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Cartas a Tora XCVII

Viernes, 17 de Agosto 2018 - 15:30

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Fíjate que el portero ya va a arreglar el agujero del patio. Les dijo a los vecinos que había hecho ahorros de las cuotas de mantenimiento y que ya le alcanzaba; que estaba muy justo, y que si algún vecino quería cooperar, con lo que fuera su voluntad (Como dicen los pordioseros) su ayuda sería bienvenida. Los vecinos  respondieron casi al unísono (Bonita palabra, ¿verdad?) y quien más, quien menos, todos dieron una cooperación. Menos los del 56, que en vez de echar dinero a la caja, lo sacaron, porque no les alcanzaba para su botella de ese día. Aquí entre nos, te diré que se moderaron, y ese día sólo se tomaron media botella, pues lograron que en la cantina les dispararan lo que les faltaba (¿Qué te parece este empleo del verbo “disparar”? ¿A que no te lo imaginabas?

Pues sí, el día siguiente llegó una cuadrilla de trabajadores. Y se metió al hoyo. Allí estuvieron hasta mediodía, subiendo tierra, bajando tierra, picando piedra y lavando. Nunca supe qué fue lo que lavaron, porque no me pude acercar (Ya te dije que el agua es enemiga de los gatos, y salpicaban mucho). Como a las dos de la tarde salieron todos del hoyo con cara de cansados, y los vecinos los tuvieron que invitar a comer, porque ninguno llevaba comida. En la sobremesa se fue toda la tarde, y ya no hicieron más.

El día siguiente no vinieron. Los vecinos fueron a indagar qué pasaba, y el portero mandó recado de que estaban enfermos, y les preguntó qué les habían dado de comer. Los vecinos se ofendieron y dijeron que los trabajadores eran flojos, comodinos y exigentes, y que no los querían. El portero se molestó, porque le había costado mucho trabajo conseguir albañiles eficientes y baratos, y los insultó. Los vecinos le devolvieron los insultos multiplicados por 15 (Los que habían ido a hablar con él) y estuvieron a punto de llegar a las manos (y a los pies); pero prefirieron irse a sus viviendas, a hablar mal de todos ellos.

El día siguiente los trabajadores tampoco fueron. Los  vecinos se reunieron a deliberar lo que debían hacer, pero el portero les avisó que habían mandado recado de que volverían a trabajar si les pagaban la comida en el King’s. Empezaron los gritos y los manotazos; pero prefirieron aceptar, para que taparan ese hoyo definitivamente.

Regresaron los trabajadores y se pasaron la mañana subiendo y bajando tierra. A mediodía se fueron al King’s, donde les sirvieron “Tacos of Chicken Entrails with Sauce Molcajeteada” (Total, tacos de tripitas), que resultaron muy de su agrado; y de postre “Pitahaya in Caramel Sauce”, que quién sabe de dónde sacaron la receta. Y en eso estaban cuando llegó el chavito del 33, corriendo y sofocado, a decirles que se había roto un tubo del agua “y se estaba tirando toda”, que fueran a componerlo.

El capataz vio la hora en su reloj (De oro, no vayas a pensar otra cosa) y dijo que la jornada de trabajo ya había concluído, que ese día ya no podían hacer nada, porque el sindicato se los prohibía…a menos que pagaran horas extra, sobre-precio y ´propinas colectivas para la Mesa Directiva. Los vecinos se enojaron, y enviaron al chavito a decir que no, que les parecía un abuso. Al oir la palabra “abuso”, el capataz puso el grito en el cielo, se levantó y se fue, indignado, contoneándose como “vedette” de segunda, que hasta unos plomeros que trabajaban en la casa de junto le chiflaron. Los otros se fueron, cada cual por su lado, ignorando a los vecinos que acudieron a suplicarles que los ayudaran.

Cuando regresaron a la vecindad, los inquilinos se encontraron a varios chavitos en el hoyo, jugando “a cruzar las cataratas del Niágara”. A todos ellos, los sábados los andan correteando las mamás para que se bañen; pero aquí se estaban bañando hasta vestidos. Las mamás los dejaron, diciendo que se evitarían el disgusto del próximo sábado; y, además, hasta estaban lavando sus ropas, y les quitaban ese trabajo.

Y ahí estaba el montón de viejas, riéndose de los chapuzones de sus hijos, cuando el señor del 17 se metió al hoyo y se puso bajo el chorro del agua. Hasta le aplaudieron,  porque a él también lo tienen que andar correteando los sábados para que se bañe. Lo malo fue que, ya enrachado, el del 17 se desnudó. Entonces sí que gritaron de veras las viejas (Menos la del 17, que estaba avergonzada); y las que estaban en sus viviendas salieron corriendo a ver lo que ocurría. Todas gritaban y le decían “Cochino”, “Indecente”, “Sinvergüenza” y otras palabras más floridas, pero no se iban. Allí estuvieron hasta que la esposa se metió también al chorro del agua, lo agarró por los pelos y se lo llevó con todo y ropa.

Las mujeres se estuvieron un buen rato comentando lo que habían visto. “¿Te fijaste cómo le cuelga la barriga?” “Peor le cuelgan los pectorales, que ya necesita brassiere” “Apuesto a que le da cáncer de mama”, y cosas por el estilo. El señor del 9 dijo que les iba salir muy cara el agua, que había que tapar ese tubo. Pero el del 52, que se las da de muy enterado, dijo que no, que ese tubo alimenta a la vecindad de junto; y que vieran que ellos sí tenían agua, pero los de la otra vecindad no. Entonces decidieron dejarlo como estaba y se fueron todos a cenar y a acostarse.

Los trabajadores no volvieron el día siguiente, ni al otro, sino hasta el tercero. Y, por fin, taparon el tubo. Pero de la vecindad de junto ya habían  venido a pedirnos agua “prestada”, y a pedir permiso para usar nuestros baños; que se los dieron, con la condición de que cooperaran para pagar el recibo de agua del próximo bimestre, que nos iba a salir muy alto.

Vamos a ver qué pasa ahora con el agujero. Ya te contaré.

Te quiere,

               Cocatú



Número 25 - Enero 2019
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