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Cartas a Tora CXXV

Viernes, 22 de Marzo 2019 - 13:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

El portero volvió a la carga. Un día que no tenía dinero para llevar a la Flor a cenar, se le ocurrió  cobrar a los vecinos una cuota por el derecho a tener un animal en su casa (tenencia de animal, la llamó). Claro que todos los vecinos se opusieron, y estuvieron más de una semana discutiendo el derecho a tener animales. Eso no lo rebatió el portero, pero dijo que los animales ensuciaban el patio y la azotea, y que la limpieza de todo eso costaba dinero. Por fin, el portero dijo que cobraría un peso al mes por cada animal que hubiera en la vivienda. Como no todos tienen mascotas y la cantidad era muy pequeña, los vecinos aceptaron, pensando que no valía la pena discutir por un peso más o menos.

Sin embargo, el del 28, que siempre anda a la cuarta pregunta (no sé cuál es esa pregunta, ni las otras tres), cogió a su perro y se lo llevó. Lo abandonó lejos de la vecindad, en un solar vacío. Todos lo sintieron, pero es un hombre que siempre anda contando los centavos (aunque ya no existan) para  no salirse de su presupuesto. ¿Y qué crees? A los tres días, el perro estaba de vuelta. Todos los vecinos lo recibieron con entusiasmo, elogiando su fidelidad y abnegación, pero el pobre hombre sintió que la tierra se hundía a sus pies. ¿Y sabes lo que hizo? Esa misma noche, para que nadie se diera cuenta llevó al perro al Metro y lo echó a las vías. Yo lo sé porque lo seguí, y vi todo. El hombre se echó a llorar, y volvió a su casa a acostarse, para que pensaran que había pasado toda la noche en casa.

Llegó el día último del mes, y el portero se presentó a cobrar las tenencias. Iba con todos sus guaruras armados (las pistolas son de fulminantes, pero no deja de ser extraño). Los del 1 le entregaron un peso, porque tienen un gato. El dijo que faltaba, y mandó a los guaruras a registrar la casa. Los muchachos regresaron con un frasco de algo que no veía yo lo que era. El portero lo blandió como si fuera un arma, y dijo a los vecinos:

-¿Y los piojos?

Ellos juraron que no tenían, pero el frasco era una prueba contundente. Trajeron a los niños, y los guaruras les escarbaron el cabello concienzudamente. Al mayor le sacaron cientos de piojos; y al otro, como va a la misma escuela, otro tanto. No sabes cómo discutieron y  luego vino el asunto de las liendres, pues el portero quería que pagaran por ellas también; y los vecinos decían que aún no habían nacido, que ni siquiera eran animales. Para no hacerte el cuento largo, los guaruras sacaron las pistolas, y sólo entonces se convencieron los señores del 1.

Muchos vecinos presenciaron el problema, y corrieron a sus viviendas a revisar las cabezas de sus hijos, y aún las propias. Pero si no tenían piojos, los guaruras encontraban cucarachas en la cocina y en el baño, pulgas en la casita del perro, chinches en las camas y moscas en el ambiente. Y por todas tuvieron que pagar, pues, ninguno se atrevió a desafiar las pistolas de los guaruras (yo no podía decirles que eran de mentiras). Total, que el portero sacó lo suficiente para invitar a la Flor a cenar tres días seguidos, y hasta para un hotel de verdad, de esos que tienen batas para que los huéspedes las mojen y digan que se bañaron.

El mes siguiente, cuando fueron a cobrar a los del 1, éstos sacaron un perro Doberman que, al tenerlo controlado, empezó a morder el aire con rabia. Y en cuanto se descuidó el que lo estaba sujetando, se comió una de las pistolas. Los guaruras salieron corriendo y dejaron al portero solo; y cuando el perro se le acercó, cayó de rodillas y juró que no volvería a cobrar la tenencia de animales.  Sólo así lo dejaron irse. Esa tarde, la Flor lo abofeteó por no tener dinero, e invitó a uno de los guaruras (el más bonito) a cenar; al hotel no, porque dijo que estaba muy chiquito (pero eso no lo sabe el portero).

¿Qué te parece? A mi todo el asunto me molestó mucho; pero yo soy un gato, y no puedo decir nada. Yo me limito a lamer la mano del señor del 28, que sigue llorando la muerte de su perro.

Te quiere

Cocatú

 

 


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Número 34 - Octubre 2019
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