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Cartas a Tora XCIII

Viernes, 13 de Julio 2018 - 15:30

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Llegó el día de las elecciones. Domingo, para que todos pudieran ir. Desde muy temprano, el portero mandó instalar una mesa para que el representante de la autoridad (Lo que nunca dijo, y yo no pude averiguar, es cuál era esa autoridad). Y puso a todos sus guaruras para que vigilaran el orden y se aseguraran de que nadie hacía trampa. También montaron una casetita “para que pudieran votar sin ser vistos, y no hubiera después represalias”.

A las ocho de la mañana en punto, uno de los guaruras (El más feo, como siempre) tomó un altavoz  y se puso a cantar “A votar, a votar, vengan todos a votar”, al son de la música de un comercial muy en boga. Pero a esa hora sólo había dos o tres vecinos levantados; y a los que estaban dormidos les dio coraje que los despertaran así, y dijeron que antes de las doce nadie bajaba.

Y así lo hicieron. Al portero le dió un ataque de nervios, que le calmaron con varias  tazas de te de tila. El chavo del 7 fue temprano a votar, con su mamá y ocho personas más, que nadie conocía. Le dijeron que esas personas no podían votar, porque no eran vecinos. ¿Y sabes qué les contestó? Que eran compañeros de trabajo que acababan de llegar a la ciudad, y que les había alquilado unos cuartos. Su departamento es grande, pero ¿ocho personas más en dos recámaras y una sala?

El portero daba brincos de coraje en la portería, donde no podían verlo. Luego tuvo una idea, llamó a dos guaruras y les dió unas órdenes que no pude oir. Y salieron los dos disparados a la calle. ¿A hacer qué? Misterio.

Los vecinos empezaron a llegar. Todos con sus celulares, tomándose “selfies” mientras los registraban, al entrar a la casetita, al cruzar la boleta y al depositar el voto en la urna, con su candidato, con el otro o con los dos. Luego entre ellos, echando porras, brindando por el ganador, “asesorando” a las señoras que no sabían qué hacer, y mientras les pintaban el dedo. Después iban al lado de la portería, donde la Flor les quitaba la pintura, y podían volver a votar. (A algunos tuvieron que rebanarles el dedo, porque la pintura no salía; pero no les importó, porque decían que si votar una vez era bueno, mejor era votar dos o tres veces. (Ahí ya no se tomaban “selfies”).

Los del 56 llegaron mareados, y no sabían a qué iban; pero como vieron bajar a muchos, se fueron tras ellos. Hubo que explicarles de lo que se trataba. Al principio no entendían, y se rieron mucho; pero en cuanto les enseñaron una botella de mezcal, pasaron corriendo a la caseta y cruzaron las boletas por delante y por detrás.

Para la hora de comer, ya había votado la mitad de los vecinos; pero se habían quedado en el patio, platicando de futbol. No faltó quien sacara unas chelas (Si buscas en el diccionario, veraás que “chela” es el diminutivo de Celia. Pero aquí no hay nadie que se llame asi. Aquí, “chela” es un apelativo carioso que se da a las cervezas); y  otro, las botanas. Y ahí estuvieron, tomando y aplaudiendo a los que venían a votar; que la señora del 10 les dijo que si no se callaban, no votaba. Y como todos estaban muy conscientes de su deber ciudadano, cerraron las bocas mientras la señora pasó a votar (Que se tardó bastante, porque es muy miope. Hubo risitas sofocadas y codazos amistosos, pero no pasó de ahí).

En la tarde bajó de la azotea un grupo de muchachos custodiado por los dos guaruras que habían salido a la calle, y se formaron para votar. Nadie los conocía. Les preguntaron quiénes eran, y dijeron que “ya tenían rato viviendo en los cuartos de azotea, atraídos por las promesas que el portero había hecho a los “ninis””. Yo no los había visto nunca, y me subí a la azotea a ver si averiguaba algo más. Y vi que de las azotas vecinas pasaban más muchachos ayudados por uno de los guaruras, y que corrían para abajo.

Total, que a las seis cerraron la casilla y se llevaron los votos a la portería para contarlos. El chavo del 7 exigió estar presente; y luego de discutir un rato, lo dejaron entrar. Pero no lo dejaron contar los voto, sólo ver la ceremonia. Los que contaron fueron el portero, la Flor (y su prima), que lo que en realidad hicieron fue distraer al chavo del 7. Pero no hubo jaloneos ni mentadas. Ganó el portero por 353 votos contra 237 del chavo. Un triunfo clarísimo.

Se avisó el resultado a los vecinos. Hubo aplausos, vítores, felicitaciones y nuevos brindis. El chavo no estuvo en el festejo, y se encerró en su departamento. En cambio, el portero se encerró con la Flor (y su prima), y toda la noche se oyeron carcajadas.

Yo me subí a la azotea, con un desazón que no acertaba a explicarme. Por fin, cuando salió la luna, caí en qué era lo que me molestaba. En la vecindad hay como 320 vecinos, contando a los niños; y los votos fueron 590. Aún contando a los burócratas del chavo y a los ninis del porter, no salen las cuentas. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Y cómo es que nadie se dió cuenta de ello? No me lo explico. A lo mejor estaban bebidos, y algunos votos los vieron dobles… Pero no creo.

No voy a poder dormir. Eso, por descontado. Pero tengo que encontrar la explicación. Ya te contaré.

Te quiere,

             Cocatú

P.D.- Se me ocurre una cosa. Este planeta es un poco extraño, y pasan cosas que nosotros no comprendemos. A lo mejor… Conste que digo “a lo mejor” (o a lo peor), porque apenas me atrevo a pensarlo. A lo mejor, el papel de las boletas era un ser vivo; a lo mejor había papeles masculinos y papeles femeninos (sé que me estoy arriesgando mucho, pero podría ser la explicación). Y mientras estuvieron los votos en las urnas (que fue bastante tiempo) se aburrieron y se dedicaron a reproducirse. Pero los organizadores deberían saberlo y tomarlo en cuenta. En fin, que no me explico cómo pudo suceder eso. Pero voy a investigar. Y si averiguo algo, te lo digo (si te cobrara por toda la instrucción que te estoy dando, no me pagas en toda tu vida. A menos que no me pagues con dinero, sino con otra cosa).

Vale.



Número 24 - Diciembre 2018
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