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Cartas a Tora XXXIV

Viernes, 28 de Abril 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Por primera vez, al administrador se le ocurrió hacet un festival para las viejas de la vecindad. El pretexto fue festejar el Día de la Mujer. Todas se alborotaron cuando lo supieron, pues nunca nadie se había acordado de ellas. Y más se alborotaron cuando supieron de qué se trataba: el espectáculo de “Just For Women”. Apuesto a que te quedaste como ellas al principio, sin saber lo que eso era. Pero una de las muchachas les dijo que eso era inglés (otro idioma que se habla en algunos países, y que cada día nos invade más), y que significaba “Sólo Para Mujeres”. La viejas se sintieron defraudadas. “Ha de ser una clase de cocina”, dijeron unas. “O de costura”, pensaron otras. La muchacha tuvo que decirles que no, que era un espectáculo en que un grupo de chavos muy buenotes se desnudan lentamente ante ellas, y hacen algunas picardías. Ahora sí, el entusiasmo fue general. Los señores protestaron, afirmando que era sucio e inmoral; pero ellas los callaron y les prohibieron opinar. Total, que el espectáculo se hizo, pero a los hombres les dieron unos pesos para que se fueran a la cantina y no las molestaran.

¡Ay, manita, hubieras visto! Doscientas viejas enardecidas por el alcohol, porque a todas les dieron por lo menos una “cuba” (con muy poquito ron, pero con mucha imaginación) esperando verles el cuero a ocho chavos con cuerpos esculpidos a mano en el gimnasio. Apenas salían a escena empezaba el griterío (de las demás vecindades se asomaban a ver qué pasaba, y todas se quedaron en las azoteas a ver qué pescaban); y cuando ellos aventaban una pieza de ropa, aunque fuera la corbata, se la disputaban y la destrozaban y guardaban los cachitos. Hubo una señora que estuvo todo el tiempo con la boca abierta y que dijo “Nunca había visto una cosa así”. Y le contestaron: “Pero tu has tenido tres maridos”. “Sí”, contestó ella, “pero siempre fui muy penosa, y nunca dejé que encendieran la luz. Sentía lo que me hacían, pero nunca supe cómo ni con qué”. “¿Y así tuviste once hijos?. “Con el favor de Dios”, admitió. Luego subió a preguntar a los chavos muchos detalles, que no te cuento porque son muy parecidos a los nuestros; y esos te los voy a enseñar yo algún día, con el favor de Dios también.

Hubo un incidente muy penoso con la vieja del 54, que es auténticamente vieja, gorda y fea. Se entusiasmó tanto que se subió al escenario, sujetó a un güerito por los hombros y le dio un beso que sonó como un disparo. El chavo quedó tan sorprendido que se cayó de espaldas (con ella encima) y se dio en la maceta. En forma figurada y en forma literal. En forma figurada, a la choya se le dice maceta (¿Por qué? Me gustaría saberlo); y cayó sobre una maceta de la del 14, que es una morbosa, y que se rompió toda. Lo malo fue que esa maceta tenía una planta carnívora, y en cuanto vio al muchacho se olvidó de las moscas y cucarachas que suele comer y se fue sobre él. Pero era muy chiquita, y no podía devorarlo, lo que se dice devorarlo. Pero sí le dio algunas mordidas en la cara y en el pecho, y ya iba más abajo. El chavo empezó a gritar “¿De qué voy a vivir? ¿De qué voy a vivir?”. Eran mordiditas, pero seguro que iban a dejar cicatrices. Entonces, la del 54 se puso a pelear con ella; y en menos de lo que te cuento la destrozó y se la comió “para que viera lo que se siente”. El administrador quiso ayudarla; pero resultó mordido, no por la planta, sino por la vieja.

No hubo mucha sangre, pero el muchacha se quejaba a gritos (aquí entre nos, yo creo que quería una gratificación). La del 54 le dijo que lo iba a curar, y se lo llevó a su vivienda (que ni siquiera barre, porque vive sola). Y en la noche oímos gritos pidiendo auxilio que no nos dejaron dormir. En cuanto amaneció fueron algunas vecinas a ver en qué podían ayudar; pero la vieja salió a decirles que no pasaba nada, que el chavo era muy coyón y que en cuanto le ponía alcohol empezaba a quejarse.

Así estuvimos varios días. Mañana y tarde salía la vieja con cara de angustia a comprar curitas, vendas, alcohol y mertiolate; y decía a las demás que la fiebre no cedía, y que iba a tener que ponerle penicilina o alguna cosa más fuerte. Las vecinas le sugirieron que llamara al médico, pero ella dijo que no era necesario, que ella se había criado en el campo y había curado muchas vacas. Y cada vez que entraba a la casa, de vuelta de la farmacia, el chavo gritaba “¡Ya no! ¡Ya no! Ten compasión”. A poco salía la vieja y decía a las vecinas que no se angustiaran que eso era signo de mejoría.

Los vecinos estaban cada día más preocupados, y hubo quien propuso llamar a la policía. Yo me propuse averiguar la verdad, y un día me metí a la vivienda. A los gatos nos dejan andar por todos lados y ni se fijan en nosotros. ¿Y qué crees? El muchacho estaba amarrado a una cama, desnudo aunque hiciera frío, “para no perder tiempo”, dijo la vieja, a quien en ese instante empecé a llamar “La Insaciable”. El muchacho me miraba y me miraba, y a mi me daba una lástima… “Si pudieras ayudarme”, dijo. Y yo pensé que sí, que podía ayudarlo.

Revisé toda la vivienda, pero no encontré ni un lápiz, ni una hoja de papel. Yo creo que la vieja no sabe ni escribir. Fui con los vecinos y estaban por el estilo. Pero una de ellas tiene hijos que van a la escuela; ahí me apropié de lo que necesitaba y, como pude, se lo llevé al chavo. El se me quedó mirando, como si no pudiera decidir si era yo un gato inteligente o un engendro del diablo; pero luego escribió un nombre y un número de teléfono. “Hace tres años me peleé con mi mamá y me fui de la casa”, me dijo, “para poder dedicarme a lo que me dedico. Pero ahora, necesito a mi mamá”.

Yo cogí el papel con los dientes, y fui a ver a quién se lo entregaba. Lo anduve arrastrando toda la tarde, porque nadie me inspiraba confianza; y el “administrador”, menos que nadie. Por fin, fui a la vivienda de la mocha y me puse a rascar la puerta. No me abría; pero no por mal corazón, sino porque no estaba. Por fin regresó, vio el papel y se me quedó mirando, esperando que le dijera qué era eso. Yo empecé a caminar hacia el 54; y al cabo de un rato ella me siguió. Cuando llegamos, el chavo estaba gritando, y las vecinas le confiaron a la mocha sus temores. Ella tomó una decisión enseguida, y se fue a la caseta telefónica que está en la esquina.

Al rato llegó una señora muy bien vestida en un coche grande y brillante. La mocha la esperaba en la puerta. Hablaron, la señora se echó a llorar; luego se limpió las lágrimas y se fueron las dos al 54. El chavo seguía gritando, y te partía el alma. Entonces, la señora abrió la puerta de una patada y entró. Se oyó un escándalo horrible, y la Insaciable salió corriendo en paños menores (muy menores); luego salió la señora llevando a su hijo. La tuvieron que ayudar a llevarlo al coche. Allí abrazó a la mocha y no sé qué tanto le dijo, porque el escándalo que armaban las vecinas no me dejó oir; pero debe haber sido algo muy tierno, porque todas se echaron a llorar.

El administrador los observaba de lejos, y no se atrevió a acercarse. Pero cuando se fue la señora, corrió con la mocha, a indagar qué había pasado. Lo bueno fue que la mocha todavía estaba llorando, y no se entendió lo que le dijo.

Una cosa aprendí de estos sucesos: que entre los humanos el amor maternal es como entre nosotros. Y eso habla en favor de ellos.

Bueno, cariño, te dejo con el buen sabor de boca de este asunto. ¿Y quieres que te diga una cosa? Creo que empiezo a comprender (y a disculpar) a tu mamá.

Te quiere,

            Cocatú



Número 29 - Mayo 2019
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