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El hombre que mató a Don Quijote o el suicidio de Terry Guilliam

Viernes, 14 de Diciembre 2018 - 12:10

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Luis Felipe Jurado

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El estreno casi clandestino de la última obra de Terry Guilliam, sirve para poder recordar que todo tiempo pasado fue mejor.

Hay muchos proyectos fílmicos que por una u otra cosa no pudieron concretarse y se volvieron mitológicos por lo que pudieron llegar a ser. Dune de Alejandro Jodorowsky, En busca del tiempo perdido de Luchino Visconti, El corazón de las tinieblas de Orson Welles, The Day The Clown Cried de Jerry Lewis, Superman Lives de Tim Burton, Justice League Mortal de George Miller, entre muchas otras, se han sumado a la lista de historias cuyos directores promocionaron ampliamente y jamás pudieron filmar o que en su defecto, empezaron pero no terminaron o simplemente nunca se estrenaron. Con el tiempo, se volvieron tópicos de conversaciones e incluso de sendos documentales que valen la pena revisar – el caso de The Death of "Superman Lives": What Happened? (2015) de Jon Schnepp, por ejemplo, que analiza lo que hubiera sido la versión del encapotado de Burton y que es un documento ampliamente recomendado – porque permiten que los fans imaginen lo que hubieran sido estas obras. Sin embargo, El hombre que mató a Don Quijote (The Man Who Killed Don Quixote, 2018, Terry Gilliam) demuestra que hay ciertas cosas que se ven mejor en la memoria.

El filme cuenta la historia de un director que se encuentra en España rodando una nueva versión de Don Quijote de la Mancha. Durante el rodaje, el fortuito encuentro con un gitano que vende DVD’s pirata, le hace recordar que cuando estudiaba realizó una cinta basada en la misma historia, en blanco y negro y con actores no profesionales (no, no es la biografía no autorizada de Cuarón). Eso lo hará tratar de saber qué pasó con sus intérpretes y descubre que el zapatero que convenció de interpretar al “caballero de la triste figura”, se volvió loco y cree que él es el “Ingenioso Hidalgo”, y que la mesera que usó como Dulcinea se transformó en amante de un mafioso ruso que además, financia en parte su película.

Durante muchos años el también director de las extraordinarias Twelve Monkeys (1996) y Brazil (1985) estuvo obsesionado por realizar esta cinta, al grado que en tres ocasiones intentó hacerlo. La primera, a finales de los 90, contó con la presencia de un todavía con buen oficio Johnny Depp, pero tuvo que suspender el rodaje porque Jean Rochefort, quien interpretaba al Quijote, enfermó gravemente y abandonó el trabajo, además que las condiciones climáticas y presupuestales, acabaron por desanimar a los inversionistas. Incluso se filmó un entretenido documental sobre el suceso, Lost in La Mancha (2002, Keith Fulton y Louis Pepe), que vale mucho la pena buscar. Después, en 2005 y 2015, lo volvió a intentar sin éxito y no es hasta que Amazon, en su desesperación por competir contra Netflix, que se le da otra oportunidad al maltrecho director, cuya carrera por desgracia, está más llena de bajadas que de subidas desde que empezó el siglo XXI.

Desafortunadamente, el resultado es lamentable. A pesar de que se puede ver el talento del ex Monty Python en el acabado visual y en la dirección de actores (Jonathan Pryce, como el Quijote es sin duda lo mejor del trabajo), el ritmo es un tanto inconsistente, de tal manera que hay ocasiones en que cansa demasiado, además que el montaje es un poco caótico y confuso. La deliberada mezcla de realidad y fantasía llega a ser inentendible y si se distrae uno, se pierde el hilo de la historia. Las situaciones intentan ser chistosas o melancólicas de forma a veces muy forzadas y hay momentos en que te importa un cacahuate si se muere o se accidenta un personaje.

El problema principal es que el Quijote de Guilliam es demasiado ambicioso para tan poco presupuesto y uno siente tristeza porque el señor es, pésele a quien le pese (llámense estos Tim Burton o Guillermo del Toro) el mayor soñador vivo en la actualidad, sólo comparable con esos grandes locos, como Orson Welles, David Linch, Alejandro Jodorowsky, Georges Méliès, Andréi Tarkovski, Jan Švankmajer o Stanley Kubrick, que lucharon por todos los medios posibles por hacer realidad sus sueños (o pesadillas). El caso de Guilliam ha sido uno de los más enternecedores, ya que ha enfrentado un sin número de problemas para sacar adelante sus filmes, desde aquella obra de bajo presupuesto y belleza sin igual que fue Monty Python and the Holy Grail (1975), codirigida por su colega, Terry Jones y que tuvo dificultades para exhibirse porque para muchos era muy blasfema; los recortes que quería hacerle el estudio a Twelve Monkeys porque la consideraban poco entendible; el intento de censura por usar a una casi adolescente Uma Thurman desnuda en The Adventures of Baron Munchausen (1988), en la que además, se sobrepasó el presupuesto y fue un fracaso en taquilla. Y ni hablar de la repentina muerte de Heath Ledger, que llevó a que casi no se terminara el rodaje de The Imaginarium of Doctor Parnassus (2009). Sin duda, esos problemas son los que le han dado esa terquedad al realizador. Él es ese Quijote que lucha con gigantes que en realidad son molinos de viento y se levanta, una y otra vez, para vencerlos, aunque por desgracia, parece que ahora sí perdió la pelea.

Una obra visualmente hermosa que merecía ser solamente un bello recuerdo de lo que pudo ser.

Tráiler:

 


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Número 32 - Agosto 2019
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