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Don Miguel Hidalgo y Costilla

Viernes, 06 de Noviembre 2015 - 18:30

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Hilda Chávez

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Espléndida Epopeya

Hidalgo en todas las almas hay una nota de emoción y júbilo y se hace en todo el país una evocación orgullosa del pasado.

Una ola de gratitud nacional nos congrega para honrar la memoria del Libertador. Y sin embargo, el Padre Hidalgo es todavía un héroe en parte ignorado y en parte incomprendido.

Se le ama por la libertad que nos dio, se le venera por el dolor de su sacrificio, se le rinde homenaje por ser él quien dio vida a la Patria; pero con ser amado y venerado como un Padre, no lo es tanto como merecen sus virtudes de héroe, su talento, su amor por los humildes, su valor sereno, que supo ser audacia frente  al peligro y dominio tranquilo frente a la muerte.

No se le admira aún bastante por el ardor de su fe, su fe encendida en México y en su destino, ni sus intuiciones de reformador y vidente, que le hicieron trazar, sin pretenderlo acaso, todo programa que México ha seguido en sus revoluciones.

Tenemos los mexicanos una deuda con él, que no se salda con levantarse en bronces.

Es la de estudiarlo más, de conocer más hondamente su pensamiento y su obra, porque la figura de Hidalgo es más grande de lo que aprendimos en nuestros libros de historia.

Tiene su vida facetas luminosas de pensador, de educador y de visionario; tiene también, como es humano, pequeñas manchas de sombra, las flaquezas, los errores inevitables de quien se lanza impreparado  al vórtice de la revolución.

Pero todo eso, errores, flaquezas y limitaciones, son miserables cosa frente al mérito real y auténtico del héroe que había en él, héroe en la más alta, en la más pura acepción del término.

La vida de Hidalgo se desenvolvió en tres actos, tan desiguales en el tiempo como la intensidad del drama que se estaba fraguando.

Fue el primer acto largo,traquilo,que consumió 45 años de su vida, primero cumplidos entre libros y colegiales,aprendiendo,enseñando,meditando;después en la  paz de su curanto, pastor y maestro siempre, madurando el alma, cargándola como de fluido eléctrico, de todo el dolor de los humildes y de todas las ansias reprimidas.

El acto de su vida empezó aquí, en este mismo Colegio de San Nicolás, todo impregnado aún de su presencia.

El viejo Colegio de Don Vasco le vio llegar un día, niño aún, delgado y tímido, con los grandes ojos verdes, ávidos de todo mirar. Dejaba atrás los primeros 12 años de su vida, pasados en la quietud del campo natal, en Corralejo.  

Fue en esta vieja casa donde empezó su vida de estudios y de trabajo. Quizá pasó antes un breve tiempo con los jesuitas, en el Colegio que estaba calle de medio, el de San Javier.

De todos modos, Hidalgo niño paseó por estos corredores sus inquietudes, sus fatigas y sus primeras rebeldías.

Uno a uno fue escalando los grados de su carrera: Bachiller en Artes a los 17 años; Bachiller en Teología a los 20 años; después becario de oposición, lo que confería derechos de celador, sinodal, Profesor suplente y Presidente de Academias.

El niño se había transformado en hombre y estaba ya poseído del ansia febril de saber y triunfar.

Era un talento lúcido y espíritu mordaz, dispuesto a discutirlo todo.

Su carrera se había vuelto triunfal: Profesor de Filosofía a los 22 años; después, de Latinidad y luego, Profesor por oposición de Gramática, todo al mismo tiempo que ganaba  las órdenes sacerdotales a los 25 años, único refugio para la ambición intelectual de un criollo, que tenía cerradas las puertas para toda otra situación de preeminencia.

El joven sacerdote y maestro es cada día más rico de cultura y más ancho de criterio. Es ya la cabeza más recia del Colegio, el que triunfa en las oposiciones, gana concursos y logra, por su alegato, reformar la enseñanza de la Teología, volviéndola positiva en lugar de escolática.

El Deán de la Catedral, viejo Profesor  de Filosofía en Salamanca, le felicita llamándole gigante y abeja industriosa de Minerva.

En cambio, Hidalgo choca con la Inquisición, como  chocará más tarde  varias veces en su vida; pero eso no impide que el acenso siga y que sea promovido a Secretario y después a Rector del Colegio de San Nicolás.

A los 37 años el Bachiller  Hidalgo está en la cumbre. Dirige  el más antiguo y prestigiado Colegio de América.

Se ha preparado ardorosamente en el cultivo de las humanidades para ensanchar la vida, la suya y la de los otros.

Sabe latín, francés e italiano; habla el español, el otomí y el tarasco; tiene el talento claro y la réplica vivaz; es un polemista extraordinario y bulle  en su alma una obscura inconformidad contra el medio colonial que oprime y contra algunos pretendidos dogmas que él estoma groseros.

Piensa y duda, pero calla sus dudas y el fermento de ellas prepara el alma para más sordas rebeldías. La sombra tutelar de Don Vasco debe haberse alargado en el silencio de los siglos, para venir a confundirse con la de este nuevo educador, que recogía su herencia  espiritual y que tenía como él, el amor de las letras y el amor de los hombres.

Así pasaron 27 años  de su vida, al amparo de este Colegio, tiempo en que el niño campesino se trasformó en hombre superior y en que la zarza se retrocedió en hoguera. Cuando Morelos, el otro gran inmortal, ingresó aquí como alumno, sufrió a la vista  de Hidalgo el efecto de una fascinación, que le acompaño toda la vida.

Vio siempre en él a su maestro, aunque nunca fue su discípulo en las aulas. Esa misma fascinación, que permite ver con los ojos del alma lo que borró el tiempo, ésa la hemos sufrido muchos de la legión de los humildes.

Los que nos formamos en este Colegio, todo impregnado del recuerdo del Padre, más de una vez le vimos pasear calladamente por los corredores, absorto en su lectura, o bien creímos verlo, inclinando como solía en el barandal, mirar distraídamente el paso de los colegiales, mientras arriba moría la tarde y se diluía en el aire el toque del Ángelus, que subía temblando de las torres de la Compañía.

Llegó la hora en que Hidalgo abandonó el Colegio para ir de cura a Colima. Debió ser un dolor muy hondo el del arrancamiento.

Los 18 años que siguieron, emigrando de un curanto a otro, no eran sino una forma de ostracismo. No se prepara un hombre así de reciamente para ir de cura a un humilde pueblo abandonado; más en su caso, el alejamiento era una forma de castigo.

Pudo haber sido un gran obispo, ya que era tenido por el mejor talento de su Diócesis; pero eso le estaba vedado a un criollo, como una de tantas postergaciones a los que habían nacido en América.

Su vida en los curantos lugareños fue en cierto modo prolongación de su vida nicolaita.Fue un blando pastor de almas, pero más que pastor siguió siendo un maestro.

En San Felipe sintió todavía nostalgias de humanista y mató sus ocios traduciendo a Rancine y a Moliére y llevando a escena algunas obras; pero eso se fue borrando para dejar paso a una transformación, cada día más honda.

El intelectual que había vivido siempre entre sutilezas, abstracciones y dogmas, bajó a la realidad de su país y se encontró con el alma misma del pueblo, con el mestizo oprimido, con el indio esclavo, que llevaba, como lo único suyo, su miseria y su dolor a cuestas.

Fue como una revelación. Hidalgo no podía enseñar allí latín ni filosofía; entonces enseño cosas mejores, las cosas nobles de la vida que dan caminos de redención.

Él no sabía de industrias, pero las aprendió para enseñarles a sus feligreses de Dolores.

Encargó, abejas a La Habana y produjo cera para los templos; sembró moreras y creó la industria de la seda; plantó viñas fabricó vino; aprendió alfarería y produjo loza que después  él mismo vidriaba; curtió pieles y puso una  talabartería: montó una carpintería y una herrería y cuando sonó la hora de pelear, él mismo en sus talleres  fabricó las lanzas  y los machetes libertarios.

¡Cómo no inclinarse ante esta vida extraordinaria, ante este intelectual que se entregaba a la tarea de enseñar y redimir y que sabe  bajar de las alturas, capaz de comprender  y de servir a los demás!

Cómo no inclinarse ante este intelectual que entiende que la ciencia y el arte son cosas vanas en la vida si no se fecundan con un sentimiento de amor, y que el entenderlo, se ofrece en total entrega a los de abajo.

Si la vida de Hidalgo hubiese terminado aquí, sería la suya una de las vidas más altas y más puras, la de un sabio troncado en misionero o la de un santo laico de la cultura mexicana.

Pero hay un segundo acto de su vida, breve y luminoso.                                                                                           


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Número 35 - Noviembre 2019
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