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Cartas a Tota CLI

Viernes, 04 de Octubre 2019 - 08:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El otro día se murió la señora del 38, que era muy apreciada en la vecindad porque siempre estaba contenta y era muy bromista. Pero precisamente eso estuvo a punto de causar una tragedia. Vas a ver.

         Como tenía mucha familia y, además, todos los vecinos querían asistir al velorio, el portero les dió permiso de hacerlo en el patio (Mediante una “cooperación” para las obras de la vecindad, por supuesto).

 Se juntó una cantidad de gente impresionante¸ y aunque unos llegaban y otros se iban, siempre estuvo el patio lleno. Pues en el momento en que había más gente, la difuntita se levantó (Orita te explico), y se puso a pedir perdón (A gritos. Imagínate el barullo que se armó) al padre de uno de sus hijos que no era su marido por no haber dicho la verdad.

Algunos empezaron a gritar, asustados, y otros salieron corriendo. Pero enseguida volvieron, pues pudo más la curiosidad que el miedo. La difunta seguía hablando de lo suyo, y los vecinos se miraban unos a otros, no sabiendo si creer lo que oían (Más bien, tratando de adivinar de quién se trataba). Por fín, el del 43 se levantó y pidió perdón por no haber ayudado a la mujer en su problema. Luego se levantó el marido de la muertita, que hasta entonces no había abierto la boca, y le reclamó al del 43 (Que, dicho sea de paso, era su mejor amigo) por haberle puesto los cuernos sin avisarle. ¡La que se armó! Unos, a favor del señor del 38, y otros a favor del del 43. En unos minutos se formaron dos bandos, empezaron a insultarse unos a otros, y los del 56 (los incróspidos) se reían de todos; luego, unos aventaron un vaso (ya sin piquete, claro); otro les contestó y estuvo a punto de armarse una gresca de consecuencias imprevisibles.

         Entonces se oyó una carcajada muy fuerte, que los paralizó a todos. ¿Y qué crees? Que la muertita se quita el sudario que la cubría, y salió uno de los ninis de la azotea pintado de muerto; y otro muestra un micrófono con el que estaban haciendo efectos de ultratumba. La gente se quedó más asustada que antes, si cabe. Y los ninis, entre risas, explicaron que la señora del 38 era muy bromista, y que quisieron despedirla por todo lo alto. Los vecinos suspiraron, aliviados; se abrazaron, arrepentidos de haber estado a punto de llegar a las manos, y rieron  la ocurrencia de los muchachos.

         Pero ni el marido ni el otro rieron. Al contrario, se miraron amenazantes y con  ganas de pelea. Pero los vecinos fueron a decirles que todo era una broma, que no valía pelear por tan poca cosa. Y, en apariencia, aceptaron la explicación. Pero, aquí entre nos, ¿por qué el del 43 se levantó a confesar una culpa que no tenía? ¿Estaba de acuerdo con los muchachos? Eso nadie lo supo explicar.

         Total que, pasado el velorio y el entierro, los dos hombres han seguido tratándose como si nada. Pero el del 38, cuando se encuentra al otro en la escalera, siempre le mete zancadilla, y ya en una ocasión el del 43 rodó todas las escaleras; y aunque miró con suspicacia al otro no dijo nada, y lo único que hace es no acercársele mucho. Pero el del 38 lo invita todos los sábados a la cantina, y allí se pasan las horas platicando (De alguna forma tengo que llamar a lo que hacen, porque el del 43 casi ni abre la boca) de su infancia, de sus días de escuela y de no sé cuántas cosas más. Aquí, entre nos, yo creo que el del 38 lo quiere emborrachar hasta que el otro diga la verdad. Pero el del 43 o aguanta un piano (No sé qué tiene que ver un piano aquí), o no tiene culpa de nada y estaba de acuerdo con  los ninis. Yo no sé qué pensar; sólo espero que no pase nada, porque los hijos del señor del 38 miran al del 43 con verdadero odio. ¿Y si luego resulta que alguno de ellos sí es hijo del señor del 43? No quiero ni pensarlo, así que mejor me despido hasta la próxima.

Te quiere

Cocatú

 


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Número 34 - Octubre 2019
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