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Cartas a Tora CXXXVI

Viernes, 14 de Junio 2019 - 13:15

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Hoy te voy a contar una historia que ocurrió con unos inquilinos de la vecindad. Ha salido hasta en los noticieros. Algunos la han calificado de “historia de éxito”, o han llamado a la protagonista “La Dama del Metro”; otros dijeron que era “una vergüenza para las mujeres”. Pero no te dejes influenciar por esas opiniones. Juzga tu.

La muchacha del 43 estaba desesperada por la pobreza en que vivía toda la familia, y quería encontrar la forma de ganar dinero. Sus dos hermanas mayores ya trabajaban: una en el hotel de aquí junto y otra en el de a la vuelta. Ella no quería seguir ese camino, y decidió irse a trabajar al Metro. Empezó por vender dulces, pero con  eso no sacaba ni para su plato diario de frijoles. Luego vendió audífonos, corta-uñas, plumas, libros “para ayudar a los niños en sus tareas”, y no se cuántas cosas más. El resultado fue similar. Se le ocurrió ponerse a cantar. Grabó unas pistas con la música de tres canciones, y se lanzó de cantante. Tiene una voz muy chiquita, pero más o menos armoniosa; y con los altavoces, se la oía en todo el vagón. Sacó un poco más, pero no le alcanzaba para comprarse los vestidos y los zapatos que ambicionaba.

Por fin, tuvo un golpe de suerte. Una vez que iba dando el “do” de pecho (Porque de eso tiene mucho), el Metro tuvo que frenar repentinamente y con brusquedad. La muchacha salió lanzada, y fue a dar a las piernas de un señor muy serio, de cierta edad, que iba leyendo su periódico. Los dos quedaron sorprendidos, confundidos, y por un momento permanecieron como estaban. Pero entonces, una señora que iba frente a ellos gritó “Orale, viejo cochino, deje a la muchacha en paz, o le juro que se va a arrepentir”; y sacó de su bolsa la mano del metate con ademán amenazador. La muchacha se levantó rápidamente, y el señor enrojeció hasta la punta de las canas; y los dos se bajaron  en la primera estación (Cada uno por su lado), para evitar que la gente murmurara.

Pero eso le dió a la chica una idea. Y la próxima vez que se subió al Metro, en un momento en que nadie la miraba se sentó en las piernas de un señor que parecía respetable y le dijo en voz baja “Si no coopera, lo denuncio en la primera estación”. El caballero aquel se estremeció y le dio un billete de veinte pesos (Mucho más de lo que ella ganaba vendiendo tres cajas de dulces, que le tomaba dos o tres horas de vocear la mercancía). Como le salió bien, la muchacha repitió la maniobra (En otro vagón, claro), escogiendo siempre a caballeros de edad, de preferencia que vistieran saco y corbata, que son los más anticuados y los más penosos. Con los jóvenes no, porque los jóvenes (Además de llevar menos dinero), a veces querían aprovecharse (Aunque fuera unos segundos, que los hay con hambre).

No sabes qué bien le fue. Empezó a vestir mejor (Fuera de las horas de trabajo); y para el Metro se compró varios uniformes escolares, a fin de verse más vulnerable. Pronto sacó a sus hermanas de trabajar en los hoteles, y se las llevó al Metro. A ellas también les fue bien, y como tenían mucha habilidad para mover las diferentes partes de su anatomía, ponían a los caballeros los pelos de punta. A uno le causaron un infarto, aunque nadie se dio cuenta hasta que llegó a su casa y cayó fulminado Pero lo atribuyeron a su edad (80 y pico), y nadie les reclamó.

Ahora ya tienen hasta coche; y la madre, que antes andaba pidiendo a las  vecinas “un poquito de sopa para completar la comida” entra a la vecindad mirando al cielo, para no tener que saludar a nadie. Una de las hermanas (La mediana) se fue a trabajar al Metrobús porque le parece “un poquito más elegante”. La mayor se casó con  una de sus víctimas, porque le dio tal meneíto que el señor no quiso perdérselo ya en los pocos años que le quedaban de vida. Y la chava sigue trabajando con dedicación y entusiasmo. Pero desde que la entrevistaron  en televisión la reconocen en cuanto se sube al Metro, y eso la limita un  poco; pero ella es muy emprendedora, y ha aprendido a maquillarse y a usar pelucas para parecer otra.

¿Qué te parece? No niego que tiene su mérito, que ha sabido aprovechar las flaquezas de los demás para lucrar; pero a mi no me acaba de gustar lo que hace. ¿Qué dirán sus hijas (Si es que las tiene, porque es un poco floja) cuando se enteren de lo que hacía su madre? Pero eso no nos interesa. Opina. Di algo. No te quedes ahí pasmada.

Te quiere

Cocatú



Número 32 - Agosto 2019
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