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Cartas a Tora XCVIII

Viernes, 24 de Agosto 2018 - 15:30

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Ayer hubo un escándalo espantoso en la vecindad. Nunca había visto una cosa así. Y es que al capataz de los trabajadores se le ocurrió meterse con la  del 43, que vive sola y no tiene problemas, pero de todas maneras. No estoy muy seguro de dónde partió la cosa, Lo que sí sé es que a esa vieja le gusta vestirse y desvestirse con la ventana abierta. Los que viven cerca ya lo saben, y siempre la están acechando. Ella a veces cierra la ventana, cuando el que la espía es el del 46, que le cae muy mal. En cambio, a los del 41 hasta les pide que le ayuden a ponerse las medias. El güero siempre va corriendo; en cambio el otro, el morenito, se hace un poco del rogar. Pero son valores entendidos. Todos sabemos que acabará por ir. Y es que, sea lo que sea, a todo hombre le gusta tocarle las piernas a una mujer. No lo digo por mi. Yo soy gato, no lo olvides.

El caso es que el capataz se dio cuenta, y empezó a subir a ciertas horas y a acodarse en el pasillo para “observar el trabajo desde lo alto”; pero siempre enfrente de la ventana del 43. Y un día que no había nadie por ahí, se metió por la ventana sin dar explicaciones. Los del 41 se encelaron un poco, pero se les pasó pronto (Son muy buenas personas).

A partir de ese día, el capataz sube todas las tardes; y entra al 43 por la puerta, para desesperación de los vecinos. Todos van a pegar la oreja a ver qué pescan; pero se quejan de que no se oye nada. Es que se van hasta el cuarto del fondo, y se mete una toalla en la boca cada uno. No sé de quién fue la idea, pero funciona muy bien.

Así estuvieron como una semana. Pero una tarde llegó una señora muy arreglada (Para los estándares de la vecindad), que subió directamente al 43 y empezó a golpear la puerta y a gritar. Los vecinos salieron, alarmados, y se enteraron de que era la esposa del capataz y que se había enterado de lo que ocurría. ¿Cómo? Nadie sabe, nadie supo.

Al poco rato se oyó ruido dentro de la vivienda, carreras, cuchicheos… Y la señora seguía gritando, llamando a su marido todo lo que te puedas imaginar. Por fin, por la ventana de atrás salió una especie de cuerda hecha con sábanas amarradas; y el capataz se empieza a descolgar, medio desnudo, muy apurado. Pero fue a dar a la azotehuela de la Mocha, que en cuanto lo vió empezó a gritar y corrió a proteger al bebé (¿Te acuerdas? El que nadie quiso y que ella recogió); luego cogió un soplillo y le empezó a pegar. Mucho daño no le hizo, pero lo dejó todo tiznado. Total, que el capataz salió de allí corriendo y se cayó en el agujero.

Allí lo encontró su mujer, y no lo dejaba salir a fuerza de improperios y pedradas. Les dijo a los vecinos (Ya habían salido todos, hasta los del 56, que no hacían más que reírse e hipar) que era un desobligado, un desgraciado, mal padre y mal marido; que lo iba a denunciar, a acusar, a demandar, a exprimir, a quién sabe cuántas cosas más. El hombre intentó contestar; pero era tal la lluvia de insultos que optó por callarse. La del 43 le echó sus ropas, y él se vistió tranquilamente. Para entones, a la mujer se le había agotado el gas (Es una manera de hablar, no creas que es una máquina), y cerró la boca, instante que él aprovechó para salir del agujero y abofetearla. Un grito de horror  brotó de todas las bocas. El capataz redobló el castigo, le torció un brazo y pidió a uno de sus albañiles que se la llevara.

Luego, el capataz enfrentó a los vecinos y les dijo que nunca lo habían humillado tanto, que había vivido muchas situaciones parecidas, pero que nunca lo habían tratado como en esa vecindad; que no quería saber nada de ellos, que se quedaran con su agujero en el patio, porque él no iba a hacer nada. Y cuando le dijeron que quien lo había maltratado era su esposa, dijo que no importaba, que la culpa era de la mala vibra de los vecinos. Y se fue, llevándose a todos los albañiles.

El del 7 le gritó que les devolviera el dinero que ya le habían adelantado. Pero él contestó que ese dinero no compensaba el daño que había sufrido su auto estima. Quisieron echársele encima, pero los albañiles se fueron sobre ellos con los picos y las palas, y golpearon a más de ocho (Muchos más).

Total, tuvo que salir la enfermera a curar a los heridos; y en eso se fue el resto de la tarde.

Esa noche, pasadas las doce, el capataz y su mujer se presentaron en el King’s, que había cerrado temprano. Dentro los esperaba el portero, con una amplia sonrisa. Se estuvieron riendo un buen rato, recordando los incidentes de la tarde. Por fin, el capataz sacó un buen fajo de billetes y los repartió con el portero. Este lo felicitó por el éxito de la estratagema, y lamentó que no pudieran repetirla la semana siguiente; pero añadió que ya se le ocurriría alguna otra forma de quedarse con el dinero que daban los vecinos para reparar el agujero.

¿Qué te parece? Tentado estoy de contarle todo a los vecinos. ¿Pero quién le cree a un gato?

Te quiere,

             Cocatú



Número 28 - Abril 2019
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