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Cartas a Tora CXXIX

Viernes, 26 de Abril 2019 - 13:40

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

Hay una señora, la del 42, que tiene poco tiempo viviendo en la vecindad, pero ya se lleva con todas las viejas “de a cuartos” ( Eso quiere decir más o menos que como si las conociera de toda la vida. Puede que haya otras acepciones, pero por ahora te basta con esa). El caso es que siempre les anda contando a todas sus problemas que, en realidad, pueden reducirse a uno solo: el marido le pega. Es frecuente ver que aparece con un ojo morado, una hinchazón en el cachete, algunos moretones, etc. Pero ella no le da mucha importancia; dice que es parte de “Los componentes del amor” (¿Tu serías capaz de decir eso? No, ¿verdad?).

A todas les da mucho coraje eso (Aunque a casi todas les han pegado alguna vez), y le aconsejan que no se deje. “Pero ni modo que yo le pegue a él”, contesta. No, lo que le aconsejan las otras es que ponga una denuncia en la Alcaldía para que lo castiguen. Tanto insistieron, que ella accedió. Y acompañada por todo el viejerío para que le sirvieran de testigo, fue a poner la queja. Exageraron mucho; pero las autoridades prometieron que pondrían fin a ese “abuso de poder”.

Unos días después, le llegó al marido el citatorio para presentarse en la Alcaldía y responder a la acusación. Allí, lo amenazaron con “entambarlo” (De tambo = celda) si volvía a ocurrir. El dijo que se arrepentía, que iba a obedecer; pero en cuanto llegó a la vecindad, le dió una verdadera paliza a la mujer. Ella lo amenazó con denunciarlo otra vez. Entones él se puso a pensar (Cosa que hace sólo cuando se ve acorralado) y le dijo que lo perdonara, que la iba a llevar de viaje.

La vieja se ilusionó y fue a quitar la denuncia. Y por más que las autoridades le dijeron que no hiciera eso, ella la quitó, “pues la iba a llevar de viaje”.

Tardó varias semanas, pero el fin  la subió a un camión y se fueron. Y cuando regresaron, ella le contó a las demás lo que te pongo a continuación.

Primero se bajaron en un lugar llamado La Marquesa, y allí le invitó unas quesadillas acompañadas por una bebida llamada “moscos”, que son muy buenas para la sed. “No te la quitan, pero hacen que se te olvide”. Ya cuando estaban medio turulatos (¿Qué te parece la palabrita?), se fueron a caminar por las montañas, hasta llegar a una casita hecha de pedazos de madera y llena de agujeros, donde se refugiaron, porque empezaba a llover. Y aunque se mojaron un poco, la pasaron muy bien oyendo los truenos y viendo a la gente correr. Allí pasaron la noche, viendo la luna y las estrellas, y hasta le pareció oir aullar a los lobos. Era una cosa que nunca había sentido. “La luna de miel que nunca tuve”, les dijo. Porque cuando se casaron la llevó a su vivienda, la tiró en la cama, y allí se estuvieron tres días, casi sin comer. Esta vez sí tuvo de comer y hasta de beber; pero de lo demás, nada, porque estaba muy cansado. Sólo a media noche empezó ella a sentir algo extraño, y pensó que se estaba poniendo romántico. No quiso decir nada, y ni siquiera abría los ojos, para no romper el “hechizo” (Eso dijo, ¿te imaginas?); hasta que le entró la risa y los abrió, y se dió cuenta de que era un perro que le lamía las plantas de los pies. El marido roncaba a más y mejor. “Pero de todas maneras estuvo bonito”, añadió.

El día siguiente llegaron a Toluca. “Una  ciudad llena de calles y de casas”, dijo. “Tiene una iglesia muy grande y otras chiquitas, y hacen un chorizo verde, que yo no se qué le ponen, pero que está sabroso”. Allí caminaron y caminaron y caminaron, y en la tarde tomaron el camión para regresar a México, a su amada vecindad.

Y terminó diciendo: “Ay, ya tengo ganas de que me dé otra paliza”.

¿Qué te parece?

Te quiere

Cocatú.


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Número 33 - Septiembre 2019
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