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Cartas a Tora XLVIII

Viernes, 04 de Agosto 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         ¿Te acuerdas de lo que le pasó al perro del portero? Pues eso fue sólo el principio. A los dos días de comer puro arroz y caldo perdió todos sus atributos de bravura. Y si algún gato pasaba cerca de él, salía corriendo y chillando a esconderse en el fondo del patio. Daba lástima verlo.

Al portero no le daba lástima, le daba coraje. Decía que había comprado un perro digno de tal nombre, y le habían entregado un ratoncito. ¿Y sabes qué? También lo tenían con pañal; y le dieron una campana, para que avisara sin tener que gritar y enterar a toda la vecindad de lo que ocurría. En cuanto se repuso un poco, llevó al perro al King’s, para que le dieran chicharrón. (No era un premio el chicharrón . Se dice así cuando se priva a alguien de la vida). Y en la fonda ofrecieron un guisado de chicharrón recién hecho con nopales jóvenes y chile de árbol, que la gente se chupaba los dedos; pero sólo alcanzó para dos días, por la gran demanda que tuvo.

El muchacho que pasea a los perros se olió algo, porque le desapareció un perro de los grandes, sin que nadie supiera ni cómo. Y lo tuvo que pagar a sus dueños (con trabajo, porque dinero no tenía).

 ¿Y qué crees que averigüé? Todos los guaruras son parientes del portero. De los ocho, seis son hijos suyos (Parece que de diferentes mujeres, pero todavía no estoy seguro). Los otros dos son sobrinos. Por eso se hace de la vista gorda (¿por qué no flaca?) con todas las patas que meten (siempre y cuando no les cuesten dinero, claro). Y cuando alguno tiene problemas con un vecino, le da la razon a él; lo primero que alega es que sus guaruras han estudiado sistemas de seguridad y de defensa y los vecinos no, y, por lo tanto, el vecino está equivocado. Por ejemplo, un día que un guarura le dio una nalgada a la Mocha, ella se fue a quejar con el portero: pero él la convenció de que se lo había imaginado, o que había sido el diablo, no me acuerdo. Y juró por sus muertitos que sus guaruras llevaron varios cursos de Comportamiento Humano. Ella alegó que tenía toda esa zona colorada e inflamada. El portero la quiso ver, pero a ella le dio pena; dijo que ella era muy decente, y se fue a poner unas compresas calientes para bajar la inflamación.

La Mocha se quiso desquitar y días después agredió al guarura en la misma forma. No con la mano, porque sus dedos no pueden tocar la anatomía glútea de nadie, y le dio con un tacón de aguja que más parecía puñal. Entonces fue el portero a reclamarle y salieron todas las viejas al oir el escándalo. Y delante de todas, el portero le bajó los pantalones (y los chones) a su hijito. La Mocha se volteó, horrorizada, pero las otras viejas lo miraron de arriba abajo y de un lado a otro, y dijeron que estaba inflamadísimo; y todas se ofrecieron a ponerte paños calientes con manzanilla. La ganona fue la del 33, que tuvo al muchacho toda la noche en su vivienda, atendiendo sus heridas. Acabaron cuatísimos,y ahora pasa él todas las noches a que le cambie las vendas y curitas que le puso. Y la Mocha, haciendo corajes mientras tanto.

Al portero se le bajó el coraje y le quitaron el pañal, pero juró que nunca les volvería a traer un perro para las labores de vigilancia; y que si lo querían, que lo compraran los vecinos. Y que lo alimentaran, pues él no era beneficencia pública. Nadie quiso tomar la responsabilidad, y se conformaron con los perros que hay en la vecindad que, por lo menos, hacen mucho ruido.

Pero no te imaginas lo que pasó. Una noche vino la Flor del Mal a buscar al chavo del 7, porque ya se le había acabado el dinero. Venía algo achispada (por eso se le acabó el dinero, seguro). Al entrar no se fijó en un perrito pequeño, una porquería que no levanta veinte centímetros del suelo, y le pisó la cola. El chucho (es una forma despectiva de llamar a los perros) fue corriendo a buscar al perrazo del 38, que le anda echando los perros (no te confundas, ésto significa otra cosa) y se lo trajo para ladrarle a la mujer. En diez minutos estaban todos los perros de la vecindad contra ella, y la arrinconaron en la orilla del agujero del patio, que da un paso más y se cae. Muchos vecinos fueron a ayudarla (en realidad, iban a ver qué agarraban); pero los perros estaban muy enojados y los mordieron a todos. La cosa se puso fea. El portero no sabía qué hacer, y ya iba a pedir prestada una escopeta para echárselos a todos. Uno de los guaruras sugirió bañarlos con gasolina y echarles un cerillo, pero todos los vecinos se opusieron porque era peligroso. Alguien propuso llamar a los bomberos, y que a manguerazos los ahuyentaran pero, ¿y si el manguerazo lo recibía la Flor y veía su tallo tronchado?

En eso llegó el chavo del 7. Al ver la situación se metió entre los perros, y a cachuchazos los ahuyentó. Nadie lo podía creer. No cabe duda de que tiene un talento especial para dominarlos. ¿Te acuerdas lo que te conté de…? Si no te acuerdas, busca en mis cartas anteriores (que espero las estés guardando, y refresca tu memoria. Y si no, a ver qué haces).

 El portero se vio obligado a felicitarlo y la Flor se desmayó en sus brazos, como las bellas de las películas antiguas al borde del abismo. El chavo se la llevó al hotel, porque su mamá no permite que una mujer como esa entre en su casa, y la veló toda la noche, hasta que despertó en sus cinco sentidos.

Pero el portero sigue enojado y jura que se las van a pagar el chavo, la Mocha, los vecinos y los perros. Por lo pronto, ya avisó al King's que anuncien el especial del día: “Chicharrón With Young Nopalitos and Black Frijoles in Green or Red Salsita”. A ver qué les da ahora.

Te quiere,

                Cocatú


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Número 33 - Septiembre 2019
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