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Cartas a Tora CXXXIII

Viernes, 24 de Mayo 2019 - 13:05

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

      Tuvimos una fiesta en la vecindad. Fue una fiesta poco común: el abuelo (y bisabuelo y hasta tatarabuelo de unos vecinos cumplió 100 años). Y los parientes le organizaron un fiestón. Empezaron por pedir el patio para la comida, porque iba a venir una cantidad enorme de gente: el señor tuvo diez hijos; de ahí salieron 40 nietos, y lo demás ya ni lo quieras saber. Eran más de 100 los invitados, sin contar a algunos vecinos que también asistieron porque los conocían de mucho tiempo antes.

      El portero se mostró generoso, y no les cobró por alquilárselos ni les puso obstáculos (Pero porque los vecinos están empezando a exigirle que tape el hoyo y arregle los baños, y quiso quedar bien con ellos). La comida la pusieron entre todos, y hasta la tía de Zacatecas (Sí, el centenario tiene una tía, porque su abuelo tuvo un montón de hijos, y esa mujer nació después que el señor, ¿te imaginas?) trajo unos tamalitos, que ya llegaron secos y pulverizados, pero como dijo ella misma, lo que cuenta es la intención.

      También una tataranieta que ni siquiera lo conocía tuvo la intención de llevar unos chiles en nogada; pero lo único que llegó fue el rabo de ,los chiles, porque se agusanaran en el camino (Pero los pusieron en la mesa, para que todos los vieran; y si no se los comieron, fue porque los gusanos se pusieron a bailar como poseídos en cuanto oyeron “Las Mañanitas”).

      La familia se levantó a las tres de la mañana, para poder estar listos a las dos de la tarde, que era la hora de la cita. Todo fue muy bien hasta que quisieron despertar al centenario. Lo tenían en una especie de ropero, porque no tenían habitaciones suficientes para todos, y por la noche le cerraban la puerta (Al fin que nunca necesitaba nada); y cuando abrieron la puerta, el señor dijo “Nos vemos”, y estiró la pata. Así como te lo digo: se murió.

       ¡Había suspender la fiesta! Pero la tía dijo que no, que el centenario siempre había sido muy fastidioso, y que no iba a permitir que les fastidiara la comida. Además, los cien años los había cumplido de todas formas, así que ¡adelante!

       Llegada la hora, sacaron al centenario en un  sillón, lo sentaron a la cabecera y dijeron que estaba dormidito. A nadie le extrañó que durmiera durante toda la comida, porque en realidad nadie lo conocía, y sólo sabían que era muy dormilón. Así que comieron, bebieron y bailaron con todo el entusiasmo que despertó la ocasión. Todos quisieron felicitar al centenario, y como no le podían  estrechar la mano “porque estaba un  poco cansado” (En realidad, no querían que se dieran cuenta de que ya estaba frío) se contentaron con darle unas palmaditas en la espalda, que más de una vez lo derrumbaron sobre el mole o los chilaquiles. Pero no hubo consecuencias, y todo se redujo a limpiarle la cara y la camisa, que era nueva y blanquísima, porque se la acababan de comprar (Después vino el pleito de quién la heredaba, pues todos la querían; pero se la llevó la tía, para acordarse de las necedades e inconsecuencias de su sobrino favorito, que le recordaban tanto a su papacito).

       Como a la una de la mañana metieron  al centenario a la vivienda, “no le fuera a hacer daño el frío de la noche”, y el baile siguió hasta las seis de la mañana, momento en que una de las nietas salió llorando, diciendo que “su abuelito se acababa de morir”. El impacto que causó en los invitados fue terrible, y no faltó quien dijera que no debían haberlo expuesto a tanto jaleo, que lo habían matado con su exceso de cariño. Pero fueron unos cuantos, y los demás los abuchearon hasta callarlos. Total que en unos minutos organizaron la capilla ardiente con  una de las mesas, y empezaron a servir café con piquete (Del cual tenían todavía bastante), y lo velaron ese día y la noche siguiente, para aprovechar lo que sobraba de la fiesta. Ya luego lo enterraron y le rezaron lo necesario (De lo cual se encargó la Mocha con muy buena voluntad, aunque no la habían invitado a la fiesta).

       El portero se portó bien, y no les cobró por usar el patio como capilla ardiente. Al contrario, hasta se ofreció a pasarles una película del Piporro. Pero ya sabes por qué fue.

      Te quiere

      Cocatú



Número 30 - Junio 2019
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