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El regalo de bodas (última parte), por Neil Gaiman

Lunes, 18 de Abril 2016 - 18:00

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Diana Morales Morales

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Gordon se sentía eufórico mientras caminaba por la casa a hurtadillas acomodando los regalos para los niños, aunque era una euforia con un toque de melancolía porque sabía que esos momentos de completa felicidad no iban a durar para siempre, uno no podía detener el paso del tiempo.

Belinda ya sabía a lo que se refería. “Sí”, contestó. “La he estado leyendo”.

“¿Qué opinas?”

“Pues ya no creo que sea una broma, ni siquiera una pesada”, le contestó.

“Entonces, ¿qué es?”

Se sentaron en la sala dejando que el destello amarillo y naranja de la llama sobre los troncos en la chimenea fuera la única luz que iluminara el espacio.

“Creo que de verdad es un regalo de bodas”, le dijo. Es el matrimonio que no tenemos. Todas las desgracias están sucediendo ahí, en la hoja, no aquí en la vida real. En lugar de estarlo viviendo sólo lo leemos, sabiendo que así pudo haber resultado y también que no fue así”.

“¿Estás diciendo que es una especie de regalo mágico, o algo?

“No creo en la magia”, le dijo sin más preámbulo, “es un regalo de bodas y habrá que mantenerlo bien guardado”.

Días más tarde Belinda cambió el sobre de lugar, lo pasó a su joyero que siempre cerraba con llave, acomodó el sobre por debajo de sus collares, anillos, brazaletes y broches.

La primavera se convirtió en verano, y el invierno en primavera y Gordon estaba exhausto. Durante el día trabajaba para diferentes clientes, diseñando y llegando a acuerdos con albañiles y contratistas; durante la noche trabajaba para él mismo diseñando museos, galerías de arte y espacios públicos para diferentes competencias. Algunas veces sus diseños eran merecedores de menciones honoríficas y  eran reproducidos en diarios de arquitectura.

A Belinda le alegraba poder prestar sus servicios ahora a granjas revisando a animales más grandes y algunas veces llevaba a los niños con ella.

Su celular sonaba mientras perseguía a una cabra preñada que no tenía deseos de que la agarraran pero terminó por rendirse dejando que la cabra la viera con desprecio desde el otro extremo del prado.

“¿Sí?”

“Guapa, ¿adivina qué?”

“¿Te ganaste la lotería?”

“No. Pero estás cerca. Mi diseño para el Museo de Herencia Británica es uno de los finalistas. La competencia está reñida pero al menos ya soy uno de los finalistas”.

“¡Es una excelente noticia!”

“Ya hablé con la niñera para que cuide a los niños, vamos a ir a celebrar esta noche”.

“Bien pensado. Te quiero. Tú sigue trabajando, yo tengo una cabra que perseguir”.

Su cena de celebración fue una elegante y ligeramente decadente con demasiadas botellas de champaña. Y esa noche, mientras Belinda se quitaba los aretes, le preguntó a Gordon “¿no te gustaría leer lo que dice ahora el regalo de bodas?”

Desde la cama Gordon la vio con cara de preocupación. “No, no me gustaría. Fue un buen día hoy. ¿Por qué arruinarlo?”

 “Supongo que tienes razón” le contestó ella volviendo a cerrar con llave el cajón después de poner los aretes en su lugar. “Además ya me imagino lo que dice, yo soy una borracha deprimida mientras tú eres un perdedor miserable. Mientras tanto estamos… bueno, sí estoy un poco borracha ahorita, pero ese no es el punto. Mejor que se quede ahí escondido como si fuera el retrato de Dorian Grey”.

“A decir verdad eso es lo que me asusta”, continuó Belinda, “que ese sea el retrato real de nuestro matrimonio y lo que tenemos sólo sea una fachada bonita. Que eso sea la realidad y esto no. ¿Tú no has llegado a pensar que esto es demasiado bueno para ser verdad?”

Él asintió con la cabeza. “Algunas veces. Como esta noche, por ejemplo”.

“Tal vez sí soy una borracha con una horrible cicatriz en la cara y tú te acuestas con todo lo que se mueve y Kevin nunca nació y…”

“Pero nada de eso es cierto”, dijo tratando de tranquilizarla, “esas son sólo palabras en una hoja”.

Pasaron seis largos meses antes de que se anunciara que Gordon había sido el ganador que llevara a cabo el diseño para el Museo de Herencia Británica, aunque algunas publicaciones juzgaran su trabajo como algo “agresivamente moderno” para el museo y en otras “demasiado anticuado”.

Se mudaron a Londres y los días se convirtieron en meses y los meses en años. Durante una madrugada en la que Belinda no podía dormir se preguntaba cómo estarían los “ellos” del regalo de bodas. Sentía lástima por la Belinda y el Gordon del papel.

Al día siguiente, durante una comida con clientes, Gordon murió de un infarto. La autopsia reveló que su corazón estaba congénitamente débil, en cualquier momento hubiera sucedido.

Durante los primeros tres días después de su muerte Belinda no sintió nada, Kevin había abandonado su computadora y sus juegos y Melanie, que tenía once, parecía estar tomándolo bien.

Todos los días Belinda prendía la chimenea porque no hacerlo era como resignarse por completo a la ausencia de Gordon, y la última vez que lo hizo se decidió a echar al fuego aquel infame sobre con su contenido. Vio el papel arrugarse hasta convertirse en ceniza y esperó a que la cicatriz apareciera en su cara.

Traducción inglés-español por Diana Morales Morales.

© 1998 por Neil Gaiman. Todos los derechos reservados.


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Número 29 - Mayo 2019
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