el poder y los poderosos; sin embargo, a pesar de todo, el cine nunca le dio tampoco nuevamente la oportunidad de dar sus poderosos mensajes sociales.

Estuvo presente durante los noventas y hasta hace un año todavía en algunas producciones cinematográficas, de las que destacan las fallidas Ciudades oscuras (2002, Fernando Sariñana) y Suave patria (2012, Francisco Javier Padilla), en las que interpreta personajes que no se alejaban demasiado de sus creencias personales. Atlético San Pancho (2001, Gustavo Loza) es quizá su último gran personaje, un filme que le permite acercarse a otro tipo de público, sin motivaciones críticas o analíticas, aunque siempre coherente con su trayectoria, con un mensaje social, en esta ocasión, para decirle a los pequeños que el esfuerzo y la disciplina siempre dan frutos, a pesar de ser de una clase social poco privilegiada. Su última aparición en la pantalla fue en Mentada de padre (2019, Mark Alazraki y Fernando Rovzar), también fallida pero curiosa comedia que intenta homenajear el cine de la época de oro.

La partida de Suárez es triste no solo por la pérdida de uno de los mayores comediantes-actores de la historia, sino porque a pesar de que el teatro y la televisión le permitieron brillar como pocos, en el cine fue poco lo que se pudo escuchar su voz crítica como la de pocos, quizá porque siempre estuvo dividido entre el oropel de la fama y la necesidad de expresar sus ideas políticas, porque intentó cambiar el sistema desde el mismo sistema, o porque nunca se encontró a gente como Damián Alcázar, Luis Estrada, Tenoch Huerta y otros que han podido dividir su agenda ideológica de su labor actoral. O tal vez porque insistía en hacer llegar su mensaje a más gente que la que pudiera darle el cine –a lo mejor por eso al final empezó a experimentar con TikTok–. Quede  pues la duda, que ya no importa. Citando nuevamente al “filósofo de Güemes”: “Lo que es es... y lo que no es, no es”. Descanse en paz uno de los mejores intérpretes que hemos tenido en nuestro país.

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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