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Cartas a Tora L

Viernes, 18 de Agosto 2017 - 16:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         El portero sigue haciendo campaña, aunque ni siquiera ha salido la convocatoria para la presentación de candidatos. Lo de la candidatura ni siquiera se menciona, pero los vecinos andan inquietos, extrañados de la actitud del portero, de su bonhomía, de sus atenciones con todos ellos. Algunos empiezan a hablar mal de él; dicen que eso no es normal, que algún fin oculto (inconfesable, dijo el del 3) tiene entre manos, y que deben cuidarse más que nunca. Hay quien ha dicho que es una trampa que les está tendiendo. Así es la gente de suspicaz y mal pensada.

El caso es que el portero compró unos kilos de frijoles. Creo que ya te lo he dicho; pero si no, debes saber que el frijol es una de las bases de la alimentación de esta gente, y creo que no encontrarás una sola persona a quien no le guste. Terminada la función de cine del sábado (que por cierto pasaron “Nosotros los Pobres”, que está sensacional, con hartas canciones, hartos personajes simpáticos y hartos motivos para llorar) se presentó al público y dijo que iba a regalar un kilo de frijoles a cada vivienda, siempre y cuando presentaran su credencial. Nadie sabía lo de las credenciales. Entonces, el portero les dijo que bastaba con la credencial para usar los baños. Esas sí las tenían a mano; y los que no, corrieron a buscarlas. Todos estaban muy contentos, pues ya tenían para cenar una vez (o dos, depende de lo tragones que fueran).

El problema empezó el día siguiente, cuando la señora del 18 se dió cuenta de que los frijoles tenían gorgojos.

–Paréntesis cultural, el gorgojo es un insecto de la familia de los coleópteros, de unos tres milímetros de largo, que vive en los cereales.–

Pronto los demás también descubrieron que casi todos los frijoles estaban habitados, y se armó el escándalo. Y allí fueron todos a reclamar al portero, armados de palos y piedras; y le gritaron cosas muy feas.

El portero se enojó. Estuvo a punto de salir y decirles aquello de que “A caballo regalado no se le mira el diente”. Pero allí no había ningún caballo y probablemente hubiera sido peor. Entonces, hizo de tripas corazón y, no hablo en sentido literal, “Hacer de tripas corazón” quiere decir que tomó el toro por los cuernos… No, tampoco había toros. Todo ésto significa que salió a dar la cara (¿eso sí lo entiendes?), a enfrentar a los vecinos. Y les dijo que de qué se quejaban; que los gorgojos, al fin y al cabo, eran carne (En eso no estoy de acuerdo, pero es un signo de la habilidad del portero para sortear, si no para resolver, los problemas). Los vecinos se quedaron impresionados. ¿Estaban rechazando algo de tanto valor alimenticio como la carne?

El portero los vio vacilar y se lanzó en forma. Les dijo que la alimentación del futuro estaba en los insectos; que había muchas más cucarachas que vacas o borregos, más lombrices que cerdos; que todo era cuestión de mentalizarse para aceptar lo que el cielo (sí, dijo “el cielo” dos o tres veces) nos daba en abundancia; que nos habíamos acostumbrado a comer animales grandes, aparentemente sabrosos, y que despreciábamos a las humildes moscas, tan abundantes y tan fáciles de criar. El valor alimenticio de los insectos estaba comprobado. ¿Acaso las ranas se criaban flacas y tilicas? ¿O los camaleones? Los camaleones hasta pueden cambiar de color cuando un peligro los amenaza y fundirse con el paisaje. ¿Quién nos dice que nosotros no podamos hacer lo mismo si nos alimentamos de mosquitos y de cochinillas?

La gente no se atrevía ni a chistar. Se miraban unos a otros, probablemente imaginando cómo se verían si cambiaban de color y se fundían con las vetustas paredes de la vecindad. El del 57, siempre achispado, cazó una mosca y se la comió, emitiendo grititos de placer.

El portero no quiso perder el terreno ganado y volvió a la carga. Les recordó que en este país siempre se habían comido insectos. ¿Quién no ha probado los gusanos de maguey?, preguntó. Todos asintieron, algunos se relamieron. ¿Y los chapulines bien tostados, en tacos con guacamole? ¿Y los tacos de alacrán, que tanto horrorizan a los turistas? Algunos dijeron “A mí también”. “Pues los tienen que probar”, afirmó el portero, “Son fuente de proteína de altísima calidad. ¿Y los escamoles, nuestro caviar autóctono? Ya está tomando carta de naturaleza en las mesas de Francia, como sucedió con el huitlacoche, un hongo, sí, pero un hongo que era una enfermedad del maíz, y ahora es un platillo gourmet” (lo de “gourmet” nadie lo entendió, pero se dieron cuenta de que era algo importante). ¿Y los jumiles? ¿Alguien ha tenido la fortuna de probar los jumiles?

Una mano se levantó tímidamente: era la del 56, una anciana que ya ni habla ni camina.

Esos se comen vivos, declaró el portero, con lo que no sólo te apoderas de las substancias que forman su cuerpo, sino también de su vitalidad. No tienen por qué rechazar a los gorgojos. Si no les gustan mezclados con frijoles, sepárenlos y fríanlos. No se arrepentirán.

Y pidió a sus guaruras que les dieran todas las recetas que tuvieran. No tenían ninguna; pero, presionados por el portero, allí mismo inventaron dos o tres cada uno, todas a base de freírlos mucho, mucho, mucho, y de añadirles salsas muy, muy, muy picantes.

Los vecinos se retiraron contentos, pensando en la forma de separar los frijoles de los gorgojos, y en la mejor forma de matarlos sin apachurrarlos. Y así se durmieron, imaginando lo que sería el mundo si seguían los consejos del portero.

Pero nadie pudo comerse los gorgojos. Decían que olían mal.

Te quiere,

                Cocatú 


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Número 33 - Septiembre 2019
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