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Cartas a Tora CXXXIX

Viernes, 12 de Julio 2019 - 13:15

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Llegó un vecino nuevo al 17, ¡y no sabes la que se armó! Es un muchacho de veintitantos años, bastante bien vestido, y que es “el hombre más guapo del universo”, según declaración formal de la del 42, que se dice experta en esas cosas. No es alto; tiene cara de niño anda muy sonriente, dando los “Buenos días” a todo el mundo sin  distinción y siempre alegre.

Las vecinas se volvieron locas. Todas. Se pasan el día acechándolo para “darse un taco de ojo”; le salen al paso; le llevan “unos chilaquilitos, unas enchiladas, un taco de chicharrón”, lo que sea; a tal grado que a veces no tiene que hacerse nada para desayunar o cenar (Nunca come en la casa). Una noche las oí hablar; unas decían que querían que fuera su hijo, para poder apapacharlo todos los días; y otras lo querían para “cosas más prácticas”. El caso es que hablando, hablando, le pusieron “el Niño Dios”. Pero la del 42,  que se las sabe todas (Según dice) declaró “Es demasiado guapo para ser normal. Debe ser el demonio”, Todas se quedaron medio impresionadas, pero decidieron no hacerle caso, y siguieron agasajándolo.

Como a las dos semanas, una noche se oyó un estruendo en su vivienda; y luego gritos, cosas que se azotaban, algo que se rompía. Todos los vecinos salieron y fueron a escuchar, llenos de miedo. Los gritos arreciaron, y luego hubo gruñidos y otras cosas feas.  Y la del 42 dijo “¿Lo ven? Se los dije. Se va a convertir en un monstruo”. Todos echaron a correr. Pero pudo más la curiosidad, y regresaron a escuchar. Por fin, se hizo el silencio y la del 33 se atrevió a llamar a la puerta. Y al cabo de unos segundos se oyó la voz del muchacho, pero algo modificada, como muy cansada, que les dijo que no se preocuparan, que había tenido una pesadilla horrible.

Todos se retiraron, tranquilizados pero escamados. Y a partir de esa noche, lo empezaron a mirar con desconfianza. Pero bastaron unas sonrisas para que todas volvieran a adorarlo como al principio.

Pero un día el Niño Dios salió de su vivienda vestido de blanco, como si fuera a hacer la Primera Comunión, y todas dejaron escapar un suspiro de admiración. Pero justo cuando estaba en el centro del patio, al borde del agujero, cayó al suelo y empezó a  temblar y a quejarse. No sabes el susto que se llevaron. Todas corrieron a auxiliarlo;  pero en ese momento empezó a  convulsionarse y a lanzar patadas y a gritar como un  condenado. Y nadie sabía qué hacer. El portero salió a ver qué pasaba, pero no se atrevió a acercársele (Por si las moscas, dijo). La del 42 empezó a gritar “¡Llamen a la Mocha! ¡Traigan a la Mocha!”. “¿Por qué?”, le preguntaron?”. “Pues porque es Mocha. Ella podrá hacer algo”. No hubo necesidad de irla a llamar. Ella bajó, angustiada. Y la del 42 “¡Está poseído! ¡Hazle un exorcismo!”

Lo que hizo la Mocha fue quitarle a la del 47 una cuchara que tenía en la mano (Estaba haciendo el desayuno en ese momento) y se la puso al muchacho en la boca. “Para que no se muerda la lengua, ni se la trague”, les dijo. “Es un ataque de epilepsia”. Todas se quedaron de a seis (¿Por qué de a seis y no de a cuatro o de a ocho?) “Se le pasará pronto. Sólo hay que cuidar que no se haga daño”.

Efectivamente, en unos minutos más el muchacho se calmó. Se quedó todo desguansado, como si se hubiera muerto, ante el horror de todas las viejas. Pero no estaba muerto, solamente muy cansado; y no contestaba si le preguntaban algo. Entonces, la Mocha lo empezó a bolsear, ante el horror de todas. Y el portero le prohibió abusar de un hombre que no se podía defender. Pero ella no hizo caso. Encontró una libretita; y allí, el nombre de una persona a quien avisar en caso de accidente. Allí mismo sacó su celular y marcó el número que encontró.

Antes de una hora llegó una señora muy arreglada y muy angustiada, que dijo que era su madre y que el muchacho, que por cierto se llama Julio, tiene epilepsia; pero que quería vivir solo y bastarse a sí mismo, sin tomar en cuenta su condición. Añadió que lo llevaría al hospital para que lo siguieran atendiendo, pues el doctor le daba esperanzas de que podía mejorar; pero él no había querido esperar. Dio las gracias a todos por la ayuda que le habían prestado, prometió volver a informarles cómo estaba, y se lo llevó en una camilla.

Así terminó la historia del Niño Dios. Por lo menos, en lo que a la vecindad respecta, pues no volvimos a saber de él. Ya me dirás  si sacas alguna conclusión de todo ésto.

Te quiere

Cocatú



Número 31 - Julio 2019
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