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Gente grande que sabe cosas

Martes, 23 de Mayo 2017 - 15:00

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Luisa Ruiz

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CREFAL, era el anuncio que avisaba la llegada a Pátzcuaro, Michoacán. El lugar que se alcanzaba a ver tras las rejas, lo que podía imaginar habría tras las altas bardas que lo rodeaban y la escalinata que llevaba a una casona elevada en lo alto del cerro, me intrigaron por primera vez, cuando yo tenía unos siete años. Uno tras otro, cada paseo aumentaba mi curiosidad. Alguna vez pregunté qué era y qué había ahí adentro.

No sé quién me dijo, que fue la casa de descanso del General Lázaro Cárdenas, que la había donado y que era una escuela solo para gente grande que ya sabía cosas. Entonces no era para mí, -pensé- pues yo era una niña y no sabía cosas. Recuerdo haber entrado, quizá a la edad de doce años y solo unos metros después de una reja junto al viejo vagón de tren amarillo. Muchas puertas y muchos caminos fue lo que alcancé a ver y en mi pensamiento, la prohibición “solo gente grande que sabe cosas”.

Pasados muchos años, en un paseo en solitario me atreví a invadir sin pedir permiso fingiendo ser gente grande que sabe cosas. Nadie me sacó ni cuestionó mi presencia. Mi audacia no llegó tan lejos, solo me limité a pasear y a acercarme a la escalinata para verla desde su pie. Vi personas serias con libros, salones llenos de gente grande y puede ver que sí, parecía que ya sabían cosas.

Hace unos cuatro años y con mis propios libros en la mano, creyéndome gente grande que sabe cosas, entré otra vez. Me senté a escribir a la orilla de un camino, el que llevaba a la escalera que parecía interminable. Escribiendo, le di voz a las hojas que en invierno gustan de dormir sobre la cantera esperando emprender el vuelo con el aire de la noche.

“Pueblo Mágico”, escribí sin darle una historia, sin contar los recuerdos. Pensaba que la magia del tiempo se encargaría de crear una obra desde mi pluma, con suerte se convertía en un libro, -quise imaginar- pues no había historia ni trama ni personajes, no había nada más que dos palabras entrecomilladas y en la hoja, frases garabateadas como “Caminar sintiendo en soledad”, “Descubrir un lugar sin ser guiada”, “La escalera espera sentir mi pisada” o “Algún rincón me mira”. Sin sentido todo, creí entonces. Eran solo voces de los árboles y las piedras que se instalaban en mi memoria para grabarlas en el pensamiento.

La intriga por conocer la historia de CREFAL, el misterio que hay en su silencio y los secretos que murmura el viento, fueron un referente del camino que me esperaba tiempo después. Mi propio pueblo mágico, -mucho antes de que empezaran a nombrar a todos los pueblos con ese adjetivo. Aquella historia no salió de la pluma, se construyó en mi cuerpo. Ese pueblo se descubrió dentro de mí y se hizo presente por poco más de un año, no era yo viendo el pueblo, era que el pueblo me quería ver a mi mientras lo recorría, despacio sin ser guiada.

La curiosidad y la emoción por conocer los misterios que encierran los lugares es la misma intriga que causa conocer todas las etapas de la vida, porque todas las vidas vividas en una sola son eso, pueblos y lugares raros, misteriosos y llenos de historia y magia. Algunas están documentadas, otras, se deben descubrir o inventarles una si no la tienen. Yo no sabía que la relación de un lugar sería el retrato nítido de mi interior durante una etapa complicada, confusa, muy interesante y superada, las jacarandas sí volaron con el viento.

Hoy, un día de silencios y murmullos en CREFAL, estoy sentada en una solitaria banca de cantera junto a la escalera grande. Hoy veo cada rincón y escucho cada palabra en este espacio, hoy no hay nadie y están todos, soy yo y esa fotografía de antaño que hoy, no podría ser más actual.

Veo ese tiempo ido y palpo este presente certero. Desde la escalera alcanzo a ver a la niña preguntona, a la joven curiosa, a la mujer invasora y hoy, me veo verlas a ellas y creo creer que al menos ya hoy, soy una persona grande que puede estar aquí y que, además, sabe un poco más de cosas.

Ya las escaleras saben de mí, preguntaron por qué no subí antes, dijeron los escalones que me recordaban. Los ojos de la casona sonrieron y los caminitos cubiertos de jacarandas me revelaron las fotografías de antes y me prestaron las de hoy para que yo las recoja después.  Vi a mi ella de ayer y a mi hoy, siendo un pueblo mágico que fortalece mi tiempo y mi consciencia. No hay pues, pueblos mágicos, es uno, que se vuelve mágico en el pueblo, sobre todo cuando se sabe escuchar las palabras que dicta el silencio y las señales que marca la curiosidad y la intriga.

Me era necesario escribir estos recuerdos y necesitaba que fuera en este lugar. Entonces, me senté en una banca solitaria a escribir para terminar una etapa pendiente. Me trasladé en el tiempo a la Finca Eréndira, que fuera inaugurada como Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y El Caribe (CREFAL), en mayo de 1951. Supe después, que en esa misma banca, se sentaba el General Lázaro Cárdenas, también a escribir.

Hay rincones que nos pertenecen. La atención con que vivimos, nos hace ir en su búsqueda y los lugares se dejan encontrar aunque no seamos gente suficientemente grande o no sepamos todas las cosas.


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Número 35 - Noviembre 2019
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