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Cartas a Tora XCIX

Viernes, 31 de Agosto 2018 - 15:30

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El otro día llegó una señora muy arreglada, con una muchacha bastante joven, a ver al portero. Al principio, él le dijo que no lo molestara, que se fuera; pero la señora amenazó con hacerle un escándalo si no la dejaba pasar. A mi me picó la curiosidad, y me acerqué a la ventana para escuchar.

La señora le dijo que esa muchacha era su hija, a la que ni siquiera había querido conocer. El se defendió, diciendo que cómo sabía si era cierto, y ella le contestó que no iba a perder su reputación por una mentira, que la niña era producto de un amor (Aventura, protestó él) que tuvieron un día no muy lejano (No me acuerdo, contestó él). El caso era que la muchacha se había casado contra su voluntad, y a los dos meses ya estaba hablando de divorcio. Y añadió que ella no tenía dinero para mandarlos a una terapia de pareja; pero que él tenía un servicio médico en la vecindad, y que podía pedirle que los atendiera. El no quería, alegando que la muchacha no era inquilina; pero ella lo volvió a amenazar con un escándalo y, por fin, él accedió a su petición, y le dijo que volviera la muchacha con el marido la mañana del día siguiente.

En cuando la señora y su hija se fueron, el portero corrió a ver a la enfermera y le dijo de lo que se trataba. Ella se negó, alegando que no era psiquíatra ni psicóloga, ni siquiera neuróloga, y que no sabía nada de terapias de pareja. El portero le dijo que era lo mismo que cualquier terapia, pero por partida doble. La enfermera insistía en que no estaba capacitada. Y el portero se empeñó en que sí podía; y que si no lo hacía, la denunciaría por ejercer sin título de enfermera, ni siquiera de cuidadora. La mujer se vio obligada a aceptar, y dijo que los atendería.

La mañana siguiente, la muchacha y su marido llegaron muy temprano y con caras de pocos (O de ningunos) amigos. Era evidente que venían forzados. El portero los recibió muy amable y los subió a la enfermería. Allí se quedaron los dos, con ganas evidentes de irse lo más pronto posible.

La enfermera no sabía qué hacer. Los sentó, y les empezó a decir que el matrimonio era una cosa muy buena, que era la forma adecuada de tener hijos y… Ellos no la dejaron continuar. Eso ya lo sabían, dijeron; pero en su caso no había servido de nada. En primer lugar, porque no querían hijos, Se habían casado porque creyeron que ella estaba embarazada; pero fue una falsa alarma, y para cuando se dieron cuenta ya era demasiado tarde. Divorciarse les costaba mucho dinero (que no tenían), y lo que querían era una fórmula para separarse gratis.

La enfermera les dijo que eso no existía, que lo mejor era aguantarse y seguir adelante. Los dos protestaron, diciendo que no se odiaban, pero se caían muy mal; que dormir juntos no estaba tan mal, pero que la vida en común era un infierno, porque ella no sabía cocinar y él no sabía trabajar, y que por eso peleaban todo el día.

Hacía mediodía llegó el portero a ver cómo iban las cosas, y los encontró tirándose los pocos platos que la enfermera tenía y gritándose cosas muy feas. Entonces, le dijo a la enfermera que si no hacía que se arreglaran la iba a denunciar por “malas prácticas de curación”. La enfermera le dijo que no fuera desgraciado, y él le contestó que era como le daba la gana, y que si no cumplía con su deber se olvidara de todo lo que había entre ellos. Eso sí le pudo a la enfermera, aunque no sé por qué. Lo único que hay entre ellos es… Imagínatelo. Esta no es una conversación propia para una señorita decente como tú.

Ya a la desesperada, la enfermera tomó algunas de las substancias que tiene en su botiquín, las mezcló y elaboró con ellas un potente afrodisíaco, cuya receta le dió un día la bruja de su pueblo. Y se los dio a beber.

El efecto no fue instantáneo, pero si fulminante, al grado que no pudieron salir de la enfermería en toda la noche; y allí se estuvieron, dale que dale. La enfermera se tuvo que ir, y sólo volvió para llevarles una torta del King’s y un refresco porque si no, dijo, se iban a deshidratar y luego tendría que inyectarlos y todo sería más difícil. El caso es que se pasaron todo el día siguiente durmiendo; y cuando se fueron, iban muy felices, tomados de la mano  y sorbiéndose los alientos. La idea de divorcio parecía haber quedado muy lejos.

El portero quiso saber qué había pasado; pero la enfermera, antes de decirle nada, le dio un vaso de refresco (con una buena cantidad de su preparado especial), y ya no le interesó saber lo ocurrido. No se estuvo todo el día en la enfermería porque ya no tiene 20 años; y aunque potente, el brebaje no es milagroso. Pero el portero no tuvo de qué quejarse. Y la enfermera lo pasó de maravilla, según dijo después confidencialmente a la señora del 8, que había anotado la hora en que el portero entró a la enfermera, y la hora en que salió, y le hizo algún comentario picaresco.

En esta ocasión, todo acabó bien (Al menos, en apariencia. Ya veremos lo que sucede después). Yo me voy a fijar muy bien cómo prepara la enfermera ese bebedizo, pues podría resultar útil. Ya te contaré.

Te quiere,

           Cocatú



Número 25 - Enero 2019
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