Se encuentra usted aquí

Casas

Martes, 11 de Diciembre 2018 - 13:15

Autor

luisa-ruiz.jpg
Luisa Ruiz

Compartir

casas_1.png

Soné con casas. La de Rosario, la de Martha, la de Magdalena, con la nuestra.

 

La nuestra, era una construcción común, grande, de puertas siempre abiertas y no en la forma educada de invitación, abiertas sin cerrojo, sin picaporte, sin llave, sin necesidad de sonar el timbre. Algunas veces, cuando la puerta se cerraba, era muy fácil trepar por la barda y saltar hacia adentro, al patio de servicio.

 

Era muy normal encontrar al vecino de enfrente, sentado a la mesa de la cocina, tomando leche o comiendo pan, solo, sin esperar a nadie. O al vecino de atrás, que saltaba la barda de su casa y brincaba al jardín de la nuestra. Nadie impuso el horario, se hizo costumbre que sábados por la mañana y de lunes a viernes, de cuatro a siete, a esa casa entraban y salían chamacos, vecinos todos, amigos todos de todos; patines, bicicletas, patinetas, pelotas, raquetas, canicas y muñecas se podían ver en la acera o en la cochera.

 

La calle de la casa de Rosario, es todavía una calle con un camellón central. Aquellos árboles gigantes daban tanta sombra y frescura que era una delicia pasear en las bicicletas en el más cálido verano de vacaciones. Cruzar la puerta de la casa de Rosario, era como entrar en un mundo boscoso dentro de la ciudad, la luz en esa casa era única y el sonido de las ramas de los arboles era la mejor música que se podía escuchar una tarde cualquiera.

 

La casa de Martha, esa majestuosa colonial construcción, una edificación de cantera rosa con espacios abiertos que permitían la vista de una pequeña fuente al centro. El comedor, parecía un pasillo informal en donde vivía una imponente mesa para muchas personas, a la hora de la comida, nos servían en platones elegantes con cucharotas de plata. En esa casa todo era elegante, aunque nunca se sintió tan formal como para no disfrutarla; en el jardín había otra fuente y una especie de capillita. Recuerdo haber pasado tardes con Martha y su hermanita, en la cava del papá, comiendo jamones serranos que colgaban sobre la barra y quesos de todos sabores.

 

La casa de Magdalena, otra grandiosa construcción en el cerro. Colonial, boscosa, alejada del ruido de la ciudad. Silenciosa hasta que llegaban los amigos de todos los hijos de la familia. Fiestas alrededor de la alberca, saloncitos para platicar. Todas las recámaras veían al jardín y los caminitos para recorrerla parecían sacados de un cuento mágico, flores de colores por todos lados, macetitas, adornos bien bonitos por toda la casa.

 

Son las casas de otros tiempos, algunas ya no existen en su construcción o no existen porque la gente que vive ahí, ya cierra la puerta con candados y colocó alambres protectores en las azoteas.

 

Lo mejor de todas esas casas, es que siempre estuvieron vestidas de sonrisa. La que despareció, se llevó entre las piedras la alegría de tantos y tantos que fuimos siempre bienvenidos, despareció callando para siempre las risas y sus paredes se llevaron los secretos contados, las confidencias lloradas y en sus suelos queda, el recuerdo de los niños que ya no somos.

 

En las que quedan de pie, se escuchan ruidos extraños y vientos que murmuran, los nuevos habitantes, no saben que es la energía que se quedó impregnada en las escaleras, en las esquinas, en la acera y en el timbre que no hubo necesidad de sonar.


Leer también


Número 24 - Diciembre 2018
portada-revista.png
Descargar gratis