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Cartas a Tora CXVIII

Viernes, 01 de Febrero 2019 - 15:00

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Enrique Delgado Fresán

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Querida Tora:

¿Qué crees? La  vecindad está de fiesta, porque el del 26 se sacó la lotería. Cuando regresó del trabajo, lo recibieron todos los vecinos con gritos de alegría y felicitaciones. El portero en persona lo fue a ver a su casa, a expresarle sus mejores deseos de que disfrute ese premio; y le deslizó al oído la idea de que haga algo por la vecindad. El del 26 le dio las gracias, pero fingió no haber oído lo último.

El sábado siguiente le hicieron un “cocktail” entre todos, y entre todos lo emborracharon. Sin embargo, nadie le sacó ni un centavo, porque la esposa estuvo muy pendiente de lo que hacía (y sabe muy bien lo que son esos agasajos).

El domingo en la mañana recibió una carta de la Flor en la que le decía, entre cosas “que le gustaría felisitarlo como deve ser, y ke lo ezperava a las sinco de la tarde en el otel tal” (las faltas de ortografía son de ella, no mías). El señor se alborotó inmediatamente; y aunque quiso ocultárselo a su esposa no pudo, porque habían leído la carta al mismo tiempo.

Pero la señora se mostró comprensiva y le dijo que no debía despreciar a una persona de su categoría (la Flor es cantante, y en la vecindad creen que es una artista muy importante, ¿puedes creerlo?). Le dijo que fuera y que no se preocupara, que a lo mejor quería darle una oportunidad en televisión (el señor canta; mal, pero canta. Y con las cosas que se presentan en televisión, pues a lo mejor conseguía algo y realizaba el sueño de su vida).

Total, que esa tarde el señor se bañó y se emperifolló como nunca. Hasta perfume le puso la señora después de rasurarlo. Y en el momento de salir, le deslizó en la mano unos cuantos billetes de banco y un paquetito “que le había comprado con mucho cariño”. ¿Y qué crees que tenía el paquetito? ¡¡Ocho condones!! Y yo me pregunto: “¿Es que le sabe algo, o se los compró al tanteo?” Porque no creo que haya rebajas de enero en esas cosas.

El señor fue al hotel  donde lo había citado la Flor, que no era el que está a la vuelta de la vecindad. Era un hotel del centro bastante bien puesto, con restaurant y bar. Se tomaron un par de copas, y luego subieron a un cuarto bastante grande para que lo felicitara en privado, porque el bar no era el lugar apropiado. Allí estuvieron un rato (no mucho, hasta eso), y el señor regresó a su casa antes de medianoche, con lo que le había sobrado del paquetito (“no se sabe nunca si los vas a necesitar. A lo mejor me saco otra vez la lotería”, pensaba). La señora lo recibió con una buena cena, sabrosa y reparadora, y lo mandó a dormir enseguida.

El lunes, el señor fue a cobrar su premio. Muchos vecinos salieron a recibirlo. Venía con la cara muy larga (las caras no las alargan o acortan a voluntad. Es una manera de decir que venía desilusionado), pero en cuanto los vió dibujó una sonrisa en sus labios (eso sí lo pueden hacer cuando quieran), los saludó alegremente y se encerró en su vivienda, de donde no salió hasta el día siguiente. Los vecinos dijeron que la mujer lo estaba felicitando; pero, en realidad, lo que hacía era consolarlo.

Te preguntarás de qué lo consolaba. Pues de que había recibido muy poco dinero. Había comprado sólo un cachito, y el premio era muy secundario, así que la cantidad que recibió nada más le alcanzó para reponer a su mujer la cantidad que le había dado el día anterior. Pero, al menos, le alcanzó para pagar los gastos ocasionados por la felicitación de la Flor y para comprarse otro cachito de lotería y renovar sus esperanzas de hacerse rico sin trabajar.

La Flor se presentó el martes en la vecindad, a reclamarle que se había ido del cuarto sin avisar, y que no le había dejado ni un miserable “quinientón”. Pero la esposa no le permitió ponerse a gritar en el patio y la sacó a la calle arrastrándola de los pelos (luego tuvo un altercado con el portero, que le fue a reclamar que la tratara como a una golfa, pero ella casi lo arrastra a la calle también. Es “muy brava para defender a su hombre”, según dijo antes de meterse a su vivienda).

El miércoles, ya nadie se acordaba de lo ocurrido, y la vida en la vecindad volvió a sus cauces habituales (¿te fijas qué manera de escribir?), y yo volví a la azotea, de donde me había alejado para presenciar todo el argüende  del premio. Que puedo decirte que fue muy enriquecedor. Ahora ya conozco un poco más a los seres humanos.

Te quiere

Cocatú



Número 32 - Agosto 2019
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