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Cartas a Tora XCIV

Viernes, 20 de Julio 2018 - 15:30

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Ante todo, perdóname. Fui un poco soez en mi última carta, y siento haberte lastimado. Porque te lastimé, ¿verdad? Creo que me dejé llevar por el ambiente festivo que había en la vecindad, y no medí mis palabras. Espero que sepas comprender mis flaquezas, y comprender lo que es estar lejos de ti tanto tiempo.  Esto último no lo puedes sentir. Pero imagínatelo. Eso sí puedes hacerlo.

Al día siguiente de las elecciones, los vecinos que habían votado por el portero llevaron sus “selfies” a enseñárselas, y a exigir su credencial de pobre. El portero las repartió inmediatamente, dándole un beso a cada uno de ellos; y les dijo que las guardaran muy bien. De preferencia, en una caja bancaria, y que no las sacaran nunca. Añadió que mientras tramitaban las cajas, él se las guardaría gustoso; y extendió la mano para recogerlas.

Casi se le ríen en las narices. Le dijeron que se iban todos juntos al súper, a hacer su primera compra; y salieron a la calle como escolares que acaban de recibir su “domingo” (Ya sabes lo que es eso, ¿no? Si no, tendré mucho gusto en explicártelo cara a cara, cuando regrese).

Al portero se le cayeron los ojos (Aquí dicen que se caen otras cosas, pero es algo grosero, y no lo quiero decir. Además, que es imposible que se les caigan). Entró en pánico, y llamó a la Flor (Y a su prima), y se dejó caer en un sillón, a ver si podía pensar algo. El sabía que el gerente no había accedido a dar descuentos a los que presentaran las tarjetas… Pero era promesa de campaña. ¿Qué podía hacer?

Los vecinos entraron a la tienda alborotando, y se dispersaron por todos los pasillos. Llenaron los carritos con lo que alcanzaban sus manos; sobre todo, lo que no conocían (Al fin que no les iba a costar). Y si la etiqueta estaba en inglés, cogían dos o tres. “ Había llegado la hora de internacionalizarse”, dijo el del 19, que no ha ido ni a Xochimilco. Por fin, se dirigieron a las cajas. “¡En bola!”, gritaban, “En bola, para que se note que somos nosotros”.

¡Claro que se había notado! En las cajas ya estaban el gerente, el sub-gerente, el contador, los inspectores de las diversas marcas, todos los empleados de limpieza y hasta la pordiosera de la esquina, que fue a ver qué conseguía.

El primero en sacar su credencial fue el del 19, que ese día había alcanzado un alto grado de exaltación. Pero antes de que la tomara la cajera, por el sistema de alto-parlantes se empezó a oir una canción que decía “Pompas ricas de colores, de matices seductores” (Eso, hace cien años, cuando la canción se estrenó, era inocente y casto; ahora tiene otras implicaciones, que hicieron que los compadres (De la vecindad y los otros) estallaran en risas y, luego, en aplausos). Para colmo, la Flor apareció en la sección de carnicería  ilustrando la canción con movimientos y gruñidos; y enseguida la rodearon y le gritaron “¡Mucha ropa! ¡Mucha ropa!” Y la Flor se empezó a desvestir, coreada por rugidos y vítores.

Su prima corrió a la frutería. Y allí, entre plátanos y chirimoyas, hizo lo propio. Una competía con la otra; y sus seguidores también, hasta que se hicieron de palabras, y luego llegaron a las manos /Y a las señas; sobre todo, las viejas).

Se los llevaron a la Delegación, donde encerraron a todos los que cupieron en celdas, oficinas y armarios. Los demás se fueron, con la promesa de regresar el día siguiente a recibir su castigo (Me río yo de las promesas). A la Flor (Y a su prima) las encerraron en el baño de señoras, que olía medio mal. Pero allá fue el chavo del 7 a abrirles la ventana (Y a decirles que si se escapaban, afuera estaba su coche para llevarlas a su casa. El no podía acompañarlas, porque tenía guardia. Pero el chofer las llevaría; sólo tenían que darle una propina, que dejaba a discreción suya).

¿Y los vecinos? Se fueron sin que nadie los molestara, llevándose todo lo que habían “comprado” La del 33 se llevó hasta una televisión (Chiquita, porque a la  mera hora le dio miedo), y esa noche hicieron un fiestón en el que consumieron casi todo lo que se habían llevado (Sobre todo, lo que tenía etiquetas en inglés. Y hubo quien se bebió un litro de detergente de última generación que lo puso a las puertas de “ Urgencias”. No entró porque para esas horas lo había echado todo, y ya se sentía mejor).

El portero dió permiso a los guaruras de ir a platicar con los vecinos. Y ellos aprovecharon para pedirles que les dejaran ver sus tarjetas, y ya no se las devolvieron. Sólo les faltó quitársela al del 19, que no se separó de ella ni un instante. Pero el guarura principal (El más feo, ya sabes), logró echarle un trago de "cuba" encima, justo donde estaba la firma del portero, y la dejó inválida. El del 19 dijo que tenían que reponérsela; y el guarura le dijo que sí, que no se preocupara.

El día siguiente casi nadie fue a trabajar, y se dedicaron a llorar la pérdida de las tarjetas, que nadie se explicaba cómo habían desaparecido. Y el portero no volvió a firmar la tarjeta del señor del 19 “porque le dolía mucho la mano”. Nadie pudo hacer su mandado ese día. Algunos fueron al King’s, y allí les fiaron la comida. Pero muchos se quedaron en blanco, alimentándose con el olor de lo que guisaron en la portería (Tacos de hígado con aguacate).

Bueno, mi amor, espero haber expiado mi culpa con esta relación de lo que pasó el día siguiente a las elecciones Y si no, dime qué tengo que hacer para que me perdones.

Te quiere,

                Cocatú



Número 24 - Diciembre 2018
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