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Había Una Vez en Hollywood, Tarantino y las calaveras de diamante

Viernes, 30 de Agosto 2019 - 13:00

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Luis Felipe Jurado

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Cuenta la leyenda que en 2008, al mismo tiempo que se caía la bolsa de valores de NY, en una casa de subastas se vendía la obra For the love of God, de Damien Hirst, una calavera cubierta de platino y diamantes rosados florentinos que fueron elegidos cada uno para que fueran perfectos e idénticos. Se dice que se pagó por la obra alrededor de 75 millones de dólares, siendo hasta ese momento la obra de un “artista” vivo mejor pagada de la historia. Esto, aparentemente, no tiene nada que ver con la nueva película de Quentin Tarantino, sin embargo, creo que explica exactamente lo que la crítica ve en las supuestamente 10 películas que piensa hacer el director.

Había Una Vez... En Hollywood (Once Upon a Time in Hollywood, 2019) es su novena película y aparentemente, la penúltima de su carrera. En ella se cuenta la historia de un actor de westerns televisivos en decadencia, que está en la encrucijada de volverse secundario o ir a Italia a protagonizar spaguetti westerns. Al mismo tiempo, presenta la relación que sostiene con su doble de riesgo, así como la rutina de su vecina, la joven actriz Sharon Tate que disfruta el ascenso de su carrera, al tiempo que vive su matrimonio con el director Roman Polanski, previo al día de su asesinato en manos de la secta de Charles Manson, en el Hollywood de fines de los 60.

Es una cinta nostálgica y como las últimas del director, confunde realidad y fantasía, pero en esta ocasión su intención es más evidente, como se puede intuir desde el título. Es un trabajo ágil y muy divertido pese a que en la primera hora y media aparentemente no pasa nada. Sin embargo, el creador tiene una tremenda habilidad para poder conducir al espectador hasta el clímax, en el que se puede ver su mano maestra para manejar las emociones del espectador. Visualmente, como todos sus trabajos, es espectacular y cuenta con una muy cuidada reconstrucción de época, amen que los personajes tanto de Leonardo DiCaprio, Brad Pitt y Margot Robbie, son entrañables. Y sí, es mucho mejor que sus filmes más recientes, básicamente porque por primera vez desde Jackie Brown (1997) – y salvo Inglourious Basterds (2009) – se siente sincero y sin pretensiones. Y es aquí donde entra la mentada calavera de Damien Hirst.

Tarantino es para el cine lo que autores como Hirst y otros lo son para las artes contemporáneas. Un ejemplo es la obra de Jeff Koons, un corredor de bolsa que se percató que precisamente el mejor momento de vender una obra artística es cuando hay una crisis económica. El arte es una inversión muy sólida. La obra de un creador consagrado puede negociarse al precio que se quiera porque a diferencia de otros activos financieros (como el oro o la plata) no depende de un mercado o de los precios que le ponga la bolsa. Así que él mismo decide volverse artista para poder cubrirse económicamente. Su obra en realidad son puras pendejadas, por ejemplo, en el Museo Jumex de la CDMX, está exhibiéndose una estatua de bronce que representa un juguete inflable de Hulk. Otras de sus “creaciones” son un conejo de acero que representa un globo metalizado y una escultura monumental de un montón de pedazos de plastilina de colores que en realidad parecen el arenero de un unicornio (los espectadores se toman fotos fingiendo que están obrando la escultura). Lo ridículo del asunto es que todos saben que él mismo compra sus obras con prestanombres para inflar sus precios y posteriormente poder revenderlas a precio de oro. Y con todo, algunos de sus trabajos son bastante bonitos, como el conejo o una Venus de Milo en acero azul hiper brilloso. Otras de ellas son basura simple (como sus fotos y el cursi busto con su ex esposa, la actriz porno “Ciciolina”), sin embargo, ninguno de sus trabajos son arte sino algo que se le parece pero que tiene por objetivo el engañar a los ingenuos y los posers para que se vendan a precios millonarios, como la calavera y el tiburón en formol de Damien Hirst. Sus teorías del self made art, están copiadas de las de Duchamp, Warhol y otra pseudoartista como ellos que es Yoko Ono, que sostienen que cualquier cosa que te guste es arte al sacarlo de su contexto y meterlo a un museo o galería.

Tarantino pertenece a una generación de cineastas que se encumbraron en los años 90, siguiendo las experiencias de gente como Orson Welles, F. W. Murnau, Fritz Lang, David Lynch, Jean-Luc Godard y otros, que decidieron sacrificar el éxito económico en pos de poder dar a conocer su visión sobre el mundo, solo que estos supuestos pupilos encontraron la manera de sacar partido de esta situación. Muchos de ellos generaron estilos visuales y temáticos tan personales que hoy en día son inconfundibles y si alguien hace algo que se le asemeje medianamente, se le dice que su obra es “tarantinesca”, “burtoniana”, “almodovariana” y demás, como en su momento fue con lo “buñuelesco”, hitchcoktesco” o “spielberiano”. El problema con ellos es que llegó un momento en que hasta los que se dedican a la crítica perdieron la objetividad y se volvieron fans from hell de ellos, al grado que cada porquería que sacaban era calificada como “obra de arte”, “su mejor trabajo a la fecha” y el día de hoy por ejemplo, Los amantes pasajeros, una de las peores cintas españolas de la historia, por ser de Almodovar, se considera "(un) diagnóstico moral de un país sumido en una crisis profunda (...) que se espeja en el vértigo surrealista de las 'sophisticated comedies' de los años 30"; Dumbo del muy, pero requete muy decadente Tim Burton, se ve como “más que notable y recupera a un Burton en plena forma (...) es, a la vez, un homenaje al cine y una crítica despiadada a la industria que lo rodea”. En el caso de Tarantino, solo basta ver lo que opinan de The Hateful Eight, una de las más soporíferas y pedantes de sus producciones: "Es una intensa experiencia con la que el director estadounidense amplía y enriquece su filmografía." Y hago esta aclaración porque, aunque sean todos ellos y otros como Michael Haneke o Darren Aronofsky, creadores que han dejado atrás sus mejores momentos, de pronto aparentan abrir los ojos y logran realizar obras con valor mayor del de sus trabajos más sobrevalorados. Este año recibimos ese gran regreso a las grandes ligas que significó Dolor y gloria (2019), para un Almodovar más sensible y honesto que nunca, después del descalabro oligofrénico que fue Julieta (2016) y por supuesto, Había Una Vez... También significa el retorno de ese Tarantino sencillo, fresco e inteligente que se vio en Pulp Fiction (1994) y Reservoir Dogs. Sin embargo, para la crítica, como no hay esos diálogos farragosos y forzados que tanto sirven para adornar un twitt o dárselas de cinéfilo ("La venganza nunca corre en línea recta; es como un bosque. En un bosque es muy fácil desorientarse, perderse, olvidar de dónde venimos"), ni esos excesos de violencia tanto visual como verbal, pues es un trabajo menor.

No puede ser un trabajo menor en una cartelera en la que se ven cintas de horror, comedias románticas o de acción, baratas y/o derivativas, así como películas de superhéroes o de otras franquicias, que esconden su escasez de oficio y originalidad en los efectos visuales. Tampoco puede serlo cuando su realizador ha logrado una excelente conjunción de nostalgia y reflexión. Muchos ven en ella la obra más personal de su autor y en eso tienen mucha razón. Pero con todo y lo positivo del balance final, no estamos ante una obra de arte ni mucho menos. Estamos ante un filme honesto, superior a muchas que están en cartelera y de su mismo autor, con una condicionante que nunca se había visto en él: la ternura por un pasado lejano, un momento en que el mundo y el cine estaban perdiendo la inocencia.

Regresando a Damien Hirst, recuerdo haber visto una exposición de su obra que se dio en la CDMX hace algunos años. Ahí estaban sus obras más reconocidas, como sus animales partidos a la mitad o su tiburón en formol. En un rincón, como colocada ahí para que el público no la viera, había una pintura hiperrealista, impactante, de una cesaria, en la que se veía un estilo muy depurado y una belleza extraordinaria. Hirst, quien aparentemente solo busca causar morbo y admiración fácil, por medio del shock visual, por primera vez me parecía un artista y no un farsante. La diferencia entre sus instalaciones y este cuadro, estaba en que se sentía honesto y reflexivo, aunque no llegaba a ser una obra de arte.

Eso pasa con Había una vez… En Hollywood. Es una obra hermosa, tierna y profundamente divertida, realizada por un autor que casi siempre pone su propio ego por encima de su oficio.
 


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Número 34 - Octubre 2019
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