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Hay unos ojos…

Martes, 16 de Febrero 2016 - 16:00

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Luisa Ruiz

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Existe una niña que no conozco en persona, la he visto solo en fotografías la última, cuando cumplió diez años; tiene unos enormes y expresivos ojos que viven en perfecta armonía con su sonrisa. Es muy tímida –dice su mamá. A mí me parece que es observadora por eso debe parecer tímida o penosa, es la única forma de prestarle atención al mundo que la rodea.

A veces, los niños son obligados a pertenecer de la misma forma que los adultos y son incluidos en la sociedad de acuerdo a las obligaciones establecidas. Hay niños que solo quieren ver en dónde están y secretamente esperan encontrar el lugar que les corresponde como individuos y que no siempre es el que los adultos deciden.

Los ojos de la niña son su carta de presentación, no necesita hablar porque ellos lo dicen todo y a la gente le urge repetir el mismo comentario una y otra vez  ¡qué bonitos ojos! hasta que la hacen enojar. La niña hoy, no sabe aun lo que es ser dueña de una profunda mirada, ni la gente sabe porque solo ve el color y su tamaño.

Su mirada no le abre el horizonte lejano, esas son las miradas que ven hacia adentro, hacia lo más valioso de un ser humano por eso es más sencillo llamarla tímida, porque no cualquiera vive adentrándose en las emociones y la personalidad con que nacen. Con esa llamada timidez, ella recibe información para sentirla y decide hoy –aunque todavía no lo sepa- lo que le sirve, lo que puede serle útil y con su mirada está formando un criterio acerca de todo lo que ve. Crecerá sabiendo que tiene unos hermosos ojos verdes –o azul amarilloso o gris azulados, no se ve bien en las fotografías- y sabrá un día con seguridad que nadie pudo ver lo que ella vio mientras crecía.

Tener los ojos de color distinto y bonito suena a maldición a veces y se convierte en una bendición diaria y para siempre. Un día los ojos de esa niña pasarán a segundo plano cuando ella paseé por la vida, todos sientan su presencia y sepan ver más allá del color en su mirada. A ella por supuesto no le importará porque su intención no es estar, es Ser y pertenecerse.

Me llamó por teléfono el domingo, para mí una agradable sorpresa. Es una chiquita que no me conoce y su voz sonaba como si me conociera de toda su vida; debe ser por sus papás que le habrán hablado bien de mí y ella siente que nos hemos comunicado siempre. Me pidió un consejo –dijo ella- para escribir un cuento que tenía de tarea en la escuela. Me sentí gratamente halagada y comprometida, le dije que no podía darle un consejo sin embargo,  encontraríamos una idea juntas.

Es que lo necesito para mañana –dijo la vocecita inquieta.

¿Qué te parece si pensamos en una aventura que te gustaría tener? y de eso creamos un cuento  ¿Qué lugar te gusta más?  -pregunté

No sé –contestó- me gustan muchas partes, no se me ocurre una. Bueno –dije- por ejemplo mi favorito es un bosque, también me gusta… ¡a mí me gustan los bosques!  -interrumpe contenta-  sin gente, solitarios.

Su mamá me comentó después, que su hija se parece mucho a mí, que tiene los ojos como los míos. Hasta los diez años yo me recuerdo “tímida” ahora sé que solo decidía aislarme para observar, igual que mi sobrina que no conozco y ahora sé conozco más de la cuenta. No solo son los ojos, es la afición por, en este caso, un bosque solitario que significa mucho más que eso; significa la forma en que ella empieza a vivir, quiere ver de lejos en su propio bosque sin gente y caminar sin que nada la detenga, en silencio, en busca de las hadas que vuelan alrededor de un madroño y en espera de que sean ellas quienes la guíen por su sendero de sabiduría aunque el mundo sea una revoltura de obligaciones y sentencias.

La primera idea para su cuento fue la primera idea que a mí se me atravesó desde que tenía su edad. Mi sueño de niña era vivir en un bosque solitario en donde la única voz que pudiera escuchar fuera la mía, en donde quizá un árbol y sus flores en la copa rodeados de hadas mágicas, me dieran respuestas para seguir andando.

Ese sueño o deseo lo pedía en cada paseo al km. 23 cerca de Morelia, me sentaba a la orilla de la vereda buscando el árbol más alto al que pudiera trepar. Los años pasaron y la idea se quedó instalada hasta que decidí ir en busca de ese lugar solitario, el árbol y las respuestas de las hadas mágicas; encontré el bosque de madroños, la luna llena y por supuesto las hadas volando alrededor de las flores en la copa del árbol. A partir de ese momento mi vida y mi pensamiento tuvieron un lugar y con paso firme decidí tomar ese sendero que me mantiene estable y contenta.

Ahora me tocó, como me ha tocado tantas veces en la gran fortuna que es mi vida, pasar de mano ese sueño a una hermosa niña en la que, por teléfono me vi a mi misma empezando el recorrido de la vida. Mi querida niña, tus ojos siempre serán bellos, serán tu defensa y tu arma para que quienes no pertenezcan a tu vida se alejen y quienes sean parte de ti se queden contigo; la gente buena que encuentres se quedará para protegerte porque ellos supieron entender tu mirada y tu esencia.

El bosque solitario de madroños en una noche de luna llena y las hadas mágicas es ahora un deseo que con gusto entrego a las letras de primaria en forma de cuento, esperando que siempre vivan en él sus ojos y que el mundo con todo y  sus necedades nunca la moleste. Cuida tus ojos y ciérralos de vez en cuando, ellos siempre hablarán por ti aunque tu boca no pronuncie palabra alguna.


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