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¡El Regreso del Cácaro!

Martes, 15 de Enero 2019 - 13:35

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Elizabeth Cruz Ramírez

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El cine mexicano llamado de la Época de Oro es mi delirio, quizá porque me vincula con mi madre o porque me fascina su fotografía, sus guiones, sus actuaciones, sus directores, sus actores y sus colores aunque sea en blanco y negro. Es una forma de viajar en el tiempo y descubrir otro lenguaje, otras costumbres, otra ideología pero con el mismo denominador: la vida porque no hay ficción aunque se sabe que el cine es también oficialista y obedece a los intereses del estado para ser reflector a nivel internacional, pero lo cierto es que nada se le compara aunque estemos frente a una nueva ola de grandes realizadores contemporáneos interesados en recrear otros momentos, lugares y contextos porque la esencia de una época es difícil de imitar sobretodo en la formación de los actores o de lo contrario, es como un documental de impecable hechura.

El cine de oro en México marcó un paradigma que heredó grandes actores que se hicieron en el set o en el teatro (de ahí la expresión “tiene muchas tablas”), algunos vivieron su infancia entre vestuarios, escenografías, ensayos, llamados, etc., y entre los pocos, poquísimos que nos quedaban y que nacieron entre los grandes era Fernando Luján (1939-2019) nacido en Colombia durante una gira teatral de sus padres Mercedes Soler y Alejandro Ciangherotti y fallecido el pasado 11 de enero en Puerto Escondido, Oaxaca. Me hice fan de su estilo actoral en la breve participación que tuvo junto a Cantinflas en el filme: “El patrullero 777”, 5 de chocolate y 1 de fresa, Dile que la quiero; entre otras, y sin duda, en su participación en el melodrama televisivo “Mirada de Mujer”. Luján poseía una gracia particular, lo mismo era un comediante que un personaje enérgico al estilo de su tío Fernando Soler e incluso interpretó al Coronel dirigido por Arturo Ripstein (otro grande entre los grandes). Su prolífica carrera cuenta con participaciones en cine, teatro, televisión y más recientemente en la plataforma Netflix. Verlo y escucharlo en la entrevista que le realizó Oscar Uriel para la serie TAP (Taller de Actores Profesionales) transmitida por Canal Once es un agasajo y un compendio del cual se puede aprender no sólo de un actor de sus dimensiones sino de un hombre que vivió a su antojo, con sus fórmulas, que supo aprovechar el talento que corría por sus venas pero sin perder el piso, esforzándose y aprovechando las oportunidades, un actor que dejó huella marcando un estilo propio.

Fernando Luján simboliza un eslabón entre diferentes épocas del cine mexicano, uno de los pocos que quedan y que siguió vigente, que trabajó desde muy pequeño con figuras de la talla de Cantinflas, Pedro Infante, Angélica María y otros. Ahora ya forma parte de la historia y ocupa un lugar especial ganado con esfuerzo y con un ingrediente esencial para todos: pasión por lo que se hace, pues para él lo importante como actor radicaba en la honestidad a la hora de realizar su trabajo, encontrar la forma en que el ser humano se manifiesta en sus pasiones y la forma de contarlo sin importar que la anécdota fuera breve. Fernando declaró en 2013 durante su entrevista con Oscar que estaba escribiendo la novela de la familia, un ejercicio que lo estaba llevando a recordar momentos entrañables de una vida dedicada a la actuación. Su recomendación para las nuevas generaciones de actores fue precisa: “Más importante que las aptitudes son las actitudes” y sí, fue su actitud hacia la vida y su pasión actoral lo que lo posicionó entre los grandes. Descanse en paz.


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Número 33 - Septiembre 2019
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