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Cartas a Tora XXXV

Viernes, 05 de Mayo 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Hoy te voy a contar de una planta que creció mucho, demasiado; y de los problemas que eso causó. Se llama bugambilia, y da muchas flores de color, precisamente, bugambilia. Ya sé que tu no conoces ese color; pero imagínate que es casi morado, sin llegar a tanto; o un rojo mezclado con azul, sin que ninguno predomine. También las hay blancas y anaranjadas; pero esas no tienen chiste, porque son colores que conoces muy bien.

Esta planta estaba en un barril; pero al crecer lo rompió y echó raíces en el suelo. Y siguió creciendo. Llegó el día en que tapó la puerta del 14, y ya los inquilinos tenían que entrar por la ventana de la recámara de la abuela. Pero cuando también empezó a tapar ésta, a los inquilinos se les ocurrió podarla. El administrador vino a decirles que no podían atentar contra la integridad de la planta sin permiso de la autoridad. El presidente del Consejo dijo que necesitaban la autorización del pleno para quitar una sola rama. La enfermera afirmó que era un atentado a la salud pública, porque con esas flores hacía un cocimiento muy bueno contra la tos.

Este argüende tardó varias semanas y entrar por la ventana se hizo imposible. Los inquilinos tenían que utilizar un tragaluz que da al baño, con las consiguientes molestias de ser descolgados sobre la regadera; sobre todo, cuando alguien se estaba bañando. Y la abuela, cuyo volumen no le permitía pasar por el tragaluz, se convirtió en un problema. El día que cumplió 80 años le hicieron una misa de acción de gracias, y no la podían sacar de la vivienda. Al nieto más pequeño se le ocurrió engrasarla, y compraron vrios kilos de manteca de puerco para untarla toda; y así la sacaron, unos empujándola y otros jalándola. Lo lograron, pero les salió carísimo; además de que olía mucho, y la iglesia se llenó de moscas. Así que después de la misa la metieron, y le dijeron que no volvería a salir hasta que pudieran utilizar la puerta. La señora se enojó, y dijo que si no la dejaban salir no se iba a vestir, que para qué; y andaba todo el día en ropa interior. Imagínate cuando tenían visitas: la tenían que encerrar en el armario, y ella se lo pasaba gritando que la sacaran, que allí se aburría mucho. Y las visitas se iban sin terminar siquiera su taza de café.

La situación se hizo insostenible, y los inquilinos exigieron una solución. El administrador y el del 7 dijeron que había que consultar el Reglamento, y mandaron al nieto más chico a traerlo. Pero el niño tardaba y tardaba; y tuvieron que darles unas chelas para que no se impacientaran. Por fin, supíeron que el niño no podía con el Reglamento; y que había ido a buscar a su amiguito del 38 para que lo ayudara. Y allí los vieron venir a los dos, jalando una carretilla con el libraco ese.

Lo consultaron, y se enteraron de que lo primero que tenían que hacer era llevar a un perito biólogo certificado por las autoridades correspondientes para determinar si el árbol estaba en condiciones de ser podado. Fueron a la Delegación a pedir el perito biólogo; y les dijeron que cómo no, pero que tenían que esperar turno, y que tardarían alrededor de 19 meses en mandárselos, por la excesiva carga de trabajo que tenían. Regresaron a la vecindad desalentados: en año y medio la abuela se podía morir, ¿y cómo iban a sacar el cadáver de la vivienda?

El chavo del 7, que se las sabe todas, les dijo que no se apuraran, que todo eso se podía resolver dando una mordida a la persona apropiada.

Ya te estoy oyendo. Apuesto que estás pensando que cómo iban a morder a alguien, y que cómo es posible que así pudieran convencerlo. No, mi amor, aquí, una mordida es dar dinero a alguien para obtener un favor (también significa hincarle los dientes a algo, pero éste no es el caso). Pero hay que saber a quién morder; porque si no, la persona mal escogida puede denunciarte por intentar sobornarlo, y entonces te cuesta más.

El chavo se encargó de todo, y un día anunció cuál iba a ser la mordida. Los inquilinos cayeron desmayados. Pero abrir otra puerta en la vivienda iba a ser una mordida más grande, y tuvieron que apechugar. El perito les avisó qué día se iba a presentar, y les advirtió que no debía haber ningún nido en el árbol; y que si lo había, tendrían que hacer otro trámite (léase mordida).

La bugambilia estaba libre de pájaros. Pero resulta que la noche anterior a la visita del perito una familia de gorriones se aposentó en las ramas más altas. El primer impulso de los inquilinos fue traer algunos gatos de la azotea para que se los comieran; pero luego pensaron que a lo mejor quedaban rastros de la carnicería, y que tendrían que ir a declarar a la Delegación, y a lo peor hasta los acusaban de homicidio.

En esas estaban cuando llegó el perito. Entonces, la familia cogió el nido, que tenía cuatro huevitos, y lo escondió en la cama de la abuela. El perito quiso examinar la bugambilia rama por rama, pero le dieron una mordidita y les firmó la autorización para podarla.

Inmediatamente, los inquilinos y otros vecinos se pusieron a trabajar, y limpiaron la ventana y la puerta; y en vez de aquella exuberancia de flores y hojas quedó un tronquito flaco, escuálido y, al parecer, herido de muerte. Las flores se las llevó la enfermera para sus cocimientos, así que algo quedó de bueno.

Pero no fue lo único. Esa tarde, los huevitos que había en el nido se abrieron y salieron cuatro polluelos raquíticos y entecos, piando desesperadamente. Y como la madre había huido al oir lo de los gatos, se creyeron que la abuela era su madre, y se le metieron dentro de la ropa interior. Al principio le hicieron cosquillas solamente, pero luego le empezaron a molestar, y la vieja no tuvo más remedio que vestirse. Entonces se le metían en los bolsillos del delantal, se le colgaban de las orejas y se le enredaban en el pelo. Y ella los alimentaba, feliz de poder ocuparse de alguien. Por fin, echaron a volar; pero regresaban después, en busca de comida. Y llegó el día en que llegaron con todas sus crías, y daba gloria ver a 50 pajarillos en la ventana, piando alegremente y revoloteando en cuando la vieja se asomaba.

La señora les echaba casi un kilo diario de arroz. Pero le salía más barato que alimentar a sus hijos cuando venían a verla, también con sus crías, que eran como 30 bocas hambrientas. Y no se conformaban con granitos de arroz.

Después de todo, el asunto de la bugambilia tuvo un final feliz. Porque el tallo aquel que quedó en la maceta está empezando a retoñar. La vida sigue. Y me da mucho gusto.

Te quiere,

                Cocatú


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Número 33 - Septiembre 2019
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