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En la cárcel

Martes, 08 de Diciembre 2015 - 16:00

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Luisa Ruiz

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No resulta sencillo escribir qué se siente vivir atado de pies, manos y voz. De pies porque no se puede correr, de manos porque no se puede abrazar, de voz porque no se puede decir todo lo que quiero; y como aquí no hay una pluma debo resguardarlo en la memoria para escribirlo después. Estoy en la cárcel y las emociones revueltas, los deseos, planes y metas desaparecen cuando decido vivir en una celda fría compartiendo una cobija y una almohada que han soportado noches enteras de desconcierto, incertidumbre, lágrimas, ruidos desconocidos y silencios que murmuran. La noche en una prisión es para mí, un espacio de observación, en donde las inocentes terminan creyéndose culpables, las culpables sanan despacio sus remordimientos y todas se arropan para corresponder a los lamentos y dulzuras. Una sola noche puede convertirse en una larga y penosa vida así como una vida entera se puede reducir a una sola oscura noche en prisión.

Vivir en una prisión por la sola curiosidad de saber qué es el insomnio obligado sin importar quiénes son las delincuentes y quiénes las confundidas entre la realidad y las aseveraciones ajenas, fue una parte que, vivida con toda conciencia, me provoca aprender que en todas partes hay rejas y cadenas; la vida diaria es una cárcel en la que la fianza es más difícil de detectar que la sola cantidad monetaria o el largo proceso penal. Cada uno en su cárcel mundana y todos en una celda llamada mundo sin querer compartir nada.

La vida, que se parece a una larga condena y que por querer compartir tiempos y realidades con las internas de la penitenciaría, me enseña más allá de lo que puede ser la desaprobación social para convertirse en un flagelo personal.  En el tiempo en que decido adentrarme en el pensamiento y el aire denso de una celda quise también saber y ser parte de un mundo tan imaginario como irreal, a la vez tan parecido al diario vivir en la ciudad. La capacidad de adaptación del ser humano a cualquier situación es increíble, así como la absurda capacidad de creerse en peligro solo porque el anuncio de la gravedad mundial acecha. En prisión, saber que el invierno se acerca, que congelará hasta el último hueso y que el agua helada de la regadera espera puntual cada mañana a las 6 y que aun así se tiene la disposición de obedecer. Sentir que se acerca la temporada de afectos y nostálgicos recuerdos, saber que no se podrá abrazar al ser más querido y aun así se inventan que existe cerca y se abrazan a escondidas entre ellas.

La celda de afuera, se reduce ante todo lo que sucede alrededor de cada ser humano, los límites de comprensión y compasión dejan de existir dando paso a la frustración y a la depresión, es muy fácil caer en los pensamientos negativos, en las necedades personales y en la nulidad del criterio. La celda real y una prisión de altas paredes no es, en nada, peor que a la que existe en la “libertad” rodeada de cosas innecesarias que solo distraen el pensamiento.  

Es contradictorio estar en encierro añorando la libertad que se vive afuera y aun así el encierro es de todos los días, es conflictivo saberse culpable o reprimido y no querer entenderlo y mucho menos remediarlo. Las rejas que cubren el entorno, la necesidad del ser humano por depender y la pasividad con la que se funciona día a día se convierten pues en la verdadera prisión. Con la enseñanza puesta como el mejor vestido, decido que ninguna reja, ninguna prisión emocional y ninguna atadura física pueden encerrar del todo el poder del pensamiento y la decisión de creerme capaz de pagar mi fianza  con el aliento que me regala ser simplemente libre en mi misma

Y reitero, no es sencillo escribir lo que se siente estar en una celda de concreto, fierro y candados.  Es necesario acercarnos a los barrotes personales, tocar el frio suelo de nuestro tiempo y hacer conciencia del tamaño de la fianza que debemos pagar. Debo una entrega no tan emocional y quizá un poco más coloquial de lo que sucede cuando se sabe preso, la puerta abierta está justo enfrente y se tiene miedo de salir. He pagado mi fianza, ahora estoy en vuelo, recuperada, sana y con la firme intención de solo estar en la cárcel para apoyar a quienes, con justa razón, se han convertido en importantes maestros de vida.

En la cárcel, cualquiera que esta sea, el ser humano puede perder absolutamente todo, menos la libertad de pensamiento y el poder de decisión y como presunto responsable, es tarea de cada uno liberar la fianza y abrir los candados, adelante, el camino está libre.


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