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Cartas a Tora XXXVI

Viernes, 12 de Mayo 2017 - 16:30

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Soy un héroe. Así como lo oyes: un héroe. Y tú que siempre me estás diciendo que soy muy poquita cosa, que soy un cobardón, que debía plantarle cara al innombrable y darle una paliza. Pero no, no es necesario recurrir a la violencia por el amor de una mujer para alcanzar la categoría de héroe. Te voy a contar.

Hace tiempo que los vecinos se quejan de que el gas no les alcanza; que antes el tanque les duraba tal número de días, y ahora dura mucho menos. Y les han reclamado a los que vienen a entregar los tanques; pero ellos dicen que no saben nada, que se quejen a la compañía. Todos se han quejado, y casi todos los días alguno habla para decir que su tanque no venía lleno. En la compañía les contestan que los tanques salen completos, que revisen sus conexiones y sus tubos etc., etc. (Ya hasta hicieron una grabación con una voz muy amable, que les ponen en cuanto saben de qué se trata). Todos revisaron sus conexiones y casi todas estaban bien. Pero el problema persistía y los pobres no sabían qué hacer.

Una noche estaba yo en la azotea pensando en ti, imaginando cómo te verías bañada por la luz de esta luna tan romántica, tan sensual, cuando veo que una sombra salta a la azotehuela del 33. Casi me dio risa. En el 33 vive una vieja desdentada y maloliente. ¿Quién podría pensar en una cita clandestina con ella? Me acerqué a mirar. La sombra no estaba en apasionado trance con ella; estaba manipulando los tubos que llevan el gas del tanque a la estufa. Primero le hizo un agujero al tubo; luego le puso una manguerita y el gas que escapaba lo echaba en un depósito que llevaba. Me quedé patidifuso (¿No te gusta esta palabra? A mí me encanta), y allí estuve hasta que la sombra terminó (sería una media hora). Luego le puso un chicle masticado para tapar el agujero y se fue. ¿A dónde crees? A la azotehuela del 34. Y allí hizo lo mismo. ¡Estaba ordeñando los tanques de los vecinos!

La cosa me intrigó, y seguí a la sombra hasta que se retiró. Entonces me di cuenta de que era uno de los guaruras del “Administrador”. Pero, ¿para qué quería el gas? No tardé mucho en enterarme, porque dos días después la vieja del 33 y el señor del 34 se quejaron de que se les había acabado el gas y no tenían con qué calentar su cafecito (no dijeron nada de bañarse ni de lavarse la cara). El guarura ese se les acercó misteriosamente y les ofreció venderles un poco de gas, mientas les surtían los tanques nuevos. Claro que aceptaron, porque sin su cafecito ni uno ni la otra funcionan. Yo estaba francamente escandalizado; pero no podía decir nada, porque descubrirían que no soy gato, sino un “alien” disfrazado (Alien es un ser de otro planeta. Van a estrenar una película de uno de esos; creo que es la quinta de una serie muy exitosa. Habrá que verla, para saber cómo nos imaginan estas gentes).

Esa tarde les trajeron los tanques y al día siguiente la del 33 ya no tenía gas. Empezó a sospechar, y esa noche vio a la sombra que saltaba a su azotehuela. Le pegó con el bastón, con la plancha y hasta con el soplillo, que lo único que hizo fue arañarle la cara, y luego lo llevó con el “Administrador”.

El portero lo puso como Dios puso al perico (o séase, verde). Cuando la vieja se fue, lo calificó de traidor y de desagradecido, y le dijo que esos negocios eran exclusiva de él, no propiedad de un guarura aventado y desaprensivo; que, en lo sucesivo, fuera a ordeñar en las otras vecindades y trajera el gas a vender a la nuestra, a menor precio que la compañía, con lo que haría una labor social que los vecinos le iban a agradecer; que lo que sacaran de la venta se lo diera a él y que él se encargaría de repartirlo. Porque, además, les dio depósitos y chicles a todos sus guaruras y los mandó a trabajar en cuanto se hizo de noche.

Yo los seguí, a ver cómo les iba. Y les fue muy bien. No sabes cuánto recolectaron esa noche. Y aquí entro yo. Uno de los guaruras no le supo poner el chicle al tubo (yo creo que no lo masticó bastante, o el sabor no era el adecuado), y se cayó. El gas empezó a salir, y en unos minutos aquello apestaba a… a los que tienen los esfínteres flojos. Era muy peligroso, y yo intenté tapar el agujero con las patas, pero el gas se me iba entre las garras. No me quedaba más que morder el tubo. Y lo mordí.

No sé cuánto tiempo estuve ahí, tragándome el gas que salía por el agujero, que ya me sentía como globo a punto de despegar. Afortunadamente, quedaba muy poco gas y no tuve que lamentar ninguna desgracia. Pero acabé borracho, haciendo “eses” (la “ese” es una letra que parece serpiente sin enroscar) al caminar; y para saltar a nuestra azotea tuvieron que empujarme, porque aquello me parecían las fauces del infierno.

Casi nadie se enteró de lo que hice. Sólo la gatita rubia, que ya volvió a buscarme y me lengüeteó todo, agradecida por haberle salvado la vida a todos los gatos de las azoteas (y a todos los vecinos, diría yo). No te burles. Había poco gas, pero yo no lo sabía. Lo importante fue el hecho. Y si la gatita rubia lo comprende, no veo por qué tú no, que eres más inteligente que cualquier animal. Te lo he contado, no por presunción, sino para que veas con quién estás tratando.

Te quiere,

                 Cocatú


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Número 33 - Septiembre 2019
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