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Cartas a Tora CXXXV

Viernes, 07 de Junio 2019 - 12:55

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

         Me preguntaste por qué al llegar aquí no me transformé en humano, y dices que así me sería más fácil conocer esta cultura. No es por llevarte la contraria, pero… Te voy a explicar.

         Al ver cómo se impresionaban los humanos al verme, me transformé en lo primero que vi cerca, sin saber ni lo que era. Fue un gato. A mi me daba lo mismo, y así me quedé. Con el tiempo, yo también me pregunté por qué no me convertía en humano, y fue entones cuando racionalicé lo que había hecho.

         En primer lugar, para ser humano necesitaba ropa. Aquí nadie anda desnudo, salvo algún escapado del manicomio o que esté haciendo un comercial de televisión (Esto no te extrañaría si vieras todo lo que anuncian en televisión). Luego, tendría que tener un lugar para vivir (Departamento o casa, es lo mismo); comprar comida, cocinarla, alternar con la gente (A menos que me hiciera pasar por mudo, y sabes que eso me cuesta mucho trabajo). Ta,bien necesitaría un trabajo decente, checar tarjeta, entregar resultados; tener una novia (No te acalambres pero es que si no, iban a decir que era yo del lado, y eso no te iba a gustar, a mi tampoco, claro); andar de borrachote los fines de semana (Por lo menos)¸llegar a casa y darle una paliza a la vieja (Y luego me acostumbro, y cuando regrese allá iba a querer hacer lo mismo contigo; y eso ni tú ni tu madre me lo iban a tolerar, ¿verdad?) ¿Y usar palabrotas? ¡Menos todavía!

         ¿Y ser vieja? Eso es todavía más difícil. Empezando por la preocupación de no engordar, de privarse de comer lo que te gusta o estarse todo el día reprochándotelo, competir con todas las demás por estar mejor vestida (Aunque eso aquí, en la vecindad, es es al revés, y todas compiten por ser la mas desgreñada), pensar todos los días qué hacer de comer, y cómo disfrazar la sopa de pasta para que parezca de otra cosa; Ir en el metro enchinándome las pestañas con una cuchara, porque no me dio tiempo de hacerlo en la casa; criticar a unas vecinas con otras y a otras con unas; reírse de las elegantes, aunque rabies por dentro; no darse cuenta de que el marido de la otra es más guapo, más rico, más generoso y más menso que el tuyo; decirle todos los días que es el más inteligente, y que el día siguiente va a cambiar su suerte. Eso, sin contar con la epidemia de feminicidios que se ha soltado, y que ya está llegando a pandemia.

        ¡Y se me olvidaba! Cuidar a los chilpayates, para que cuando llegue el orgulloso padre te de una paliza por consentirlos demasiado. Y disfrutar la paliza, que es lo más grave, porque ya has llegado a creer que “Si mi marido no me pega, es porque ya no me quiere”. ¿Te imaginas llegar a pensar de esa forma?

         Estoy mejor como gato. Me paso el día tumbado al sol; en las noches salgo a dar una vuelta por las otras azoteas; cuando me siento romántico (Perdón, no quise decir eso. Lejos de ti no me puedo sentir rormántico) le maúllo a la luna. ¿Qué como porquerías? Según y como. No, no como filetes. Pero la señora del 7 me da unos pellejos con bastante carne. La del 56, no; esa me da lo que se llama pellejos, correosos y duros, que ya ni los huelo para no perder el tiempo. Y a mi metabolismo le caen bien los pellejos… y la leche que me robo de la cocina del 58, que la dejan junto a la ventana para que se oree, y yo no tengo má que estirar la lengua. Se pasa bien como gato. Sobre todo, cuando en el King’s tiran los restos de chilaquiles bostonianos, que me encantan.

         Lo que más me duele es no poder estar a tu lado en esas noches de luna llena.. Qué más quisiera que poder verte todas los días y escuchar la risa cantarina de tu madre y… Sé que ésto es una ridiculez. Pero díselo a tu madre. Seguro que le cae bien. Perdóname, pero es que la nostalgia me pega fuerte a ratos. Ya volveré a estar junto a ti, y entonces verás lo que es bueno.
 

Te quiere

Cocatú



Número 32 - Agosto 2019
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