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Cartas a Tora XLII

Viernes, 23 de Junio 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El portero se está esmerando. El sábado pasado nos trajo una película que se llama “Me Ha Besado un Hombre”, que estuvo muy divertida. Es viejísima, pero los enredos funcionan muy bien, y nos reímos mucho. Los vecinos se quedaron con la boca abierta al darse cuenta de que yo, un triste gato, estaba viendo la película; y cuando me reí, se les cayeron los ojos (Hablo en forma figurada, por supuesto).

El otro día el portero recorrió toda la vecindad, preguntando a los vecinos qué necesitan, qué ideas tienen para mejorar la convivencia y cosas así. Es la primera vez que lo hace, y los vecinos se quedaron más asombrados que cuando me vieron reir (Ellos no saben que tiene propósitos ulteriores, y quedaron muy bien impresionados). Pero hubo un prietito en el arroz (Eso significa que surgió un problema, no que hubieran comido arroz), No sé si te he dicho que en uno de los patios traseros, en el piso alto, vive una familia de gordos; y un día que salieron a comer, la abuela ya no pudo entrar a la vivienda, porque no pasó por la puerta. Varios vecinos fueron a empujarla, pero fue imposible. Entones, la familia le armó una tiendita de campaña con plásticos y cobijas, y allí vive desde entonces. El portero no se había dado cuenta, hasta el día que hizo ese recorrido. Se enojó muchísimo, porque “estaba ocupando un espacio que es de todos y obstruyendo el libre tránsito”. En eso tenía razón, porque la señora tenía el pasillo invadido con sus cosas; y para pasar, los vecinos tienen que caminar por el barandal, con lo peligroso que es eso, y lo que enseñan las mujeres cuando se ponen falda (A las horas pico, en la planta baja se juntan todos los hombres del patio y alguna que otra mujer a ver el desfile de piernas y pantaletas, y ovacionar a las que más les gustan).

El portero exigió a la familia que quitaran a la abuela de ahí o que les aumentaría la renta, para hacer una desviación en el pasillo y que todos pudieran transitar libremente. La señora se puso a gritar y se le sentó encima, que le sacó el aire y todo lo que tenía dentro; y si no lo mató, fue porque entre todos los vecinos le pusieron una palanca y la levantaron. La familia dijo que no podía pagar un centavo más, pero el portero no se apiadó de ellos. Rogaron, suplicaron, y ya estaban a punto de irse a las manos cuando el guarura con aspiraciones políticas le dijo algo al oído al portero (Aquí entre nos, lo que le dijo fue que si quería que votaran por él, les diera algo, lo que fuera. Yo lo oí). El portero reacciónó y cambió de actitud: les pidió que quitaran a la señora de ahí, y que ya hablarían. La familia estuvo de acuerdo, pero ¿dónde meter a la señora? ¿Por qué puerta podría pasar?

Y sucedió lo increíble: el portero les dijo que la bajaran a la portería, que tiene puertas dobles más anchas. Lo malo era que la señora tampoco pasaba por la escalera. Tuvieron que traer un malacate y bajarla entre todos al patio. Luego, rodando más que caminando, la llevaron a la portería. Logró entrar, abriendo bien las dos puertas y engrasándolas, para que la señora resbalara. Rompió tres sillas, y finalmente la pusieron sobre un petate. La señora se puso a llorar, porque la separaron de sus hijos y nietos. Pero el portero mandó traer del King’s una olla de “White Pozole American Style Seasoned with Catsup”, y la consoló un poco. (Lo más grande fue que él paó de su propio bolsillo esa olla y tres más que hubo que traer para darle de cenar). Allí se quedó esa noche; sólo pidió a los parientes que le trajeran cobijas, porque a él no le alcanzaban para taparla completamente.

Allí estuvo la señora tres días, comiendo cuanto quería. Y el cuarto día, cuando su nietecita le bajó una taza de café, ya no la encontró. Todos los parientes bajaron despavoridos, preguntando si se la había llevado el nahual o si se la habían comido las ratas. El portero los tranquilizó diciendo que le había encontrado un trabajo, y que no tendrían que preocuparse más por ella; que ya era auto-suficiente. Fue difícil que los parientes aceptaran que una mujer que “lo único que había hecho en su vida era tragar” hubiera encontrado un trabajo. El portero los convenció enseñándoles unos volantes de un circo que anunciaban a “La Mujer Más Gorda del Mundo”, con una fotografía de la abuela en traje de baño. Sintieron que se hubiera ido porque, en realidad, la querían. Pero también se alegraron, porque les quitaron un peso de encima; y todos prometieron ponerse a dieta y hacer ejercicio para bajar de peso y no ponerse como ella.

Hasta aquí, todo muy bonito. Pero yo te voy a decir la verdad, Tora querida: lo del trabajo es cierto a medias, porque lo que hizo el portero fue vender a la abuela al circo. Y les dio factura y todo, para que, en el futuro, no puedan acusarlo de allegarse recursos para su campaña en forma ilícita. Estoy tentado de decírselo a la familia; pero, por otro lado, creo que podrían pensar que soy un chismoso y suspenderme los pellejos que me echan todos los días. Si esta gente maneja así su política, pues allá ellos y con su pan se lo coman. A lo mejor, es lo que se merecen.

Por lo pronto, me voy a ver la película de hoy, que se llama “Yo Quiero Ser Tonta”.

Te quiere,

                Cocatú



Número 30 - Junio 2019
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